Era el pleno enero de hace un par de años. El recambio de quincena había caído incómodo… o, mejor dicho, demasiado cómodo para todos. Aquél domingo los veraneantes desfilaban por el asfalto de las rutas más que nunca. En este marco, Hugoró se animó a atravesar los 360 kilómetros que separan a la ciudad capital del país de Mar del Tuyú, una cálida, familiar y acogedora ciudad balnearia de la costa atlántica argentina.
Después de ocho horas de viaje, sin aire acondicionado dentro del auto, Hugoró llegó, junto a su mujer, a la puerta exacta del departamento que habían alquilado desde Buenos Aires. Estaba cansado, sí; pero lo mantenía en pie la ilusión de llegar, tirar los bolsos a un costado y salir corriendo para la playa, a una sola cuadra del reducto alquilado. Por eso, no le pesaban las valijas, el bolso de mano, la colorida sombrilla atravesada sobre la espalda y las sillas de madera para la instalar sobre la arena.
Hizo sólo dos viajes, es cierto, pero eran dos pisos por escalera. Al llegar por primera vez, todo parecía normal. La puerta del departamento abrió sin problemas, el lugar tenía ventanas, cama, cocina, baño… Hugoró apiló las primeras cosas sobre un costado y, dejando a su mujer arriba, fue en búsqueda de la segunda tanda. Diez minutos, calculó él, habrá demorado en volver con la heladerita portátil, la valija con los toallones y las sábanas y el juego del tejo de madera, atado con una soguita a una manija a la que se le había adosado un trapo para que no lastimara.
Al entrar, pensaba, empezarían, por fin, sus vacaciones. Al subir los últimos escalones, incluso, imaginaba a su mujer ya lista y con el traje de baño puesto, como para salir de raje al mar. Pero no. Ella estaba lista pero para limpiar: “Esto es una mugre, vamos a limpiar todo porque yo, así, no me quedo”. “Pero, vamos a la playa y después limpiamos”, dijo con poca ilusión de que su propuesta fuera aceptada. “No –dijo ella- vamos al supermercado a comprar todo para limpiar”.
Al llegar, dividió todo y guardó en la heladera todo lo comestible, junto con las cervezas y el agua, para que estuvieran bien frías.
Dos horas les llevó limpiar todo. Es que, de a dos, todo es más fácil. Hasta dejaron listas las camas y todo preparado para el baño posterior al día de playa y sol.
A Hugoró seguía manteniéndolo en pie la idea de estar sentado con la sillita de madera frente al mar, manoteando un sándwich y escuchando las olas romper sobre la arena espesa. “¿Vamos a la playa?”, instó como un niño a su mujer. “Bueno, listo, vamos”, respondió ella.
El brazo derecho, que había frotado pisos y ventanas a la velocidad de la luz, justamente, para tratar de llegar al mar antes de que se vaya el día, le rogó conexión con su cuerpo. Se concentró y así juntó pan, fiambre, agua mineral y metió todo en la heladerita portátil, junto con todo el hielo que encontró en el congelador.
Así, con las sillas en una mano, la sombrilla en la espalda y la heladerita en la otra mano, cruzó la calle y empezó a deleitarse con la arena que todavía quemaba los pies. “Esto quería, este sufrimiento y no el otro”, se dijo alegre.
Buscó un lugar estratégico, tratando de no pisar a nadie y plantó la sombrilla. Todo un trabajo de gran exigencia física e intelectual a esa hora del día. Viendo cómo se evitaba el sol y el viento, y, fundamentalmente, sin pisar a ninguno de los veraneantes ya instalados. Tras colocar la sombrilla exitosamente y ubicar las sillas, se sentó al lado de su mujer y respiró profundo. Sólo faltaba refrescarse un poco para estar en el paraíso. Estiró su brazo, casi a ciegas, y manoteó una de las dos botellas. Y, en una sola maniobra, sacó la tapa negra y se clavó un buen trago de… ¡alcohol fino! Sí, parece que las botellitas no eran de agua mineral sino de alcohol fino. Eso sí, el trago estaba bien frío.Tras ocho horas al sol, Hugoró imaginaba otro comienzo. Sin embargo, el supermercado tenía aire acondicionado así que, al entrar, no maldijo su suerte y se relajó: lavandina, detergente, unas papas fritas, limpiavidrios, un poco de pan y un poco de fiambre, desengrasante para la cocina, unas cervecitas, limpiador para el baño, esponjita cuadriculada, un salamín picado grueso, desinfectante en aerosol, rollo de papel de cocina, un poco de queso gruyere, una franela y un trapo rejilla… “ah, y un par de botellitas de agua mineral para llevar a la playa, después de limpiar, claro, acá están”, se acordó antes de cerrar la compra.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
domingo, 11 de diciembre de 2011
EL PERSEGUIDOR DE HORMIGAS
En todos los barrios hay algún personaje que se destaca por sobre el resto. Puede ser hombre o mujer, viejo o joven, flaco o gordo… no importa. Porque no es eso lo que lo vuelve particular. Pero sin lugar a dudas, el Perseguidor de hormigas de Castelar, es un hombre que se destaca entre los destacados y, como si fuera El flautista de Hamelín, recorre las calles con un único objetivo: deshacerse de las hormigas que encuentra en su camino.
Para empezar, debo admitir que tengo algo de nómade. No mucho, sólo algo. A lo largo de mi vida, he vivido en cuatro casas. Cuatro casas en cuatro barrios distintos. Todos en Ramos Mejía, eso sí. Mi primera casa fue entre Rincón y la vía, literalmente. En la esquina de las calles Rincón y Caupolicán, al borde del asfalto y con las vías del ferrocarril tras el alambrado del fondo. Linda casa, lindos recuerdos. El personaje de allí fue Verónica, una alemana muy curiosa que pasaba horas mirando hacia la calle y, según dicen, llevaba un control por escrito de los que pasaban y cómo iban vestidos.
Luego, nos mudamos a la calle Malabia, a cuatro cuadras de la casa anterior. Esta vez, quedamos a 50 metros de la vía. Linda casa, lindos recuerdos. Enfrente, otra vez, vivía la mujer que lavaba la calle. Sí, la calle. No sólo la vereda, también lavaba la calle. Hasta la mitad, elegía su porción delicadamente y se cuidaba de no pasarse de la frontera demarcada por la brea que dividía en dos la calle. Lo más gracioso es que se enojaba cuando pasaban los coches por “su” calle.
La casa de la avenida Pedro B. Palacios fue mi tercer hogar, ya más lejos de las vías. Linda casa, lindos recuerdos. Allí, tenía una vecina que gustaba de las horas nocturnas para lavar la vereda, pasear a la perra y enojarse con cualquiera que pase por al lado de ella. La mujer, todavía, acusa al panadero de al lado de robarle el agua, pero seriamente: hizo una denuncia en la Comisaría y todo.
Por último, acá en Emilio Mitre, tengo a un vecino que, en horas de la madrugada, sale a limpiar las veredas de todas las casas de su manzana y, si termina rápido, sigue con otras. A las tres de la madrugada, él ya está embolsando basura ajena.
Pero no son mis vecinos los protagonistas de estas líneas sino alguien que ha logrado trascender al barrio y transformar su historia en leyenda, aun cuando es absolutamente real. Se trata del Perseguidor de hormigas de Castelar, un hombre que, durante la noche, se levanta, se viste y recorre las calles de su barrio en busca de hormigas.
No tiene flauta mágica, como el personaje del cuento de Hamelín, ni tampoco viste ropas coloridas. Simplemente, sale a la noche con la vista fija en el suelo, tratando de detectar a la especie más temida en la frondosa zona de Castelar en la que vive: las hormigas. Los que tuvieron la experiencia de cruzarse con él, que han sido muchos, juran que haberlo visto no ha sido a causa de su alta graduación de alcohol en sangre. En increíble coincidencia, lo describen como flaco, alto, algo desgarbado, siempre encogido hacia abajo, y con los ojos atentos al suelo.
“Buenos días”, le dijo Gabiguí, una noche en la que ya era de día, de regreso a su casa. Y él la miró, sólo la miró. Por un instante interrumpió su metódico trabajo y estampó sus ojos en los de ella, pero no respondió ni una palabra. Volvió a hincarse sobre el piso y aplastó su dedo por enésima vez en la noche.
Cuentan, también, que busca la hilera de hormigas marchando por el asfalto o las calles de tierra y, una vez detectada, presiona su dedo índice derecho contra el suelo, justo donde la hormiguita camina. No le teme a la revancha colectiva, peor aún, se muestra frío ante cada asesinato.
Y, aunque cualquier analista dirá que le gusta sentir la muerte en sus manos (literalmente, en su dedo), el Perseguidor no parece tener ese perfil. Los lugareños dicen que no lo hace por dinero, como el famoso flautista, sino que lo hace por protección. Y que usa su dedo porque le gusta llevar la cuenta de su hormiguicidio. Otros, en cambio, hablan de que intenta borrar de su dedo índice la memoria de haber tocado a la mujer de su vida, hoy lejos de él. Así, dicen, el Perseguidor intenta desterrar de sus manos el olor que ella dejó sobre él, amontonando sobre su dedo el olor a muerte.
Para empezar, debo admitir que tengo algo de nómade. No mucho, sólo algo. A lo largo de mi vida, he vivido en cuatro casas. Cuatro casas en cuatro barrios distintos. Todos en Ramos Mejía, eso sí. Mi primera casa fue entre Rincón y la vía, literalmente. En la esquina de las calles Rincón y Caupolicán, al borde del asfalto y con las vías del ferrocarril tras el alambrado del fondo. Linda casa, lindos recuerdos. El personaje de allí fue Verónica, una alemana muy curiosa que pasaba horas mirando hacia la calle y, según dicen, llevaba un control por escrito de los que pasaban y cómo iban vestidos.
Luego, nos mudamos a la calle Malabia, a cuatro cuadras de la casa anterior. Esta vez, quedamos a 50 metros de la vía. Linda casa, lindos recuerdos. Enfrente, otra vez, vivía la mujer que lavaba la calle. Sí, la calle. No sólo la vereda, también lavaba la calle. Hasta la mitad, elegía su porción delicadamente y se cuidaba de no pasarse de la frontera demarcada por la brea que dividía en dos la calle. Lo más gracioso es que se enojaba cuando pasaban los coches por “su” calle.
La casa de la avenida Pedro B. Palacios fue mi tercer hogar, ya más lejos de las vías. Linda casa, lindos recuerdos. Allí, tenía una vecina que gustaba de las horas nocturnas para lavar la vereda, pasear a la perra y enojarse con cualquiera que pase por al lado de ella. La mujer, todavía, acusa al panadero de al lado de robarle el agua, pero seriamente: hizo una denuncia en la Comisaría y todo.
Por último, acá en Emilio Mitre, tengo a un vecino que, en horas de la madrugada, sale a limpiar las veredas de todas las casas de su manzana y, si termina rápido, sigue con otras. A las tres de la madrugada, él ya está embolsando basura ajena.
Pero no son mis vecinos los protagonistas de estas líneas sino alguien que ha logrado trascender al barrio y transformar su historia en leyenda, aun cuando es absolutamente real. Se trata del Perseguidor de hormigas de Castelar, un hombre que, durante la noche, se levanta, se viste y recorre las calles de su barrio en busca de hormigas.
No tiene flauta mágica, como el personaje del cuento de Hamelín, ni tampoco viste ropas coloridas. Simplemente, sale a la noche con la vista fija en el suelo, tratando de detectar a la especie más temida en la frondosa zona de Castelar en la que vive: las hormigas. Los que tuvieron la experiencia de cruzarse con él, que han sido muchos, juran que haberlo visto no ha sido a causa de su alta graduación de alcohol en sangre. En increíble coincidencia, lo describen como flaco, alto, algo desgarbado, siempre encogido hacia abajo, y con los ojos atentos al suelo.
“Buenos días”, le dijo Gabiguí, una noche en la que ya era de día, de regreso a su casa. Y él la miró, sólo la miró. Por un instante interrumpió su metódico trabajo y estampó sus ojos en los de ella, pero no respondió ni una palabra. Volvió a hincarse sobre el piso y aplastó su dedo por enésima vez en la noche.
Cuentan, también, que busca la hilera de hormigas marchando por el asfalto o las calles de tierra y, una vez detectada, presiona su dedo índice derecho contra el suelo, justo donde la hormiguita camina. No le teme a la revancha colectiva, peor aún, se muestra frío ante cada asesinato.
Y, aunque cualquier analista dirá que le gusta sentir la muerte en sus manos (literalmente, en su dedo), el Perseguidor no parece tener ese perfil. Los lugareños dicen que no lo hace por dinero, como el famoso flautista, sino que lo hace por protección. Y que usa su dedo porque le gusta llevar la cuenta de su hormiguicidio. Otros, en cambio, hablan de que intenta borrar de su dedo índice la memoria de haber tocado a la mujer de su vida, hoy lejos de él. Así, dicen, el Perseguidor intenta desterrar de sus manos el olor que ella dejó sobre él, amontonando sobre su dedo el olor a muerte.
sábado, 10 de diciembre de 2011
¿A QUÉ PISO VA?
Es una paradoja. El viaje más corto de todos es el que nos resulta extremadamente largo. Hasta su espera, también corta, nos resulta interminable. Tal vez, la raíz de su explicación debe estar en la incomodidad de este viaje. Y quizás, también, en su innaturalidad: por más que nos expliquen con fundamentos absolutamente racionales, nuestra conciencia, en el fondo, nunca terminará de comprender cómo esa maraña de fierros sube y baja con sólo apretar un botón.
Es, claro, el viaje en ascensor. Ascensor o elevador. En realidad, el mal llamado ascensor, porque asciende, sí, pero también desciende y no, por eso, le decimos descensor.
Ya, desde el vamos, es difícil entender cómo una cosa tan pesada pueda subir y bajar sin caerse. Ahora, encima que se abran las puertas automáticamente, que se cierren, que uno marque el piso, que otros marquen otro y que vaya a todos, que nos diga “buen día, primer piso”, que sea todo cerrado y que uno no se asfixie... Cómo hace esa cosa para entender todo, para hablar, para acordarse dónde detenerse y para no pararse en el medio: es una gran incógnita.
Por extensión, tampoco sabríamos qué hacer en el caso de que se rompa, por ejemplo. Lo cual genera una paranoia tal en la gente que, por más que uno esté dentro del ascensor unos pocos segundos, será suficiente para que sintamos que los segundos transcurren al paso de las horas.
Además, es claro que, en un ascensor, nunca entra la cantidad de personas que el cartelito dice admitir. “Máximo 4 personas”, ¡si no entran ni dos! Es tan pequeño el espacio que uno debe colocarse a una distancia menor que la soportada en cualquier otra situación. Uno no se pone tan cerca para hablar, para comer; es más, hoy en día, ni para bailar se pone uno tan cerca del otro.
Sin embargo, allí está, señora o señor, a centímetros de su acompañante, oliendo sus olores, respirando su aire, mirando para cualquier lado con tal de evitar verse a la cara. Así, los señores se ven forzados a mirar las voluptuosidades de su vecina y las doñas –a quienes se les ha enseñado no mirar a los hombres a los ojos- se ven obligadas a mirar el piso, a riesgo de fijar su vista por ahí... por ahí abajo.
Claro que, para aquellos que sí se animan a mirarse a los ojos, el destino puede depararles vivencias extremas. Por ejemplo, he conocido parejas que se han enamorado en un viaje de dos pisos. Y con el ascensor funcionando correctamente.
El tema es que uno no se arropa como para que la gente los mire a centímetros, sino a metros. Entonces, en un ascensor se hacen más evidentes los escotes y, las transparencias y los abultamientos, así como las arrugas, las cicatrices y la falta de abultamiento.
Entonces, ¿qué debemos hacer?
Si uno pudiese elegir ¿qué es mejor: viajar solo o acompañado? Viajar solo nos garantiza intimidad para mirarnos al espejo, limpiarnos los dientes, acomodarse la ropa y otros menesteres menos púdicos. ¿Pero si se para? El ascensor, digo... Si detiene su ascenso (o descenso) en medio de la nada. ¿Si se abren las puertas y lo único que uno ve es pared sin revocar? Y, peor aún, ¿qué hacer si esa cosa herméticamente cerrada se detiene pero no abre las puertas?
Creo que es preferible estar acompañado. Definitivamente. Si bien “mal de muchos consuelo de tontos”, “juntos somos más”: y gritamos más fuerte y golpeamos más fuerte las puertas. Lo mejor (o lo peor, depende sea el caso del acompañante), es que podremos transcurrir las horas de encierro de manera mucho más amena. Como los presos, contarnos historias, hablar de la vida, filosofar, intercambiar figuritas y jugar al chupi, al piedra papel y tijera y, también, al yapeyú, si fueran tres los encerrados.
Aunque, tal vez, lo mejor sería, como decía Jorge Luis Borges, dejar el elevador de lado y usar “la escalera que está perfectamente inventada”.
Es, claro, el viaje en ascensor. Ascensor o elevador. En realidad, el mal llamado ascensor, porque asciende, sí, pero también desciende y no, por eso, le decimos descensor.
Ya, desde el vamos, es difícil entender cómo una cosa tan pesada pueda subir y bajar sin caerse. Ahora, encima que se abran las puertas automáticamente, que se cierren, que uno marque el piso, que otros marquen otro y que vaya a todos, que nos diga “buen día, primer piso”, que sea todo cerrado y que uno no se asfixie... Cómo hace esa cosa para entender todo, para hablar, para acordarse dónde detenerse y para no pararse en el medio: es una gran incógnita.
Por extensión, tampoco sabríamos qué hacer en el caso de que se rompa, por ejemplo. Lo cual genera una paranoia tal en la gente que, por más que uno esté dentro del ascensor unos pocos segundos, será suficiente para que sintamos que los segundos transcurren al paso de las horas.
Además, es claro que, en un ascensor, nunca entra la cantidad de personas que el cartelito dice admitir. “Máximo 4 personas”, ¡si no entran ni dos! Es tan pequeño el espacio que uno debe colocarse a una distancia menor que la soportada en cualquier otra situación. Uno no se pone tan cerca para hablar, para comer; es más, hoy en día, ni para bailar se pone uno tan cerca del otro.
Sin embargo, allí está, señora o señor, a centímetros de su acompañante, oliendo sus olores, respirando su aire, mirando para cualquier lado con tal de evitar verse a la cara. Así, los señores se ven forzados a mirar las voluptuosidades de su vecina y las doñas –a quienes se les ha enseñado no mirar a los hombres a los ojos- se ven obligadas a mirar el piso, a riesgo de fijar su vista por ahí... por ahí abajo.
Claro que, para aquellos que sí se animan a mirarse a los ojos, el destino puede depararles vivencias extremas. Por ejemplo, he conocido parejas que se han enamorado en un viaje de dos pisos. Y con el ascensor funcionando correctamente.
El tema es que uno no se arropa como para que la gente los mire a centímetros, sino a metros. Entonces, en un ascensor se hacen más evidentes los escotes y, las transparencias y los abultamientos, así como las arrugas, las cicatrices y la falta de abultamiento.
Entonces, ¿qué debemos hacer?
Si uno pudiese elegir ¿qué es mejor: viajar solo o acompañado? Viajar solo nos garantiza intimidad para mirarnos al espejo, limpiarnos los dientes, acomodarse la ropa y otros menesteres menos púdicos. ¿Pero si se para? El ascensor, digo... Si detiene su ascenso (o descenso) en medio de la nada. ¿Si se abren las puertas y lo único que uno ve es pared sin revocar? Y, peor aún, ¿qué hacer si esa cosa herméticamente cerrada se detiene pero no abre las puertas?
Creo que es preferible estar acompañado. Definitivamente. Si bien “mal de muchos consuelo de tontos”, “juntos somos más”: y gritamos más fuerte y golpeamos más fuerte las puertas. Lo mejor (o lo peor, depende sea el caso del acompañante), es que podremos transcurrir las horas de encierro de manera mucho más amena. Como los presos, contarnos historias, hablar de la vida, filosofar, intercambiar figuritas y jugar al chupi, al piedra papel y tijera y, también, al yapeyú, si fueran tres los encerrados.
Aunque, tal vez, lo mejor sería, como decía Jorge Luis Borges, dejar el elevador de lado y usar “la escalera que está perfectamente inventada”.
martes, 11 de octubre de 2011
EL OLOR DE LAS "FOTOS MOMENTO"
Sí, me compré una nueva cámara de fotos. Quienes me conocen (o han leído mi resumida biografía en este mismo blog) saben que, en otra vida de esta misma vida, fui fotógrafa. Amateur, como la mayoría de las ocupaciones que tuve en las otras vidas de esta misma vida, pero, indudablemente, apasionada. No sé bien qué es lo que más me gusta al momento de fotografiar porque disfruto al mirar a través de la cámara, al elegir el momento que voy a inmortalizar y también al verlo después, pero no lleno mi casa de portarretratos ni me paso el día mirando fotos.
Es que yo creo que la foto es algo que nos emociona más si está mostrando algo distante. Algo alejado en tiempo o en espacio. Algo que reemplaza aquello que no podemos ver todo el tiempo. No imagino, por ejemplo, el retrato de la cocina de alguna casa en el portarretrato del modular de la cocina de esa casa. Y eso es porque la fotografía es el bastón más real de la nostalgia.
Difícilmente una foto mienta, a diferencia de nuestra memoria que, débil, puede dejarse ganar por la tentación de acomodar los recuerdos a nuestra plena conveniencia. La foto, en cambio, no es corruptible. Está ahí y nos muestra todo. Nos muestra lo que ya no somos y lo que siempre fuimos.
Por ejemplo, yo recuerdo la primera vez que saqué una foto. Fue en Mar del Plata y con una cámara ajena. Tendría yo unos siete años. Me topé con una familia que quería ser fotografiada toda junta y que confiaron en que yo podía hacerlo. Hasta el momento, yo había visto en las manos de los adultos que me rodeaban unas cámaras alargadas, del tamaño actual de un control remoto de TV u otras más cuadraditas que, por flash, tenían una especie de cubo que iba girando. Pero esta no, era cuadrada pero con un formato que iba ganando cuerpo a medida que llegaba a la base.
A pesar de mi ided y mi apariencia, me pidieron que les sacara la foto. Y yo, a pesar de mi total inexperiencia, dije que sí. Ellos sonrieron y yo apreté el botón. La cámara hizo un ruido raro y escupió un papel. El tipo se acercó, retiró el papel que era como un ticket pero del tamaño de una foto de 10 por 10 y me dijo: “Esperá, ahora vamos a ver cómo salió”. Yo creo que temblé. Mi desempeño estaba en juego en forma absolutamente instantánea. El tipo despegó el papel que cubría la parte impresa del papel y se vio: la familia entera, mirando alegres a la cámara. Encuadrado, perfecto. Entonces, me miró casi sorprendido. “Muy bien” -me dijo- “muchas gracias”.
Ahora, recuerdo que la foto se veía muy bien, pero no sé, tal vez fue un desastre. En cambio, si tuviera la foto acá, frente a mí, no podría dudarlo. Es que la lealtad de la foto es maravillosa. Y sí, a veces hay que confiar en el otro aun siendo un desconocido. Si lo hubiera hecho, Susiví conservaría una linda foto de ella y sus dos amigas, Gabipú y Marifrá, las tres de frente. Es que aquella vez, más cerca de la modernidad fotográfica, Susiví intentó retratarse con ellas y colocó el disparo automático en 10 segundos, pero ubicó la cámara a casi 40 metros de distancia de las modelos. La activó y corrió. Pero no pudo batir los 40 metros en 10 segundos y salió luciendo una linda espalda en movimiento mientras las otras dos chicas miraban a cámara.
Y la foto es eso: el retrato de una minúscula parte de la vida atrapada en un plano diferente: chato e inmóvil pero, paradójicamente, lleno de vida.Un instante de movimiento capturado en una imagen que será, por siempre, inmóvil. Es aquietar el momento, detenerlo y eternizarlo. Por eso prefiero las fotos sin pose. Porque me gustan más las fotos que retratan momentos y no personas. Por supuesto, el momento puede ser una persona mirando a la lente, pero no debe dejar de ser un momento. En las “fotos pose” se posa, se actúa, se simula; en las “fotos momento”, no. Pueden, aparentemente, parecerse, incluso, para el ojo desatento, pueden ser iguales, pero no. La “foto momento” tendrá un brillo, una honestidad, una espontaneidad que la “foto pose” nunca logrará.
Quizás estaban en lo cierto aquellos que creían que perdían el alma al ser fotografiados. Tal vez ellos podían claramente distinguir entre lo falluto de la pose y preferían un dibujo imperfecto a someterse inmóviles durante varios segundos frente a un aparato que emitía una luz explosiva con olor a magnesio.
Cuántas chicas o chicos pierden el alma en las revistas de moda, además de un vagón de cosas en manos del photoshop (ombligos, cicatrices, arrugas y tatuajes, por ejemplo). Y cuantos políticos pierden el alma sonriendo bajo una promesa que, saben, nunca cumplirán. Esas fotos son las “fotos pose”. Las “fotos momento”, en cambio, dicen siempre más y, si uno se acerca bien, puede llegar a oler la fragancia de esa imagen y a escuchar las risas de esas muecas. Y no estamos hablando de fotos 4D, hablamos de todo lo que nos puede despertar una buena fotografía.
Es que yo creo que la foto es algo que nos emociona más si está mostrando algo distante. Algo alejado en tiempo o en espacio. Algo que reemplaza aquello que no podemos ver todo el tiempo. No imagino, por ejemplo, el retrato de la cocina de alguna casa en el portarretrato del modular de la cocina de esa casa. Y eso es porque la fotografía es el bastón más real de la nostalgia.
Difícilmente una foto mienta, a diferencia de nuestra memoria que, débil, puede dejarse ganar por la tentación de acomodar los recuerdos a nuestra plena conveniencia. La foto, en cambio, no es corruptible. Está ahí y nos muestra todo. Nos muestra lo que ya no somos y lo que siempre fuimos.
Por ejemplo, yo recuerdo la primera vez que saqué una foto. Fue en Mar del Plata y con una cámara ajena. Tendría yo unos siete años. Me topé con una familia que quería ser fotografiada toda junta y que confiaron en que yo podía hacerlo. Hasta el momento, yo había visto en las manos de los adultos que me rodeaban unas cámaras alargadas, del tamaño actual de un control remoto de TV u otras más cuadraditas que, por flash, tenían una especie de cubo que iba girando. Pero esta no, era cuadrada pero con un formato que iba ganando cuerpo a medida que llegaba a la base.
A pesar de mi ided y mi apariencia, me pidieron que les sacara la foto. Y yo, a pesar de mi total inexperiencia, dije que sí. Ellos sonrieron y yo apreté el botón. La cámara hizo un ruido raro y escupió un papel. El tipo se acercó, retiró el papel que era como un ticket pero del tamaño de una foto de 10 por 10 y me dijo: “Esperá, ahora vamos a ver cómo salió”. Yo creo que temblé. Mi desempeño estaba en juego en forma absolutamente instantánea. El tipo despegó el papel que cubría la parte impresa del papel y se vio: la familia entera, mirando alegres a la cámara. Encuadrado, perfecto. Entonces, me miró casi sorprendido. “Muy bien” -me dijo- “muchas gracias”.
Ahora, recuerdo que la foto se veía muy bien, pero no sé, tal vez fue un desastre. En cambio, si tuviera la foto acá, frente a mí, no podría dudarlo. Es que la lealtad de la foto es maravillosa. Y sí, a veces hay que confiar en el otro aun siendo un desconocido. Si lo hubiera hecho, Susiví conservaría una linda foto de ella y sus dos amigas, Gabipú y Marifrá, las tres de frente. Es que aquella vez, más cerca de la modernidad fotográfica, Susiví intentó retratarse con ellas y colocó el disparo automático en 10 segundos, pero ubicó la cámara a casi 40 metros de distancia de las modelos. La activó y corrió. Pero no pudo batir los 40 metros en 10 segundos y salió luciendo una linda espalda en movimiento mientras las otras dos chicas miraban a cámara.
Y la foto es eso: el retrato de una minúscula parte de la vida atrapada en un plano diferente: chato e inmóvil pero, paradójicamente, lleno de vida.Un instante de movimiento capturado en una imagen que será, por siempre, inmóvil. Es aquietar el momento, detenerlo y eternizarlo. Por eso prefiero las fotos sin pose. Porque me gustan más las fotos que retratan momentos y no personas. Por supuesto, el momento puede ser una persona mirando a la lente, pero no debe dejar de ser un momento. En las “fotos pose” se posa, se actúa, se simula; en las “fotos momento”, no. Pueden, aparentemente, parecerse, incluso, para el ojo desatento, pueden ser iguales, pero no. La “foto momento” tendrá un brillo, una honestidad, una espontaneidad que la “foto pose” nunca logrará.
Quizás estaban en lo cierto aquellos que creían que perdían el alma al ser fotografiados. Tal vez ellos podían claramente distinguir entre lo falluto de la pose y preferían un dibujo imperfecto a someterse inmóviles durante varios segundos frente a un aparato que emitía una luz explosiva con olor a magnesio.
Cuántas chicas o chicos pierden el alma en las revistas de moda, además de un vagón de cosas en manos del photoshop (ombligos, cicatrices, arrugas y tatuajes, por ejemplo). Y cuantos políticos pierden el alma sonriendo bajo una promesa que, saben, nunca cumplirán. Esas fotos son las “fotos pose”. Las “fotos momento”, en cambio, dicen siempre más y, si uno se acerca bien, puede llegar a oler la fragancia de esa imagen y a escuchar las risas de esas muecas. Y no estamos hablando de fotos 4D, hablamos de todo lo que nos puede despertar una buena fotografía.
lunes, 26 de septiembre de 2011
CRÓNICA DE UN TRÁMITE MUNICIPAL
Cuando el diarero lo vio pasar, supuso que su andar ligero era debido al típico apuro que tienen los que van, ése envión que llevan quienes hacen que todo parezca deseable de que ocurra. Pero no. La poesía subyacía, en este caso, ante la cruda realidad de las obligaciones legales. Martín iba apurado a terminar con un trámite municipal. A sabiendas de que la gestión le traería dolores de cabeza, se preparó para vivir una mañana difícil. A nadie se le ocurriría iniciar y terminar un trámite municipal en el mismo día, pero Martín no perdía las esperanzas.
Al llegar al lugar, -como un presagio-, vio que el último lugar no lo ocupaba el señor de cabello canoso sino la deposición de un canino que, por suerte estaba demasiado seco para emitir olores.
“Estos son los chicos que pasean perros, que los dejan defecar en cualquier parte”, disparó el señor cabellera ausente. “Muy sutil lo de defecar”, pensó Martín, mientras el hombre seguía con su protesta, “cuando yo era chico –le dijo– los perros paseaban solos y no hacían sus necesidades en las veredas”. “Porque no habría veredas”, pensó nuestro amigo mientras se colocaba detrás del excremento, a un paso del regalo, justo encima de una baldosa floja. “Los perros, al ser perros, eran más educados. Ahora, como los tratan como personas, si te descuidas, hacen cacona arriba de tu zapato”, continuó su queja, “acá mismo, mejor que no te descuides, pibe, porque o te orina un perro o te pegan un afiche del intendente en la cara, ahora vienen las elecciones”. El viejo esperaba respuesta, pero Martín sólo atinó a sonreír por compromiso.
Haciendo equilibrio sobre la baldosa que salpicaba cuando se movía de lado a lado e intentando no caerse, no mojarse y no perder el lugar, Martín seguía escuchando las conversaciones ajenas. “Acá cualquiera inventa un oficio... inventar lo que se dice inventar, es inventar algo útil: la birome, el alambre de púa, el dulce de leche... ahora, pasean perros”, refunfuñó.
Por suerte, se movió la cola y avanzó unos metros. Salto mediante, la baldosa movediza quedó atrás, aunque adelante quedaban todavía un tramo de vereda al sol y unas cuantas personas que empezaron a hacerse eco del debate generalizado.
“La culpa la tienen los políticos, que aumentan los impuestos porque necesitan más ingresos”, dijo otro. Para mí, la culpa la tienen los que no pagan los impuestos”, acotó una vieja olvidándose de que estaba ahí, justamente, seguramente, por no pagar los impuestos. “Es cierto”, dijo uno de bigotes, “que persigan a los ‘evadores’, pero no a nosotros, a los ‘evadores’ de verdad”, apuntó repitiendo la típica característica humana de querer que se imponga la ley sobre el otro, pero no sobre nosotros.
Tres cuartos de hora escuchando el debate enceguecido que pasó del dulce de leche al mate, el asado, el poncho, el chiripá y el choripán, todos nombrados como patrimonio argentino, hasta llegar a la discusión sobre el pago o no de impuestos, precisamente en una cola para pedir moratoria. En eso, un vendedor ambulante se acercó a hacerse el día.
“Mire”, le dijo a Martín, “le vendo diez vallenitas por un peso. Y si me compra cincuenta, se las dejo a cinco pesos”, mientras Martín trataba de ver la ventaja de comprar cincuenta vallenitas, la gente de alrededor hizo un silencio para ver cuál era su respuesta.
- No, gracias, no uso.
“Mire, señor”, dijo otro mientras se alejaba el vendedor, “la culpa la tiene el gobierno, mire si para pagar una factura vencida tengo que hacer medio día de cola, como si uno no tiene nada queacé”. Mientras todos los de alrededor le asentían silenciosamente, entre compasivos y enojados, se escuchaban los típicos comentarios que se hacen mientras se hace la cola para pagar un impuesto atrasado: “Esto en EE.UU. no pasa”, dijo la vieja de adelante.
En ese momento, recordó aquél 20 de diciembre de 2001, que quedará marcado en la historia como el día en que, por segunda vez, las ollas (hoy llamadas cacerolas) cumplieron un rol protagónico. Esta vez echaron a De la Rúa. Antes había sido en el año 1807, durante las segundas invasiones inglesas, cuando según la leyenda, cargadas de aceite caliente, echaron a los invasores. “¿Mire si no los hubiéramos echado?”, le había preguntado una doña aquél día del cacerolazo... “¿Qué hubiera pasado?”.
Y bueno, seguramente y para empezar, hablaríamos inglés: diríamos “míster” en lugar de señor, “lóv” en lugar de amor y “pípol” en lugar de gente. San Martín hubiera cruzado la cordillera para invadir y no para liberar, Belgrano hubiera registrado los derechos de autor de la bandera y no se hubiera muerto pobre, Sarmiento hubiera querido comprar Chile en lugar de querer vender la Patagonia y Mirta Legrand hubiera ganado un Óscar pero su programa de los almuerzos hubiera sido un micro de cinco minutos: Fast Food con Mirta Themost. “En virtud de esto último, no hubiera estado tan mal”, analizaba.
Otro avance masivo interrumpió la reflexión. Ahora faltaban sólo 1 metro para llegar a la ventanilla. Después de una hora y media de espera, por fin, por fin llegaba al mostrador.
- Digamé – le soltó el empleado.
- Vengo por una citación que dice que yo debo dos meses de rentas pero...
- Tiene que hacer la cola que está a la izquierda, la de rentas – lo cortó el empleado.
La cola de la izquierda tenía cinco personas más. Martín decidió esperar. Después de media hora más, llegó al segundo empleado.
- Vengo por una citación que dice que yo debo dos meses de rentas pero yo las pagué...
- ¿Tiene comprobante de pago?
- Sí, acá están.
- Entonces, tiene que hacer la cola que va hacia el primer piso.
Miró hacia la escalera casi sin creerlo... Pero, sí, resistió 40 minutos más de espera y llegó a la tercera ventanilla: “Vengo por una citación que dice que yo debo dos meses de rentas pero yo las pagué, acá están los comprobantes...”, explicó.
- ¿Los pagó en el banco o acá mismo en rentas? – indagó el empleado.
Martín prefería no contestar, a su lado había dos ventanillas, una vacía, en la que la empleada se estaba limando las uñas. De la otra ventanilla salía una cola que, desde donde estaba él, se veía que llegaba hasta otras escaleras que bajaban hasta la puerta de entrada. Dudó... “Ehhhhhhh....”.
Por supuesto, le tocó la fila más larga. Y tras otra hora de reloj, volvió a llegar a una cuarta ventanilla.
- “Ah, no ¿vistes?... no puedo… porque acaba de empezar una huelga de brazos caídos y tengo que respetarla, ¿vistes?, por nuestros compañeros, ¿vistes?”, contestó la empleada.
- No, no vi - contestó indignado-triste-sorprendido-amargado-enfurecido. Y lo dijo, dijo su enojo, delante de todos, a viva voz.
- Señor, por favor más respeto, encima que le explico. Después dicen que atendemos mal. ¿Yo qué culpa tengo si Ud. no paga sus impuestos? – alcanzó a escuchar, antes de irse, de boca de la mujer de brazos caídos.
Todos miraron la escena, entre compasivos y enojados. Pero nadie dijo nada. “Algo habrá hecho”, pensaron todos, “hubiera pagado en término, ¿no?”.
Al llegar al lugar, -como un presagio-, vio que el último lugar no lo ocupaba el señor de cabello canoso sino la deposición de un canino que, por suerte estaba demasiado seco para emitir olores.
“Estos son los chicos que pasean perros, que los dejan defecar en cualquier parte”, disparó el señor cabellera ausente. “Muy sutil lo de defecar”, pensó Martín, mientras el hombre seguía con su protesta, “cuando yo era chico –le dijo– los perros paseaban solos y no hacían sus necesidades en las veredas”. “Porque no habría veredas”, pensó nuestro amigo mientras se colocaba detrás del excremento, a un paso del regalo, justo encima de una baldosa floja. “Los perros, al ser perros, eran más educados. Ahora, como los tratan como personas, si te descuidas, hacen cacona arriba de tu zapato”, continuó su queja, “acá mismo, mejor que no te descuides, pibe, porque o te orina un perro o te pegan un afiche del intendente en la cara, ahora vienen las elecciones”. El viejo esperaba respuesta, pero Martín sólo atinó a sonreír por compromiso.
Haciendo equilibrio sobre la baldosa que salpicaba cuando se movía de lado a lado e intentando no caerse, no mojarse y no perder el lugar, Martín seguía escuchando las conversaciones ajenas. “Acá cualquiera inventa un oficio... inventar lo que se dice inventar, es inventar algo útil: la birome, el alambre de púa, el dulce de leche... ahora, pasean perros”, refunfuñó.
Por suerte, se movió la cola y avanzó unos metros. Salto mediante, la baldosa movediza quedó atrás, aunque adelante quedaban todavía un tramo de vereda al sol y unas cuantas personas que empezaron a hacerse eco del debate generalizado.
“La culpa la tienen los políticos, que aumentan los impuestos porque necesitan más ingresos”, dijo otro. Para mí, la culpa la tienen los que no pagan los impuestos”, acotó una vieja olvidándose de que estaba ahí, justamente, seguramente, por no pagar los impuestos. “Es cierto”, dijo uno de bigotes, “que persigan a los ‘evadores’, pero no a nosotros, a los ‘evadores’ de verdad”, apuntó repitiendo la típica característica humana de querer que se imponga la ley sobre el otro, pero no sobre nosotros.
Tres cuartos de hora escuchando el debate enceguecido que pasó del dulce de leche al mate, el asado, el poncho, el chiripá y el choripán, todos nombrados como patrimonio argentino, hasta llegar a la discusión sobre el pago o no de impuestos, precisamente en una cola para pedir moratoria. En eso, un vendedor ambulante se acercó a hacerse el día.
“Mire”, le dijo a Martín, “le vendo diez vallenitas por un peso. Y si me compra cincuenta, se las dejo a cinco pesos”, mientras Martín trataba de ver la ventaja de comprar cincuenta vallenitas, la gente de alrededor hizo un silencio para ver cuál era su respuesta.
- No, gracias, no uso.
“Mire, señor”, dijo otro mientras se alejaba el vendedor, “la culpa la tiene el gobierno, mire si para pagar una factura vencida tengo que hacer medio día de cola, como si uno no tiene nada queacé”. Mientras todos los de alrededor le asentían silenciosamente, entre compasivos y enojados, se escuchaban los típicos comentarios que se hacen mientras se hace la cola para pagar un impuesto atrasado: “Esto en EE.UU. no pasa”, dijo la vieja de adelante.
En ese momento, recordó aquél 20 de diciembre de 2001, que quedará marcado en la historia como el día en que, por segunda vez, las ollas (hoy llamadas cacerolas) cumplieron un rol protagónico. Esta vez echaron a De la Rúa. Antes había sido en el año 1807, durante las segundas invasiones inglesas, cuando según la leyenda, cargadas de aceite caliente, echaron a los invasores. “¿Mire si no los hubiéramos echado?”, le había preguntado una doña aquél día del cacerolazo... “¿Qué hubiera pasado?”.
Y bueno, seguramente y para empezar, hablaríamos inglés: diríamos “míster” en lugar de señor, “lóv” en lugar de amor y “pípol” en lugar de gente. San Martín hubiera cruzado la cordillera para invadir y no para liberar, Belgrano hubiera registrado los derechos de autor de la bandera y no se hubiera muerto pobre, Sarmiento hubiera querido comprar Chile en lugar de querer vender la Patagonia y Mirta Legrand hubiera ganado un Óscar pero su programa de los almuerzos hubiera sido un micro de cinco minutos: Fast Food con Mirta Themost. “En virtud de esto último, no hubiera estado tan mal”, analizaba.
Otro avance masivo interrumpió la reflexión. Ahora faltaban sólo 1 metro para llegar a la ventanilla. Después de una hora y media de espera, por fin, por fin llegaba al mostrador.
- Digamé – le soltó el empleado.
- Vengo por una citación que dice que yo debo dos meses de rentas pero...
- Tiene que hacer la cola que está a la izquierda, la de rentas – lo cortó el empleado.
La cola de la izquierda tenía cinco personas más. Martín decidió esperar. Después de media hora más, llegó al segundo empleado.
- Vengo por una citación que dice que yo debo dos meses de rentas pero yo las pagué...
- ¿Tiene comprobante de pago?
- Sí, acá están.
- Entonces, tiene que hacer la cola que va hacia el primer piso.
Miró hacia la escalera casi sin creerlo... Pero, sí, resistió 40 minutos más de espera y llegó a la tercera ventanilla: “Vengo por una citación que dice que yo debo dos meses de rentas pero yo las pagué, acá están los comprobantes...”, explicó.
- ¿Los pagó en el banco o acá mismo en rentas? – indagó el empleado.
Martín prefería no contestar, a su lado había dos ventanillas, una vacía, en la que la empleada se estaba limando las uñas. De la otra ventanilla salía una cola que, desde donde estaba él, se veía que llegaba hasta otras escaleras que bajaban hasta la puerta de entrada. Dudó... “Ehhhhhhh....”.
Por supuesto, le tocó la fila más larga. Y tras otra hora de reloj, volvió a llegar a una cuarta ventanilla.
- “Ah, no ¿vistes?... no puedo… porque acaba de empezar una huelga de brazos caídos y tengo que respetarla, ¿vistes?, por nuestros compañeros, ¿vistes?”, contestó la empleada.
- No, no vi - contestó indignado-triste-sorprendido-amargado-enfurecido. Y lo dijo, dijo su enojo, delante de todos, a viva voz.
- Señor, por favor más respeto, encima que le explico. Después dicen que atendemos mal. ¿Yo qué culpa tengo si Ud. no paga sus impuestos? – alcanzó a escuchar, antes de irse, de boca de la mujer de brazos caídos.
Todos miraron la escena, entre compasivos y enojados. Pero nadie dijo nada. “Algo habrá hecho”, pensaron todos, “hubiera pagado en término, ¿no?”.
martes, 23 de agosto de 2011
EL HOMBRE ESPEJO
Por Gerardo Arníz y Cecilá
Le decían así porque veía al revés. Como si fuera espejado. Interpretaba al revés lo que veía y actuaba exactamente de la manera contraria a la que se esperaba. Por ejemplo, su perra se llamaba Michifúz y su gato se llamaba Sultán. Y ¿quién podría enamorarse del hombre espejo si no una mujer que era feliz escuchando lo que no era? Pero, para que esta historia sea perfecta, deberíamos contarla al revés de cómo sucedió.
Empezar por el final es, para Freud, un método dogmático. ¿Por qué un grupo de mujeres malformadas lloriqueaba sin consuelo durante el velatorio de tan curioso personaje?
Dichas damas pavorosas lo adoraban, pero el hombre espejo, pese a verlas hermosas, sólo había amado hondamente a una mujer: la que de grande y de chica fue llamada Clarita.
Por ver todo al revés, parece dudoso que este sujeto, afeitándose la coronilla en lugar de la barba y usando la corbata de cinturón, y viceversa, pudiera tener galantería y éxito entre las señoras. No obstante, todas caían en amor por él.
La razón es bastante simple: a todas les encantaba que este simpático individuo pudiera encontrarles virtudes en los defectos y, así, admirarlas por aquello que las hacía únicas. Sólo en presencia del hombre espejo se diluían sus imperfecciones, se sentían realizadas y felices. Además, todas ellas creían que los reclamos que les hacía por sus virtudes eran bromas de buen gusto. Podemos citar aquel 2 de febrero, en que miró encolerizado a una fiera simpática y la acusó de ser insoportable. Entonces, ella le ofreció la risa más jocosa y repugnante que se haya registrado en la historia de la humanidad y él la abrazó, enternecido y con culpa, creyendo que la había lastimado casi de muerte. La señorita, pues, puso sus labios de sopapa sobre la boca del hombre espejo y así surgió entre ellos un amor desenfrenado de verano.
Vislúmbrese el gran éxito que el difunto tuvo entre las damas, si bien sólo fue capaz de amar a Clarita. Cuentan que esta mujer poseía una belleza tal que las flores se cerraban, avergonzadas, a su paso; algunos cuentan que es la mujer del poema 20 de Neruda, aunque aclaran que los versos en que dice “En las noches como ésta la tuve entre mis brazos./ La besé tantas veces bajo el cielo infinito”, fueron literalmente unos versos, sólo posibles en los sueños o ensueños del escritor chileno.
Debe imaginarse los desamores que causó aquella con ojos rojos de ángel y piel celeste de sirena. Rechazaba a todo hombre, hastiada por las persecuciones que le realizaban y las canciones desesperadas que le cantaban a su balcón. De allí que se interesara en el hombre espejo, porque Clarita quedó enloquecida cuando él pasó a su lado sin querer robarle un poco del perfume de su esencia marina.
Al joven espejo le aturdía aquella que podía cantar con voz de sirena. Pero estaba tan acostumbrado a deslumbrar a todas las señoritas, que lo que entendía como chillidos de Clarita para espantarlo, lo movilizaban a conquistarla. No obstante, como ella no cesaba de invocarlo intensamente, él interpretaba ser rechazado con mayor virulencia. Por ello, nunca se animó a hablarle, y la amó platónicamente hasta su último día de vida, cuando la anciana Clarita se veía, ante sus ojos, más bella y jovial que nunca.
Destinado por su naturaleza a la apariencia, nadie envidiaría la posición de un espejo, en una cercanía inalcanzable al objeto de deseo que refriega su belleza ante sí. ¿Cuántos espejos sufrirán en silencio su amor?
De esa manera, aun cuando Clarita le ponía ritmo a los latidos de su corazón, el hombre espejo fue un eterno observador.
Y la miró hasta el último de sus días, cuando la vio más bella y joven que nunca...
lunes, 8 de agosto de 2011
VIVA LA DIFERENCIA
Con este título, Pilar Sordo escribió un libro en el cual, entre otras, desgrana una teoría: el diálogo entre el hombre y la mujer se complica porque la mujer tiene, para hablar, por día, un stock de diez mil palabras; mientras que los hombres cuentan con, como mucho, unas dos mil. Y, encima, aclara la psicóloga chilena que está haciendo furor en Internet, el hombre se gasta sus dos mil palabras en el trabajo. Por lo tanto, cuando llega a su casa, sólo balbucea alguna que otra interjección: es que se quedó sin palabras, literalmente. A la mujer, en cambio, le quedan casi todas sus palabras disponibles para dialogar, ¿o debería decir monologar?
Con esa teoría en la cabeza, recorrí bares, restaurantes, peluquerías, salas de espera, oficinas y colectivos, y pude comprobar algunas cosas más. Cuatro, para ser exacta.
Uno, descubrí que el promedio de palabras es sólo eso, un promedio. Pero que, como la riqueza, las palabras tampoco están repartidas de forma equilibrada. Hay mujeres que, en lugar de diez mil, tienen sólo tres mil y otras que, en cambio, tienen 50 mil. En tanto, hay hombres -doy fe- que, apenas, deben sumar 50.
Dos, esas mujeres, las que tienen 50 mil por día, hablan con una velocidad del diablo. De otra manera, sería imposible meter tantos vocablos en solo 24 horas. En verdad, descontando las horas de sueño y suponiendo que esas mujeres no hablen dormidas, tendrán sólo 16 horas para desgranar 50 mil palabras. Una cuenta rápido da que tenemos 3.125 palabras por hora, unas 52 por minuto. ¡Casi una por segundo! Si te toca “sí”, “no”, “bueno”, hasta “perro”, “auto” o “tele”, va bien. Pero si te toca decir “electroencefalografista”, te la regalo. A mí, me llevó como cinco segundos.
Además, hay que respirar. Entonces, a estas superdotadas de la verborragia sólo les queda suprimir los signos de interrogación. Ni un punto ni una coma, menos todavía, puntos suspensivos. Hablan de corrido. Y es así que se preguntan y se contestan ellas mismas, porque no pueden esperar a que les respondamos, se les pasan los segundos y ellas, recordemos, tienen que decir 52 palabras por minuto.
Puntos, comas y cómos
Y ya que llegamos a este punto, al de puntuación, llegamos también a la tercera y gran diferencia entre hombres y mujeres. Cómo usan los signos de puntuación. Claramente, de formas absolutamente diferentes. Es más, ellos usarán, con exclusividad, algunos y ellas, otros.
Por ejemplo, el punto, sin lugar a dudas, es para la mujer, sobre todo el punto aparte. Lo usa, y mucho, para dejar en claro que allí se termina la discusión. En cambio, entre los hombres abundan los puntos suspensivos. Y las comas, sobre todo, cuando miran la tele desconcentrados (desconcentrados de la pantalla, de la charla estarán siempre desconcentrados –por default- , salvo cuando pidan la sal en medio de una cena). Pueden meter hasta tres comas seguidas entre dos palabras.
Habitualmente, pueden abrir algún paréntesis y dejarlo abierto un buen rato. Algunos, tal vez, abusen del uso del corchete, aunque otros preferirán las comillas (preferentemente, dobles y acompañadas del gesto que involucra a los dedos índices y mayor de ambas manos en gancho hacia abajo).
Definitivamente, a los hombres los tientan más los signos de interrogación. Se ve que les atraen sus curvas. Por ejemplo, suelen usarlo pegadito a la interjección eh, para contestar cualquier pregunta femenina o, también, con los adverbios de lugar acá o la preposición dónde. Les tira.
Las chicas, en cambio, optaremos por usar el de admiración, también para contestar, ya sea para decir sí o no (preferentemente, no) como también para las mismas palabras con las que los hombres interrogan: Lo que para ellos es “¿ahí?”, para ellas será “¡ahí!”. Aunque, en el caso femenino, siempre será acompañado por un pensamiento ad hoc: “No puede ser que no lo veas, está ahí, delante tuyo, prestá atención, ahí, no, ahí, mirá mi mano cuando te hablo, siempre lo mismo”.
Los hombres andan genial con las interjecciones, principalmente cuando miran fútbol (o, en su defecto, juegan a la play). En cambio, tienen cierta dificultad con los adverbios de modo y les cuesta horrores entender, por ejemplo, el significado de más despacio. Ni que hablar de identificar el adverbio bien, muy bien o, peor aún, maravillosamente. Otra dificultad para la pareja se presenta con los adverbios de cantidad, lo que para ellos es mucho para ellas será siempre poco.
Por último, mi trabajo de campo me demostró que, además, como las dimensiones, hay una cuarta característica no reconocida, pero real. Los gestos. Los muchachos suelen tener también limitados los gestos. Además, mirar a la persona con la que se habla suele ser una dificultad para ellos. Para el mujeraje, en cambio, será facilísimo el gesto, aun cuando no se hable. Pero también, se ve que tanta novela de pequeñas, a lo largo de los años, da su resultado, y las mujeres tenemos mucho más a mano los recursos teatrales: echamos mano a miles de tácticas pero, la mejor, lejos, es el llanto repentino, hasta moco somos capaces de generar. De la nada, eh. Ellos, en cambio, recurrirán casi, únicamente, al mutis por el foro. Claro que, cuando caiga el telón, mágicamente, se esfumarán las diferencias y todos irán para el mismo camarín. Fin. Aplausos. No hay bises. Hoy, no.
Con esa teoría en la cabeza, recorrí bares, restaurantes, peluquerías, salas de espera, oficinas y colectivos, y pude comprobar algunas cosas más. Cuatro, para ser exacta.
Uno, descubrí que el promedio de palabras es sólo eso, un promedio. Pero que, como la riqueza, las palabras tampoco están repartidas de forma equilibrada. Hay mujeres que, en lugar de diez mil, tienen sólo tres mil y otras que, en cambio, tienen 50 mil. En tanto, hay hombres -doy fe- que, apenas, deben sumar 50.
Dos, esas mujeres, las que tienen 50 mil por día, hablan con una velocidad del diablo. De otra manera, sería imposible meter tantos vocablos en solo 24 horas. En verdad, descontando las horas de sueño y suponiendo que esas mujeres no hablen dormidas, tendrán sólo 16 horas para desgranar 50 mil palabras. Una cuenta rápido da que tenemos 3.125 palabras por hora, unas 52 por minuto. ¡Casi una por segundo! Si te toca “sí”, “no”, “bueno”, hasta “perro”, “auto” o “tele”, va bien. Pero si te toca decir “electroencefalografista”, te la regalo. A mí, me llevó como cinco segundos.
Además, hay que respirar. Entonces, a estas superdotadas de la verborragia sólo les queda suprimir los signos de interrogación. Ni un punto ni una coma, menos todavía, puntos suspensivos. Hablan de corrido. Y es así que se preguntan y se contestan ellas mismas, porque no pueden esperar a que les respondamos, se les pasan los segundos y ellas, recordemos, tienen que decir 52 palabras por minuto.
Puntos, comas y cómos
Y ya que llegamos a este punto, al de puntuación, llegamos también a la tercera y gran diferencia entre hombres y mujeres. Cómo usan los signos de puntuación. Claramente, de formas absolutamente diferentes. Es más, ellos usarán, con exclusividad, algunos y ellas, otros.
Por ejemplo, el punto, sin lugar a dudas, es para la mujer, sobre todo el punto aparte. Lo usa, y mucho, para dejar en claro que allí se termina la discusión. En cambio, entre los hombres abundan los puntos suspensivos. Y las comas, sobre todo, cuando miran la tele desconcentrados (desconcentrados de la pantalla, de la charla estarán siempre desconcentrados –por default- , salvo cuando pidan la sal en medio de una cena). Pueden meter hasta tres comas seguidas entre dos palabras.
Habitualmente, pueden abrir algún paréntesis y dejarlo abierto un buen rato. Algunos, tal vez, abusen del uso del corchete, aunque otros preferirán las comillas (preferentemente, dobles y acompañadas del gesto que involucra a los dedos índices y mayor de ambas manos en gancho hacia abajo).
Definitivamente, a los hombres los tientan más los signos de interrogación. Se ve que les atraen sus curvas. Por ejemplo, suelen usarlo pegadito a la interjección eh, para contestar cualquier pregunta femenina o, también, con los adverbios de lugar acá o la preposición dónde. Les tira.
Las chicas, en cambio, optaremos por usar el de admiración, también para contestar, ya sea para decir sí o no (preferentemente, no) como también para las mismas palabras con las que los hombres interrogan: Lo que para ellos es “¿ahí?”, para ellas será “¡ahí!”. Aunque, en el caso femenino, siempre será acompañado por un pensamiento ad hoc: “No puede ser que no lo veas, está ahí, delante tuyo, prestá atención, ahí, no, ahí, mirá mi mano cuando te hablo, siempre lo mismo”.
Los hombres andan genial con las interjecciones, principalmente cuando miran fútbol (o, en su defecto, juegan a la play). En cambio, tienen cierta dificultad con los adverbios de modo y les cuesta horrores entender, por ejemplo, el significado de más despacio. Ni que hablar de identificar el adverbio bien, muy bien o, peor aún, maravillosamente. Otra dificultad para la pareja se presenta con los adverbios de cantidad, lo que para ellos es mucho para ellas será siempre poco.
Por último, mi trabajo de campo me demostró que, además, como las dimensiones, hay una cuarta característica no reconocida, pero real. Los gestos. Los muchachos suelen tener también limitados los gestos. Además, mirar a la persona con la que se habla suele ser una dificultad para ellos. Para el mujeraje, en cambio, será facilísimo el gesto, aun cuando no se hable. Pero también, se ve que tanta novela de pequeñas, a lo largo de los años, da su resultado, y las mujeres tenemos mucho más a mano los recursos teatrales: echamos mano a miles de tácticas pero, la mejor, lejos, es el llanto repentino, hasta moco somos capaces de generar. De la nada, eh. Ellos, en cambio, recurrirán casi, únicamente, al mutis por el foro. Claro que, cuando caiga el telón, mágicamente, se esfumarán las diferencias y todos irán para el mismo camarín. Fin. Aplausos. No hay bises. Hoy, no.
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