jueves, 21 de octubre de 2010

EL TEMPLO DEL AZULEJO

A mediados de los años ochenta y al frente de la banda Viuda e Hijas de Roque Enroll, Mavi Díaz entonaba una canción que todavía recuerdo perfectamente: “Mi mente va a mil cuando estoy en este templo, mi reino es aquí, sudor, mimitos, agua y esfuerzo. Ya no golpeen que no voy a salir”. Hablaba del baño, de “un lugar perfecto”, de “la intimidad del azulejo”. Por aquél entonces, y yo puedo dar fe porque tengo un hermano músico que todavía lo hace, la chica se encerraba en el toilette con su guitarra a componer o a tocar porque allí, como alguna vez aseguró el mismo Paul McCartney, el sonido tiene otra acústica.

Sin embargo, no es la guitarra la única rareza que podría presentarse como alternativa a los tan popularizados libros o revistas como compañía para los menesteres “bañísticos”. Hoy por hoy, una viola es lo menos cool que puede llevarse uno cuando necesita sentarse en el trono.

Hugorró, compañero laboral que suele compartir sus picardías familiares con quienes lo rodean, me contó que, cierto día, se le ocurrió llevar al baño, y dejarlo (ésta es lo más destacable), un video juego de mano: el tetris. De este modo, cuando uno pasara más de un ratito, podría divertirse con el ingenioso aparato acomodando ladrillitos de diferentes tamaño, como buscando inspiración, digamos. Y cuando pensó que tal iniciativa iba a ser centro de burlas en la mesa familiar, nadie dijo nada. Al contrario, a los cuatro días, descubrió que las baterías del juego estaban totalmente agotadas.

Entonces me permití indagar acerca de las cosas que uno lleva al baño para “pasar el rato” y, realmente, me admiré. A los libros, revistas y guitarras, no sólo se le agregó el tetris, también entró en la lista las evaluaciones matemáticas para corregir de Silvivá, los naipes de joseló, el termo y el mate y hasta la comida de Fernagó, la Notebook de casi todos aquellos que tienen una, el teléfono celular, y, atención porque esto sí es extraño, unas piedritas para jugar a la payana. Esto, francamente, me superó: no puedo entender sobré qué o en qué posición puede uno jugar al dinenti estando sentado en el trono, sin hablar siquiera de la puntería que uno pierde en el momento mismo.

Claro que eso, igualmente, está lejos, lejísimo, de la costumbre arraigada en las grandes ciudades del primer mundo. Mi amigo Toshikí me confirmó la tendencia, masiva, a comprar TV de plasma (ocupan menos espacio) e instalarlos en la pared frontal al asiento más frecuentado de la casa. Acá, en cambio, no pasamos de dejar entreabierta la puerta del baño, cuando hay intimidad suficiente, para poder cogotear la tele desde allí (o, al menos, escucharla).

Peor es el caso de quienes entregan partes del baño en manos de sus mascotas: gatos que pretende usar el bidet de bebedero, loros que cantan con sus dueños en plena ducha (del dueño, claro) o, como le pasó a mi amigo Pablozó, que descubrió que uno de sus clientes (no vamos a revelar cuáles son sus servicios) usaba la bañera como cucha para su pastora alemán que, hacía semanas, había parido seis cachorros. Todo esto, en un baño dos por dos y sin ventilación. No puedo imaginar dónde se ducharía el dueño de casa.

En el otro extremo están los pudientes que se llevan el reproductor portátil de DVD, para matizar un baño de inmersión con sales aromatizantes o los más jóvenes que irán con el MP3 a bailar frente al espejo. En cambio, los desprevenidos que no han llevado nada deberán recurrir a todos los productos de perfumería que tienen a mano para encontrar una lectura y poder ocupar la mente con algo. Y aquí radica el centro de mi reflexión: ¿Por qué debemos ocupar la mente con algo? ¿Por qué no podemos, simplemente, “perder” ese rato en no hacer extra más que aquello que nos ha llevado hasta allí?


“El vértigo de la vida moderna -dicen algunos- nos impulsa a seguir a 100 km/h aun cuando podemos aprovechar para despejar la mente”. “Es que ocupando la mente nos olvidamos de lo que estamos haciendo, que no es muy agradable, sobre todo para los que tienen tránsito lento”. “Porque me aburro”. “Porque me ayuda”. “Porque si no hago nada, me da más ansiedad y me cuesta más”. “Porque lo disfruto”.

Tránsito lento, embotellamiento, corte de ruta o calle despejada, no impide que, en la mayoría de los casos, la tabla del trono quede marcada en la baja espalda de quien acude a él. Aunque, claro, vale la pena aclarar que este recurso queda absolutamente vedado a las madres (o abuelas) de niños menores de tres años que están a su exclusivo cuidado: en ese caso, no se sabe cómo, el tránsito lento pasa a ser exceso de velocidad, y nada de puerta cerrada.

jueves, 7 de octubre de 2010

EL OTRO "CINE VERDAD"

Por Leandro Renou y Cecilá

Cunegundo es un jubilado y asiduo asistente al cine. Todos los lunes, a las 16, lentamente, atraviesa el hall principal sin comprar entrada ni pochocho ni bebida, y se dirige derechito al ancho pasillo que une todas las salas donde se proyectan las películas. Los recepcionistas, cuando lo ven venir, miran a un lado y a otro, como distraídos, y se juntan para decirse algo mientras le dan paso, casi ignorándolo. Y él pasa. Entra a una u otra sala, le da igual, porque su pasión va más allá del film que se proyecte, su pasión es el cine mismo.

Cuando empezó a frecuentar las salas, a sus siete años, acá en Argentina, las películas eran mudas, en blanco y negro, emparchadas y reproducían sus imágenes a una velocidad que no tenía relación proporcional con el movimiento real. Él lo sabe. Pero igual lo añora.

En cambio, hoy, el séptimo arte es diferente. Es 3D, con sonido envolvente y con sillones reclinables. Es más verídico, suele admitirlo si uno lo aprieta un poquito, pero también “más de plástico”, dice. “Para muchos, dejó de ser algo especial para volverse una cosa común, y todo lo que es común -argumenta Cunegundo- es intrascendente, como el plástico: parece bueno pero, en definitiva, es berreta y falso”.

A pesar de que no es una novedad, Cunegundo todavía no se acostumbra a que, ahora, en los cines se come, pero no una garrapiñadita antes de entrar o un maní con chocolate en la butaca; hablamos de comer, pero lo que se dice COMER: pizza, empanadas, tacos, panchos y hamburguesas en plena sala y con los aromas que la práctica de masticar conlleva mezclándose al compás del aire acondicionado.

“¿Cómo puede uno comer y mirar la película a la vez?”, se pregunta siempre mientras contempla las caras de las personas iluminadas por la pantalla multicolor, al mismo tiempo que ve caer la mitad de los alimentos al piso. "Es que nadie se da cuenta cuando se le cae algo encima estando a oscuras", se repite, en voz baja, para justificar su paciencia. Luego, al salir, lo de siempre: manchas de aceite en los pantalones, pedacitos de lechuga en camisas y remeras, y hasta algún tupido bigote coloreado con mayonesa de un pancho.

La magia tal vez sea la misma pero la gente no. Antes, la gente se empilchaba y se arreglaba, hasta iba a la peluquería previamente, porque ir al cine era una salida de gala. “Ahora, van en ojotas”, se queja con nostalgia.

Añora aquellos años en los que no le temblaban las manos, en las que veía mejor en penumbras que al salir de la sala y cuando sus oídos detectaban el murmullo perturbador de algún mocoso a metros de distancia. Por eso, se pasea una y otra vez por las salas, mirando atento a todos.

Es que Cunegundo los conoce. Él, como nadie, tiene esa capacidad de identificar, por un lado a los revoltosos, a los irrespetuosos, a los comentaristas y, por el otro a los impacientes, a los intolerantes, a los amantes del cine en silencio. Es por eso que entra a la sala, y bajo la luz todavía tenue, los identifica, y, cálidamente, les sugiere una ubicación distinta si ve que dos personas incompatibles quedan como vecinos de asiento. A veces, también lo admite, peca de metido, es cierto, pero no puede evitarlo. Sobre todo con los que hablan durante la proyección de la película. Sabe que, cuanto más silenciosos son mientras esperan para entrar, más comentadores serán en pleno film: bajo el anonimato de la media luz, descargan toda su artillería de adjetivos, sustantivos, verbos, adverbios, onomatopeyas, conjunciones, interjecciones, carcajadas y ahogos.

También identifica el fenómeno de las parejas que salen por primera o segunda vez. Antes, en sus años mozos, los novios usaban el cine como elegante excusa para encontrar un momento de álgido romanticismo en el film y, copiando a los astros de Hollywood, robarle un beso a la chica, o lo más cercano a un beso. Ahora, los chicos son más rápidos, es cierto, pero igual los nervios aparecen. Se les cae la mitad del pochocho queriendo bajarle el asiento a la damita o intentando pasar por delante de alguien que está cómodamente sentado (tobillo derecho sobre muslo izquierdo).

Con una mirada, puede reconocer a los que se paran en el medio de la película para ir al baño, a los chicos que dan patadas a los respaldos de adelante, a los que pegan chicles bajo los asientos, a los que no apagan los celulares y a los que, incluso, reciben llamadas, a los que se duermen y roncan y a los que leen los subtítulos en voz alta.

Sabe de memoria los escalones y los baja como una primera vedette, sin mirar hacia abajo y atento a todos los asistentes. Y, cuando la sala se vacía, ve (aunque no toca) todo lo que se cayó al piso: restos de comida, paquetes de golosinas vacíos, lentes, pañuelos de papel usado, paraguas y hasta celulares y billeteras. Entonces, extrae de sus ropas un perfume ambiental en spray (no en aerosol) y fumiga los cuatro rincones.

Luego sale, avisa a los chicos de uniforme sobre las cosas olvidadas y busca otra sala. Entra y repite la coreografía. Los recepcionistas apenas lo miran, tal vez ni sepan que 45 años de su vida los pasó siendo acomodador de un cine de Ramos Mejía. Quizás tampoco sepan que presenció más 30 mil proyecciones de diferentes películas o que aún lleva su linterna de bolsillo encima. Y tampoco se imaginan que la gente, antes, lo saludaba cálidamente al llegar y al irse. Por eso, seguramente, no entienden por qué prefiere recorrer sigilosamente los pasillos de la sala en lugar de sentarse y, por fin, ver la peli como uno más.


lunes, 20 de septiembre de 2010

DE MEMORIA (homenaje a Tato Bores*)

“Reparamos memoria”, decía el aviso. No sé cómo lo divisé entre todos los mails recibidos, los que ofrecen base de datos, los que publicitan las mejores ofertas, los que aseguran noticias verdaderas o los que proponen una elongación peneana. Este decía: “reparamos memoria”. En el instante que nos toma decidir abrirlo o eliminarlo, intenté imaginarme lo que significaría esto de reparar la memoria: ¿podría uno elegir qué recuerdos tener y qué recuerdos no, independientemente de lo vivido? Entonces fue cuando me atrapó el debate que discute sobre qué es lo que más se disfruta en la vida, hacer algo, vivir con el recuerdo de lo hecho o, directamente, contarle a los demás que se hizo algo, aun cuando no se haya hecho.

Para averiguarlo, entonces, largué todo, PC, Outlook y escritorio, manoteé la campera porque todavía hacía algo de frío en el fin del agosto argentino, y salí como rata por tirante buscando respuestas a mis nuevos interrogantes.

Al primero que encontré fue al encargado del edificio donde está mi oficina, Carlosé, y le pregunté: “¿De qué disfruta más la gente, de hacer las cosas, de recordarlas o de contarlas?”: “De contarlas”, me aseguró sin siquiera mirarme y con un profundo conocimiento profesional del tema, mientras, de rodillas, terminaba de encerar la última cerámica del hall principal.

“Después nos vemos”, le dije, saludando, y me subí el cierre de la campera porque el viento, en esa cuadra, es terrible. Empecé a caminar en dirección a Plaza de Mayo. Justo, en ese preciso momento, escuché unos estridentes cuetazos y, alarmada, le pregunté a uno que venía de frente, quien, sin detenerse, me contestó: “Son los canarios…”. “¿Quiénes?” Volví a preguntar pensando en qué tipo de comida podía causar que semejante ruido proviniera de un canario, y uno que venía detrás de mí y que había entendido lo que dijo el que nos cruzó, me repitió: “Son los bancarios que se quejan de los banqueros”.

Ah, claro, los trabajadores “bancarios”, que son los que realizan sus labores en una entidad bancaria viendo pasar infinidad de dinero sabiendo que no es de ellos, se quejan de los señores “banqueros”, dueños del banco y que, también, ven pasar infinidad de dinero pero, a diferencia de los otros, cada tanto se quedan con algo de esa platita, porque creen que sí es de ellos.

Di vuelta la esquina y me di cuenta de que estaba cerca de la oficina de mi amigo LuigiNí, contador excelso de una empresa top, que se pasó cinco años de su vida estudiando una carrera para, luego, hacer que las cuentas siempre le den cero. “Se puede disfrutar haciéndolo, luego recordándolo y, por último, contándolo; pero, en este caso, la suma de factores no altera el producto, se puede contar primero, luego recordar lo que contamos y, finalmente, de tanto decirlo, sentirlo como vívido. Incluso, podría decirte que contarlo es la suma de vivirlo y recordarlo, o bien que contarlo es igual a recordarlo, aun cuando vivirlo sea nulo”.

“¿Ah, esta es la razón por la cual algunos políticos recuerdan cosas que no hicieron y se olvidan de otras que sí hicieron?”, concluí dejando al matemático sacando el logaritmo natural del producto de cinco coma tres por cuatro coma siete elevado a la séptima potencia.

Volví a las calles y, después de esquivar a los bancarios, tomé por Diagonal Norte hacia el obelisco. Allí me encontré con cuatro chicos jóvenes que tenían unos carteles que decían: “Abrazos gratis”. La gente que pasaba por al lado miraba de reojo, sin animarse a detenerse. Yo me detuve. “Hola Cecilá, hace tres horas que estoy acá y sólo dos personas me pidieron abrazos”, me dijo antes de que yo pudiera decir algo. “Yo quiero”, le supliqué. Después de un largo abrazo al rayo del sol, le hice mi pregunta. ¿De qué disfrutas más, del abrazo, del recuerdo o de contarlo en los medios, diciendo que sos de la compañía Acme y que vas a estrenar una nueva obra en la calle Saraza?”. No me contestó, porque, justo detrás de mí, llegaron todos los bancarios que se quejaban de los banqueros para pedir un abrazo gratuito… “nadie nos quiere”, sollozaba una, “nos piden monedas, nos pagan sin cambio, nos ponen mala cara siempre, resoplan cuando vamos al baño… nadie nota que nosotros también necesitamos un abrazo”.

Decidí huir y giré por Corrientes, en búsqueda de más gente que pudiera darme una respuesta, cuando, de golpe, me topé con el diputado Rodobó que salía apurado de una librería con unos libros bajo el brazo. “Señor diputado”, le dije, “No, no, estos libros son míos; yo, cuando entré a la librería, ya los traía conmigo”, se defendió. “No soy del negocio, sólo quiero saber si es posible que la gente cuente un recuerdo aun cuando el hecho en cuestión no haya existido”, lo tranquilicé. “Ah -me dijo aliviado, mientras miraba desconfiado por sobre mi hombro en dirección al comercio– es una buena pregunta, el año que viene vamos a impulsar una ley que prohíba que la gente cuente cosas que no vivió”, me dijo y cruzó la calle apresurado.

Me quedé atónita, casi sin aire, y mientras lo veía alejarse, me interceptó un señor barbudo, canoso y con gafas redondas sobre sus narices: “La memoria es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado”, dijo, leyendo un libro, y agregó, “Pierre Nora, filósofo francés”. Bajó la vista nuevamente y continuó la lectura: “La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones y, curiosamente, inconsciente de esas sucesivas transformaciones”. En conclusión, volvió a mirarme, “la memoria tiene en sí misma el poder de la verdad, lo que se recuerda, es, y lo que no, no es”. “Y ¿usted quién es?”, consulté, “¿no me recuerda?”, me contestó pícaro. Francamente, no me animé a decir que no y, con una sonrisa cómplice, le dije: “¡Claro que sí, suerte!”.


* Tato Bores fue un artista cómico argentino que se destacó principalmente por su humor político. Condujo programas como Good Show, Tato de América, Tato Diet, Tato que bien se TV, Tato vs. Tato o Tato para Todos (en plena dictadura militar), en los cuales, entre otros, hacía un recordadísimo sketch en el que desgranaba sus monólogos con ironías sobre el mundo de la política. Aquí, un humilde homenaje a modo de pastiche.

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL CONTAGIADOR CONTAGIADO

- No sos gordito –le dije a mi amigo– además, si fueras gordito, ¿cuál es? Si, al fin y al cabo, lo estético no es lo importante.
- ¡Hipócrita! –me acusó él– lo decís porque sos flaca, ¿vos saldrías con un gordito?
- Sí, he salido con gorditos – contesté.
- ¡Mentira! Todos los que dicen eso, son funcionales a la sociedad que castiga a los gorditos, sólo por ser gorditos – respondió tajante.
- Bueno, yo lo digo para que sepas qué es lo que piensan los demás de vos y no sufras por algo que no es – intenté.
- No quiero renunciar a lo estético sólo porque no es importante, a mí me haría sentir mejor ser más flaco y punto- concluyó.
No logré el objetivo.

Alguien, alguna vez, elaboró una teoría sobre mí y me dijo que, por un lado, yo podía captar las emociones de la gente que me rodeaba y que, a partir de eso, solía lograr conexión con ellos: para decirlo gráficamente, sufrir cuando alguien cercano sufre y gozar cuando alguien cercano goza. A la vez, y por otro lado, me dijo también, que yo tenía cierta capacidad de poder transmitir y contagiar a los otros con mis propias emociones. Algo que primero emparenté la sugestión del otro. Pero, dado el fracaso del primer diálogo, me propuse analizar la teoría para terminar de desecharla.

Para comprobar este supuesto, que se hamaca entre el egoísmo y la comprensión, apelé al mundo de las respuestas televisivas y consulté el listado del llame-ya, en el cual todos los artefactos son perfectos y a precios regalados, pero no vendían ningún registrador de emociones para comparar lo que yo creía que el otro sentía con lo que marcara el registrador. Por tanto, salté al mundo de las ideas (modernas) que, replicando a Platón, se multiplican infinita y desordenadamente en Internet. Allí, encontré una posible forma de verificar mi propio termostato emocional: el bostezo.

Dicen en la web, que el bostezo es contagioso sí y sólo sí (chequeen el término científico) el contagiado y el contagiador pueden establecer una relación de empatía. De este modo, el contagiado es alcanzado por la necesidad irrefrenable de bostezar a cinco segundos de ver un bostezo ajeno sólo cuando “puede ponerse en la piel del otro”, es decir, en la piel de quien bosteza, todo esto, según el versículo .com del Sagrado Testaferro según San Bill.

Habiendo creído encontrar la verdad de la milanesa en la red de redes, me dispuse, presta, a llevar a cabo un trabajo de campo que me sirviera, por fin, para verificar si yo era buena receptora y/o buena transmisora emocional.

Así fue que, tratando de comprobar si me contagiaba, me pasé dos meses buscando caras con bostezos en el subte, tren y colectivos de Capital y el conurbano bonaerense. No fue nada difícil.

Me topé con bostezos que dejaban ver caries, arreglos de caries, fundas de oro, huecos, un cacho de pizza y un cepillo de dientes olvidado. Bostezos en do, bostezos mudos, bostezos quejosos y bostezos que mueren en fuertes suspiros aguditos. Bostezos que arrugan frentes, bostezos que cierran ojos, bostezos que vuelcan cabezas, bostezos de los que escapan lágrimas, bostezos que babean, bostezos impolutos, bostezos chantas (de los que, a continuación, se hacen los dormidos para no ceder el asiento), bostezos entrecortados, bostezos continuados, bostezos que hacen temblar las manos, lluvia de bostezos.

Siempre me contagié. Por tanto, no es que sea yo una persona que se aburre fácilmente o vive con sueño, sino que logro la famosa empatía, es decir, logro percibir lo que le pasa al otro.

Sin embargo, he de declarar que mi bostezo (contagiado y recontagiado) siempre mantuvo mi propio estilo de bostezo: me contagio, pero bostezo desde mi “yo”, desde mi perspectiva, desde mi forma de sentir el bostezo, desde mi realidad: la interpretación de lo que el otro piensa o siente, siempre se hará desde mi perspectiva, con el error que ello implica. Entonces, quizás el error sea confiar demasiado en lo que uno supone que el otro piensa, un desacierto que parece ir creciendo cada vez más, a la par que disminuye el diálogo cara a cara.

Ustedes dirán que me resta ver si yo puedo contagiar a los demás. Pues eso lo estoy comprobando ahora mismo, mientras ustedes leen la palabra bostezo 44 veces en el presente texto. Si tengo poder de contagio, estarán bostezando. Si no, tampoco logré este objetivo.

viernes, 20 de agosto de 2010

DECIME CUÁL, CUÁL, CUÁL ES TU NOMBRE

Siete días antes de descansar, Dios creó los cielos y la tierra. Y dice el Génesis que, “en el principio, fue la luz, a la que apartó de las tinieblas”, y las llamó “día” y “noche”. Luego “las aguas, a las que apartó de la seca”, y las llamó “mares” y “tierra”. Más tarde, la hierba, los árboles y los animales. Y, por fin, llegaron el hombre y la mujer, quienes, tras recibir la bendición divina, se dedicaron dar nombre a todos los hijos que tenían y a todas las cosas que iban descubriendo e inventando. Claro, al inicio fue fácil, Caín, Abel y todos los demás. Pero después…

Los hijos de Adán y Eva trataron de hacer su mejor esfuerzo pero, ya sea porque no estaban inventados los nombres o porque no estaba inventada la creatividad, la cantidad de hijos les agotó la mente. Por eso, primero recurrieron a los números, hábito que todavía persiste. Luego, alguien tuvo la feliz idea de asignarle a cada día del año, el nombre de un santo ¡y santo remedio! ¿El nene nació un 11 de enero?, Higinio; ¿la nena vino un 9 de febrero?, Apolonia. ¿Mellizos el 24 de marzo? Berta y Agapito. En fin, el santoral resolvía todos los inconvenientes.

De todos modos, los nombres no alcanzaban y, entonces, aparecieron los primeros apellidos. Elegidos para distinguir a los que eran hijos de, a los que tenían un oficio, a los que venían de determinado lugar o a los que tenían ciertas características físicas, los apellidos sirvieron para distinguir a los integrantes de una misma familia. Pero, como era de esperar, la composición conjunta de nombres y doble apellido fue peligrosa. Y lo sigue siendo: si miran nuestra guía telefónica podrán encontrar a Rosa Ramos Flores, Ángeles Fuertes de Flojo, María Zoila Pérez Sosa, María Baba de Toro y Mónica Galindo. Y más conocido a nivel local, en San Justo, vive doña Silvia Memeo que se casó con el Sr. Parada. Los riesgos del amor que le dicen.


Soluciones al alcance de la TV

Pegadito, pegadito, apareció la farándula y, quizás por las incómodas combinaciones o porque su apellido real les resultaba muy poco pegadizo (no da que un famoso se llame Reginald Kenneth Dwight –Elton John-, Louise Ciccone –Madonna- o Issur Demsky Danielovitch -Kirk Douglas-), algunos aprovecharon para deshacerse de los nombres originales. Así, Roberto Sánchez fue Sandro, Clotilde Acosta pasó a ser Nacha Guevara (más revolucionaria), Rosa María Juana Martínez Suárez se transformó en Mirtha Legrand (más chic), Graciela Zabala le birló el apellido a Jorge Luis y pasó a ser una Borges (más intelectual); Reina adoptó el apellido Reech para reemplazar su original José (más diva); y Gladis Osorio mutó en Mercedes Sosa (más Folk).

En algunos casos, es entendible: si no se llamara Horacio Guaraní, ¿alguien recordaría que aquél cantor que no se quiere callar se llama Eraclio Catalín Rodríguez? Peor aún, ¿algún productor le daría trabajo a ese simpático conductor sabiendo que se llama Alberto Fernando Pochulú? Menos mal que, entonces, se puso Fernando Bravo. Y Johnny Allon, ¿habría sido el ícono musical más bizarro de los sesenta si se presentara como Juancito Sánchez?


Así en el fóbal como en el rock

Pero, como si esto fuera poco, surgieron los jugadores de fútbol, que, bajo la falsa pretenciosa originalidad de los relatores, se balancearon entre ser personas de primer nombre, segundo nombre y apellido (Ubaldo Matildo Fillol, Leopoldo Jacinto Luque, Mario Alberto Kempes, Diego Armando Maradona y Juan Román Riquelme) a personajes cuyo sobrenombre era “imprescindible para ser”: que el nene, que el bocha, el pinino, el matador, el loco, el patrón, el mago, el jefe, lechuga, carucha, el polilla, el pato, el conejo, el piojo, el mono, el burrito, el ratón, el cáta, el gringo, el pelado, el colorado, el pítu, el cúchu (no confundir con “la cúchu”), el pipa, el apache, el ogro, la bruja, el príncipe, el rey, el mesías y, directamente, Dios.

Y ya que volvemos al origen de todo, vayamos al origen del rock. También hubo que bautizar a esa yunta de personas que se reunían a hacer ruido. Y aquí, sí, podemos esperar nombres creativos, ya que se trata de artistas. En Argentina, los primeros optaron por animales o frutos (Los Gatos, Almendra), creando una verdadera tendencia (Los ratones paranoicos, Rata Blanca, Los pericos, Banana y un largo etcétera). Después, se pasó a expresiones tomadas del latín (Vox Dei, Sui Generis, Crucis) y, luego, a la propia imaginación fogosa, lúcida y pegadiza de la juventud de los ochenta (Zas, Soda Stéreo, Los enanitos verdes, Suéter, Los Twist o Viuda e hijas de Roque Enroll). Lo que vino después fue, directamente, la debacle: Martes Menta, Mortadela Rancia, Los calzones rotos… ¿Cómo fue que pasamos de V8 a Airbag?

Las personalizaciones también picaron en punta: las huestes de Billy Bond (y la pesada) y Patricio Rey (y los redonditos) darían pie a Don Cornelio (y la zona). En tanto, las posesiones (o ex posesiones) de algunos también llegarían a las marquesinas del rock: esta tendencia creativa fue vista aquí con La mancha de Rolando (Rivas), La cresta de Don Gregorio (de Laferrere) y Las pelotas (en este caso, anónimas); aunque también inspiraron a músicos de la madre patria que se inclinaron por La oreja de Van Gogh, nombre de la retornada y popular banda española que hace referencia a la extremidad perdida por el famoso pintor holandés, opción que surgió después de descartar los otros dos nombres que tenían como alternativa: La Mano de René Lavand o El piripítchio de John Bobbit.

“Nomen est omen”, decían los romanos. Los nombres son presagios, el nombre es el destino. ¿Qué significará, entonces, que los argentinos nos apodemos mutuamente con un simpático “boludo”?



lunes, 9 de agosto de 2010

MIEDOS SUBTERRÁNEOS

¿A quién no le pasó alguna vez?


Tarde de lluvia. Subte, Línea A hacia Primera Junta. Saliendo de la estación Perú, el tren empieza a andar lentamente. Con ese vaivén característico ya de la línea más antigua de la red de subterráneos de Capital Federal, el crujir de la madera y el intermitente apagado de las luces se suman al ruido que crece hasta volverse ensordecedor, los sacudones y la mala ventilación. Todo esto, además del incómodo momento de estar rodeado de desconocidos, parados a menos de un metro de distancia, y no mirar a ninguno. De repente, lo temido. La formación se detiene tras un largo chillido de los frenos. No hay estación, pero se detiene.


Estamos varados en medio de ese túnel oscuro, donde lo único que se ve es el aire espeso escapando hacia la superficie. Pasaron sólo dos segundos pero nuestra mente corre rápidamente. ¿Y si no arranca? ¿Tendremos que salir a caminar por esta gruta ferroviaria llena de oscuridad? Yo me quedo. No, mejor no. Porque, por ahí, me ahogo. Es más, ahora mismo creo que ya no puedo respirar. Si hay que salir, salgo. ¿Y si viene otro subte de frente y nos pisa? Porque por más que me corra no hay espacio para caminar sin que te pise. Además, está lleno de cables. No, yo me quedo. Mirá si piso un cable de electricidad y caigo fulminada. No, definitivamente, me quedo.


Los segundos pasan y uno busca alguna señal en los otros pasajeros. Antes, ni los miraba, aún a riesgo de quedarse con tortícolis, se la pasaba uno viendo esas estúpidas publicidades baratas que no convencen a nadie. Pero, ahora, los miramos, nos miramos. Alguno disimula, o intenta ocultar su miedo. Porque todos tenemos miedo. Alguna chica se abanica disfrazando su terror de acaloramiento. Otros hacen de cuenta que no les importa... pero les importa. Tienen tanto miedo como yo... y como todo el resto. Lo veo, en su pestañeo más veloz, en su impaciencia, en su consulta al reloj.


Y el tren no arranca.


Ahora es todo el pasaje el que se transfiguró. Por más que quieran esconderlo, todos sabemos que nadie quiere caminar por las vías. Vaya uno a saber cuántas ratas estarán esperando que el tren no arranque y que tengamos que salir a andar por los durmientes. Cuántas ratas y cuántos murciélagos, porque debe haberlos.


Y el tren no avanza.


Algún obeso señor ya sacó el pañuelo y empezó a secarse la frente. Otro chico sube el walkman tratando de escapar de la disimulada histeria colectiva. Y lo único que escucho es su música. Su lejana música. Tapada por el resoplido de alguno que sí se anima a empezar a mostrar su miedo. Porque todos sabemos que si, en este momento, hay un corte de energía y se apagan las luces, tampoco van a andar los ventiladores. Y nos vamos a quedar sin aire. Sin luz y sin aire.


Todo porque el tren no se mueve.


El hombre de traje negro, sofocado, se afloja la corbata. La doña se seca la transpiración de las manos en un pañuelo diminuto. Ellos, tal vez, también sepan de esa historia que escuché: la del fantasma del hombre degollado en la estación Sáenz Peña que se aparece encima de un gran charco de sangre, en el andén o en las vías del tren. O la historia de la mujer con el vestido de novia, la “dama del subte”, que murió bajo una formación de esta misma línea cuando su novio no acudió al altar. No, gracias, me quedo.


Uhh, pero… si el tren de atrás no nos ve y nos choca. A ver... yo estoy en el segundo vagón... ¿qué tanto me afectaría una posible colisión? Lo admito, ya estoy muy, muy nerviosa.


Noto una leve taquicardia que me está acelerando la respiración. Un frío en el estómago pide, a gritos, calma. Trato de tragar saliva pero ya no me queda. Recuerdo la tercera historia de fantasmas de la línea A y el mito sobre la media estación. No quiero saber qué pasó con esos dos operarios que se aparecen sentados en una estación inexistente entre Pasco y Alberti. Trato de no pensar. No sé que hacer y ya casi no puedo esconder mi palidez. Trato de hablar pero no me sale la voz. Cuando, por suerte, tan de repente como se paró, después de treinta segundos de haberse detenido, el tren empieza a moverse nuevamente.


¡Por fin! Lo único que me faltaba era llegar tarde...

martes, 20 de julio de 2010

PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS

Por Cecilia Valenti (actriz y guionista argentina residente en Italia desde 2005) y Cecilá.


Esta reflexión comienza cuando una tarde estando en mi casa de Italia con Chiara, mi hija, que tenía tan sólo 20 meses, la veo acercarse con la palita de jugar en la arena y me dice “mamá, esto: pala”; acto seguido va a su caja de juguetes, agarra una pelota, vuelve, y con cara de desconcertada repite “mamá, esto: pala” (en italiano, pelota se dice, fonéticamente, pala). Yo, un poco sorprendida, un poco confundida, un poco orgullosa por su facilidad para aprender las dos lenguas (española e italiana) al mismo tiempo a su temprana edad, la aplaudí y festejé su progreso, a la vez que empezaba a reflexionar sobre algunas cuestiones léxicas...

Enseguida recordé un episodio, cuando recién arribada a la península itálica, concurrí a una de la primeras clases del curso de recreación y, al mejor estilo de “Profesora de actividades prácticas”, apareció una señora con una bolsa llena de tubitos de papel higiénico y telas de varios colores. Se presentó diciendo, obviamente todo en italiano, “conmigo van a aprender a trabajar con eso que ya no se usa”. Hasta ahí, venía todo bien, hasta que dijo: “hoy, vamos a construir un portapene”. Tratando de aguantar mi carcajada, giré mi cabeza para observar la reacción de las demás participantes y todas parecían muy convencidas de lo que iban a hacer, salvo una en el fondo, una hindú que no habló una palabra en italiano en todo el curso y que, debajo de su velo se hallaba más desconcertada que yo, me le acerqué y le dije: “¿che cosa ha detto? ¿Un porta pene?”,- “io no capito, io sólo ínglish”, me respondió la bangla.

Estuve a punto de traducir portapene en inglés, después de mis 9 años de estudio de dicha lengua, pero desistí; mucho después, comprendí que era un simpático e inofensivo portalápices, con materiales reciclados. De ahí, mi conclusión sobre estas palabras y muchas otras, y me dije: entonces, los tanos escriben con la penna y, cuando la pena es más de una, son los penne; juegan al fútbol pasándose la pala; los domingos se encuentran en la messa con el cura; no sé cómo hacen pero huntan el burro en la tostada y plantan tomates en el orto; después de ir al baño, se limpian con la carta (higiénica) y para señalar el techo invocan a teto (¿Medina?), cuando acaban algo dicen que está ya fato, todo lo que comen es chivo, los nenes hacen nana cuando duermen, y noni, sólo sus abuelos. Si pedís un saco te van a dar muchos, si decís que tenés un filo te alcanzan la aguja, nunca pidan un vaso para tomar agua porque además de ser muy grande le van a tener que sacar primero la planta y, después, la tierra, y si haciéndote el tanito simpático, decís por una de esas, un vasino, sabé que estas pidiendo una pelela.


¿Hablamos el mismo idioma?

Pero, las diferencias lingüísticas no surgen sólo cuando se compara el italiano con el español. Las variaciones y coincidencias idiomáticas que conducen a confusiones, a veces inoportunas, existen también dentro de una misma lengua. Y una de los idiomas que más variaciones registra es la nuestra: ésta sí, que hasta tiene dos nombres, el español, de España, o el castellano, de Castilla. Es que de allí, es el idioma castellano, que se hizo más famoso cuando vino un Quijote que era de la mancha. Más tarde, un tal Hernán, que no era muy cortés, se fue al norte de América. Y, casi al mismo tiempo, para el sur, vinieron Pizarro, de Trujillo, y un tal Pedro, de Mendoza. Y, en un abrir y cerrar de ojos, el español/castellano se volvió el idioma más hablado del mundo. Eso hasta que los chinos, que no paran de incrementarse demográficamente, nos dejaron segunditos.

Pero volvamos al español, al idioma español, utilizado no sólo en España sino también en todos los países de América Latina, salvo Brasil. Bueno, lunfardo mediante, con sus variaciones.

La excesiva ingesta de alcohol, por ejemplo, te deja jalado en Cuba, chapeto en Colombia, cufifo o pico en Chile, tiznado en Centroamérica, jumado en Panamá, yucazo en Bolivia, maiceado en Nicaragua, fututo en Costa Rica y soropete en Honduras. Al otro día, aquí, se siente la resaca, en Venezuela el ratón, en Colombia, el guayabo, en Ecuador, el chuchaqui, en Panamá la goma, y, en México, la cruda.

Y ya que hablamos de México, allí, a diferencia de nosotros -que nos comemos las eses-, tienen abundante entusiasmo por pronunciar las eses. Pero, así como adoran las eses, tienen un problemita con la letra jota: en Andalucía, donde está el cantar jóndo, le ponen jota a todo, en Centroamérica la pronuncian como una hache ahogada: trabáho. Pero, en México, la jota no sólo es jota cuando es jota, sino que es jota cuando es equis. ¿Se marean? A ver: México, con equis, se dice Méjico, con jota, pero se escribe México, con equis. Lo mismo ocurre con otras tantisísimas palabras difíciles que vienen de la lengua de Quetzlcoatl, por ejemplo: oaxaca, con equis, se dice oajáca, con jota. Pero, ojo, no todo es así de fácil: cuando la equis está primera, se dice como ese (ya les hablé del entusiasmo por la ese, ¿no?), o sea que Xochimilco, con equis, se dice Sochimilco, con ese.

Otra letra que se ha colado intensamente en el hablar mexicano es la che: allí los pibes son “chavos”, las cervezas son “chelas”, los gordos son “chonchos”, los ilegales son “chuecos”; las lolas son “chichis”; los vagos son “cholos”; “chambear” es trabajar; y si te quieren pedir coima es porque te están “chiveando”. Ni hablar de la “chingada”, no es una cosa torcida sino... una mujer que cobra dinero por sexo. Y si algo se pone bueno, se pone “chingón”.

En fin, y no termina aquí. No se comen las eses como nosotros, es cierto, pero sí se comen sílabas enteritas: allí al decir “manitos” no nos estamos refiriendo a esa palma blanca donde convergen los deditos sino a los “hermanitos”; así como los “ñeros” son los compañeros. Y si te dicen que están esperando la “burra” no supongas que hablan de una mujer ignorante sino que hablan del autobús, y si te califican como un “forrazo” bárbaro no te ofendas, te están piropeando, porque significa que sos muy atractivo. La ropa también varía: las remeras son “playeras” y las polleras “faldas”. Y, en cuanto a comida, si piden una “tortilla”, les traerán un panqueque, y si piden una torta, les traerán un sándwich, si quieren un bife les darán una “chuleta”, y si les ofrecen una “polla”, no malinterpreten, es una bebida de huevos batidos. Por último, la policía -nunca tan bien puesto un nombre- es la “chota” y el dulce de leche, aunque no lo crean, es el “dulce de cajeta”.


Aclaración de las palabras en juego: penna (lápiz, lapicera), penne (lápices), messa (misa), palla (pelota), burro (manteca), orto (huerto), carta (papel), tetto (techo), fatto (hecho), chibo (comida), nanna (noni), nonni (abuelos), sacco (un montón), filo (hilo), vaso (maceta), vasino (pelela).