viernes, 20 de agosto de 2010

DECIME CUÁL, CUÁL, CUÁL ES TU NOMBRE

Siete días antes de descansar, Dios creó los cielos y la tierra. Y dice el Génesis que, “en el principio, fue la luz, a la que apartó de las tinieblas”, y las llamó “día” y “noche”. Luego “las aguas, a las que apartó de la seca”, y las llamó “mares” y “tierra”. Más tarde, la hierba, los árboles y los animales. Y, por fin, llegaron el hombre y la mujer, quienes, tras recibir la bendición divina, se dedicaron dar nombre a todos los hijos que tenían y a todas las cosas que iban descubriendo e inventando. Claro, al inicio fue fácil, Caín, Abel y todos los demás. Pero después…

Los hijos de Adán y Eva trataron de hacer su mejor esfuerzo pero, ya sea porque no estaban inventados los nombres o porque no estaba inventada la creatividad, la cantidad de hijos les agotó la mente. Por eso, primero recurrieron a los números, hábito que todavía persiste. Luego, alguien tuvo la feliz idea de asignarle a cada día del año, el nombre de un santo ¡y santo remedio! ¿El nene nació un 11 de enero?, Higinio; ¿la nena vino un 9 de febrero?, Apolonia. ¿Mellizos el 24 de marzo? Berta y Agapito. En fin, el santoral resolvía todos los inconvenientes.

De todos modos, los nombres no alcanzaban y, entonces, aparecieron los primeros apellidos. Elegidos para distinguir a los que eran hijos de, a los que tenían un oficio, a los que venían de determinado lugar o a los que tenían ciertas características físicas, los apellidos sirvieron para distinguir a los integrantes de una misma familia. Pero, como era de esperar, la composición conjunta de nombres y doble apellido fue peligrosa. Y lo sigue siendo: si miran nuestra guía telefónica podrán encontrar a Rosa Ramos Flores, Ángeles Fuertes de Flojo, María Zoila Pérez Sosa, María Baba de Toro y Mónica Galindo. Y más conocido a nivel local, en San Justo, vive doña Silvia Memeo que se casó con el Sr. Parada. Los riesgos del amor que le dicen.


Soluciones al alcance de la TV

Pegadito, pegadito, apareció la farándula y, quizás por las incómodas combinaciones o porque su apellido real les resultaba muy poco pegadizo (no da que un famoso se llame Reginald Kenneth Dwight –Elton John-, Louise Ciccone –Madonna- o Issur Demsky Danielovitch -Kirk Douglas-), algunos aprovecharon para deshacerse de los nombres originales. Así, Roberto Sánchez fue Sandro, Clotilde Acosta pasó a ser Nacha Guevara (más revolucionaria), Rosa María Juana Martínez Suárez se transformó en Mirtha Legrand (más chic), Graciela Zabala le birló el apellido a Jorge Luis y pasó a ser una Borges (más intelectual); Reina adoptó el apellido Reech para reemplazar su original José (más diva); y Gladis Osorio mutó en Mercedes Sosa (más Folk).

En algunos casos, es entendible: si no se llamara Horacio Guaraní, ¿alguien recordaría que aquél cantor que no se quiere callar se llama Eraclio Catalín Rodríguez? Peor aún, ¿algún productor le daría trabajo a ese simpático conductor sabiendo que se llama Alberto Fernando Pochulú? Menos mal que, entonces, se puso Fernando Bravo. Y Johnny Allon, ¿habría sido el ícono musical más bizarro de los sesenta si se presentara como Juancito Sánchez?


Así en el fóbal como en el rock

Pero, como si esto fuera poco, surgieron los jugadores de fútbol, que, bajo la falsa pretenciosa originalidad de los relatores, se balancearon entre ser personas de primer nombre, segundo nombre y apellido (Ubaldo Matildo Fillol, Leopoldo Jacinto Luque, Mario Alberto Kempes, Diego Armando Maradona y Juan Román Riquelme) a personajes cuyo sobrenombre era “imprescindible para ser”: que el nene, que el bocha, el pinino, el matador, el loco, el patrón, el mago, el jefe, lechuga, carucha, el polilla, el pato, el conejo, el piojo, el mono, el burrito, el ratón, el cáta, el gringo, el pelado, el colorado, el pítu, el cúchu (no confundir con “la cúchu”), el pipa, el apache, el ogro, la bruja, el príncipe, el rey, el mesías y, directamente, Dios.

Y ya que volvemos al origen de todo, vayamos al origen del rock. También hubo que bautizar a esa yunta de personas que se reunían a hacer ruido. Y aquí, sí, podemos esperar nombres creativos, ya que se trata de artistas. En Argentina, los primeros optaron por animales o frutos (Los Gatos, Almendra), creando una verdadera tendencia (Los ratones paranoicos, Rata Blanca, Los pericos, Banana y un largo etcétera). Después, se pasó a expresiones tomadas del latín (Vox Dei, Sui Generis, Crucis) y, luego, a la propia imaginación fogosa, lúcida y pegadiza de la juventud de los ochenta (Zas, Soda Stéreo, Los enanitos verdes, Suéter, Los Twist o Viuda e hijas de Roque Enroll). Lo que vino después fue, directamente, la debacle: Martes Menta, Mortadela Rancia, Los calzones rotos… ¿Cómo fue que pasamos de V8 a Airbag?

Las personalizaciones también picaron en punta: las huestes de Billy Bond (y la pesada) y Patricio Rey (y los redonditos) darían pie a Don Cornelio (y la zona). En tanto, las posesiones (o ex posesiones) de algunos también llegarían a las marquesinas del rock: esta tendencia creativa fue vista aquí con La mancha de Rolando (Rivas), La cresta de Don Gregorio (de Laferrere) y Las pelotas (en este caso, anónimas); aunque también inspiraron a músicos de la madre patria que se inclinaron por La oreja de Van Gogh, nombre de la retornada y popular banda española que hace referencia a la extremidad perdida por el famoso pintor holandés, opción que surgió después de descartar los otros dos nombres que tenían como alternativa: La Mano de René Lavand o El piripítchio de John Bobbit.

“Nomen est omen”, decían los romanos. Los nombres son presagios, el nombre es el destino. ¿Qué significará, entonces, que los argentinos nos apodemos mutuamente con un simpático “boludo”?



lunes, 9 de agosto de 2010

MIEDOS SUBTERRÁNEOS

¿A quién no le pasó alguna vez?


Tarde de lluvia. Subte, Línea A hacia Primera Junta. Saliendo de la estación Perú, el tren empieza a andar lentamente. Con ese vaivén característico ya de la línea más antigua de la red de subterráneos de Capital Federal, el crujir de la madera y el intermitente apagado de las luces se suman al ruido que crece hasta volverse ensordecedor, los sacudones y la mala ventilación. Todo esto, además del incómodo momento de estar rodeado de desconocidos, parados a menos de un metro de distancia, y no mirar a ninguno. De repente, lo temido. La formación se detiene tras un largo chillido de los frenos. No hay estación, pero se detiene.


Estamos varados en medio de ese túnel oscuro, donde lo único que se ve es el aire espeso escapando hacia la superficie. Pasaron sólo dos segundos pero nuestra mente corre rápidamente. ¿Y si no arranca? ¿Tendremos que salir a caminar por esta gruta ferroviaria llena de oscuridad? Yo me quedo. No, mejor no. Porque, por ahí, me ahogo. Es más, ahora mismo creo que ya no puedo respirar. Si hay que salir, salgo. ¿Y si viene otro subte de frente y nos pisa? Porque por más que me corra no hay espacio para caminar sin que te pise. Además, está lleno de cables. No, yo me quedo. Mirá si piso un cable de electricidad y caigo fulminada. No, definitivamente, me quedo.


Los segundos pasan y uno busca alguna señal en los otros pasajeros. Antes, ni los miraba, aún a riesgo de quedarse con tortícolis, se la pasaba uno viendo esas estúpidas publicidades baratas que no convencen a nadie. Pero, ahora, los miramos, nos miramos. Alguno disimula, o intenta ocultar su miedo. Porque todos tenemos miedo. Alguna chica se abanica disfrazando su terror de acaloramiento. Otros hacen de cuenta que no les importa... pero les importa. Tienen tanto miedo como yo... y como todo el resto. Lo veo, en su pestañeo más veloz, en su impaciencia, en su consulta al reloj.


Y el tren no arranca.


Ahora es todo el pasaje el que se transfiguró. Por más que quieran esconderlo, todos sabemos que nadie quiere caminar por las vías. Vaya uno a saber cuántas ratas estarán esperando que el tren no arranque y que tengamos que salir a andar por los durmientes. Cuántas ratas y cuántos murciélagos, porque debe haberlos.


Y el tren no avanza.


Algún obeso señor ya sacó el pañuelo y empezó a secarse la frente. Otro chico sube el walkman tratando de escapar de la disimulada histeria colectiva. Y lo único que escucho es su música. Su lejana música. Tapada por el resoplido de alguno que sí se anima a empezar a mostrar su miedo. Porque todos sabemos que si, en este momento, hay un corte de energía y se apagan las luces, tampoco van a andar los ventiladores. Y nos vamos a quedar sin aire. Sin luz y sin aire.


Todo porque el tren no se mueve.


El hombre de traje negro, sofocado, se afloja la corbata. La doña se seca la transpiración de las manos en un pañuelo diminuto. Ellos, tal vez, también sepan de esa historia que escuché: la del fantasma del hombre degollado en la estación Sáenz Peña que se aparece encima de un gran charco de sangre, en el andén o en las vías del tren. O la historia de la mujer con el vestido de novia, la “dama del subte”, que murió bajo una formación de esta misma línea cuando su novio no acudió al altar. No, gracias, me quedo.


Uhh, pero… si el tren de atrás no nos ve y nos choca. A ver... yo estoy en el segundo vagón... ¿qué tanto me afectaría una posible colisión? Lo admito, ya estoy muy, muy nerviosa.


Noto una leve taquicardia que me está acelerando la respiración. Un frío en el estómago pide, a gritos, calma. Trato de tragar saliva pero ya no me queda. Recuerdo la tercera historia de fantasmas de la línea A y el mito sobre la media estación. No quiero saber qué pasó con esos dos operarios que se aparecen sentados en una estación inexistente entre Pasco y Alberti. Trato de no pensar. No sé que hacer y ya casi no puedo esconder mi palidez. Trato de hablar pero no me sale la voz. Cuando, por suerte, tan de repente como se paró, después de treinta segundos de haberse detenido, el tren empieza a moverse nuevamente.


¡Por fin! Lo único que me faltaba era llegar tarde...

martes, 20 de julio de 2010

PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS

Por Cecilia Valenti (actriz y guionista argentina residente en Italia desde 2005) y Cecilá.


Esta reflexión comienza cuando una tarde estando en mi casa de Italia con Chiara, mi hija, que tenía tan sólo 20 meses, la veo acercarse con la palita de jugar en la arena y me dice “mamá, esto: pala”; acto seguido va a su caja de juguetes, agarra una pelota, vuelve, y con cara de desconcertada repite “mamá, esto: pala” (en italiano, pelota se dice, fonéticamente, pala). Yo, un poco sorprendida, un poco confundida, un poco orgullosa por su facilidad para aprender las dos lenguas (española e italiana) al mismo tiempo a su temprana edad, la aplaudí y festejé su progreso, a la vez que empezaba a reflexionar sobre algunas cuestiones léxicas...

Enseguida recordé un episodio, cuando recién arribada a la península itálica, concurrí a una de la primeras clases del curso de recreación y, al mejor estilo de “Profesora de actividades prácticas”, apareció una señora con una bolsa llena de tubitos de papel higiénico y telas de varios colores. Se presentó diciendo, obviamente todo en italiano, “conmigo van a aprender a trabajar con eso que ya no se usa”. Hasta ahí, venía todo bien, hasta que dijo: “hoy, vamos a construir un portapene”. Tratando de aguantar mi carcajada, giré mi cabeza para observar la reacción de las demás participantes y todas parecían muy convencidas de lo que iban a hacer, salvo una en el fondo, una hindú que no habló una palabra en italiano en todo el curso y que, debajo de su velo se hallaba más desconcertada que yo, me le acerqué y le dije: “¿che cosa ha detto? ¿Un porta pene?”,- “io no capito, io sólo ínglish”, me respondió la bangla.

Estuve a punto de traducir portapene en inglés, después de mis 9 años de estudio de dicha lengua, pero desistí; mucho después, comprendí que era un simpático e inofensivo portalápices, con materiales reciclados. De ahí, mi conclusión sobre estas palabras y muchas otras, y me dije: entonces, los tanos escriben con la penna y, cuando la pena es más de una, son los penne; juegan al fútbol pasándose la pala; los domingos se encuentran en la messa con el cura; no sé cómo hacen pero huntan el burro en la tostada y plantan tomates en el orto; después de ir al baño, se limpian con la carta (higiénica) y para señalar el techo invocan a teto (¿Medina?), cuando acaban algo dicen que está ya fato, todo lo que comen es chivo, los nenes hacen nana cuando duermen, y noni, sólo sus abuelos. Si pedís un saco te van a dar muchos, si decís que tenés un filo te alcanzan la aguja, nunca pidan un vaso para tomar agua porque además de ser muy grande le van a tener que sacar primero la planta y, después, la tierra, y si haciéndote el tanito simpático, decís por una de esas, un vasino, sabé que estas pidiendo una pelela.


¿Hablamos el mismo idioma?

Pero, las diferencias lingüísticas no surgen sólo cuando se compara el italiano con el español. Las variaciones y coincidencias idiomáticas que conducen a confusiones, a veces inoportunas, existen también dentro de una misma lengua. Y una de los idiomas que más variaciones registra es la nuestra: ésta sí, que hasta tiene dos nombres, el español, de España, o el castellano, de Castilla. Es que de allí, es el idioma castellano, que se hizo más famoso cuando vino un Quijote que era de la mancha. Más tarde, un tal Hernán, que no era muy cortés, se fue al norte de América. Y, casi al mismo tiempo, para el sur, vinieron Pizarro, de Trujillo, y un tal Pedro, de Mendoza. Y, en un abrir y cerrar de ojos, el español/castellano se volvió el idioma más hablado del mundo. Eso hasta que los chinos, que no paran de incrementarse demográficamente, nos dejaron segunditos.

Pero volvamos al español, al idioma español, utilizado no sólo en España sino también en todos los países de América Latina, salvo Brasil. Bueno, lunfardo mediante, con sus variaciones.

La excesiva ingesta de alcohol, por ejemplo, te deja jalado en Cuba, chapeto en Colombia, cufifo o pico en Chile, tiznado en Centroamérica, jumado en Panamá, yucazo en Bolivia, maiceado en Nicaragua, fututo en Costa Rica y soropete en Honduras. Al otro día, aquí, se siente la resaca, en Venezuela el ratón, en Colombia, el guayabo, en Ecuador, el chuchaqui, en Panamá la goma, y, en México, la cruda.

Y ya que hablamos de México, allí, a diferencia de nosotros -que nos comemos las eses-, tienen abundante entusiasmo por pronunciar las eses. Pero, así como adoran las eses, tienen un problemita con la letra jota: en Andalucía, donde está el cantar jóndo, le ponen jota a todo, en Centroamérica la pronuncian como una hache ahogada: trabáho. Pero, en México, la jota no sólo es jota cuando es jota, sino que es jota cuando es equis. ¿Se marean? A ver: México, con equis, se dice Méjico, con jota, pero se escribe México, con equis. Lo mismo ocurre con otras tantisísimas palabras difíciles que vienen de la lengua de Quetzlcoatl, por ejemplo: oaxaca, con equis, se dice oajáca, con jota. Pero, ojo, no todo es así de fácil: cuando la equis está primera, se dice como ese (ya les hablé del entusiasmo por la ese, ¿no?), o sea que Xochimilco, con equis, se dice Sochimilco, con ese.

Otra letra que se ha colado intensamente en el hablar mexicano es la che: allí los pibes son “chavos”, las cervezas son “chelas”, los gordos son “chonchos”, los ilegales son “chuecos”; las lolas son “chichis”; los vagos son “cholos”; “chambear” es trabajar; y si te quieren pedir coima es porque te están “chiveando”. Ni hablar de la “chingada”, no es una cosa torcida sino... una mujer que cobra dinero por sexo. Y si algo se pone bueno, se pone “chingón”.

En fin, y no termina aquí. No se comen las eses como nosotros, es cierto, pero sí se comen sílabas enteritas: allí al decir “manitos” no nos estamos refiriendo a esa palma blanca donde convergen los deditos sino a los “hermanitos”; así como los “ñeros” son los compañeros. Y si te dicen que están esperando la “burra” no supongas que hablan de una mujer ignorante sino que hablan del autobús, y si te califican como un “forrazo” bárbaro no te ofendas, te están piropeando, porque significa que sos muy atractivo. La ropa también varía: las remeras son “playeras” y las polleras “faldas”. Y, en cuanto a comida, si piden una “tortilla”, les traerán un panqueque, y si piden una torta, les traerán un sándwich, si quieren un bife les darán una “chuleta”, y si les ofrecen una “polla”, no malinterpreten, es una bebida de huevos batidos. Por último, la policía -nunca tan bien puesto un nombre- es la “chota” y el dulce de leche, aunque no lo crean, es el “dulce de cajeta”.


Aclaración de las palabras en juego: penna (lápiz, lapicera), penne (lápices), messa (misa), palla (pelota), burro (manteca), orto (huerto), carta (papel), tetto (techo), fatto (hecho), chibo (comida), nanna (noni), nonni (abuelos), sacco (un montón), filo (hilo), vaso (maceta), vasino (pelela).





miércoles, 7 de julio de 2010

LA EDAD MUNDIAL (o la vida sin edad)

Terminó el mundial. Al menos para Argentina. Todavía escucho los ecos de los analistas, especialistas, periodistas, opinólogos, deportólogos y radiólogos que marchan en procesión a explicar algo que a nadie le importa ya. Y es que en su explicación, pretendidamente racional, dejan a un lado el sentir.

Antes de que comience Sudáfrica 2010, mi amigo Ariyí me dijo que, para él, los mundiales de fútbol eran tan importantes que medía su vida en referencia a ellos. No hablaba en años, sino en mundiales. Por ejemplo, no se había casado a los 24 años sino antes del mundial ’86, sus hijos nacieron entre México e Italia y se separó después de EE.UU. ’94, luego de la forzada despedida de Diego de los mundiales, al menos como jugador. Y lo más atractivo de esta teoría es algo que, para las mujeres, podría ser revelador: en vez de 48 años, cumplirá en octubre 12 mundiales, es decir, la cantidad de campeonatos que han transcurrido desde su nacimiento. Interesante.

Además, antes de todo mundial, Ariyí diagrama, a mano y sobre una hoja en blanco, una especie de agenda con las fechas y horarios de todos los partidos, alrededor de la cual acomoda, literalmente, su vida. Y, a diferencia de lo que muchos pueden pensar, no es algo que se vaya diluyendo con el paso del tiempo: cuanto más viejo, más importancia le da a los mundiales, como si a gritos pidiéramos ver, aunque sea una vez más, campeón a Argentina en un mundial.

Pero esto no es algo excluyente de Ariyí. Los argentinos vivimos los mundiales de fútbol con mucha intensidad y, más hoy en día, gracias a la calidad de las transmisiones por televisión, con el Full HD y el superslow incluidos.


La ilusión del juego

En lo personal, los recuerdos mundiales arrancan en el’78, festejando en el Peugeot 403 de mi viejo recién estrenado (por nosotros, porque era modelo ‘65). En ese mundial, aprendí el himno nacional. No lo aprendí en la escuela por obligación, lo aprendí durante el mundial ’78, por pasión. Y aprendí los nombres de todos los jugadores, y no sólo la formación argentina, me sabía hasta la de Polonia, con Deyna que pateó el penal que atajó Fillol (cosas que uno recuerda cuando tiene el disco rígido casi vacío).

A veces añoro esos días, en los cuales la única preocupación era llegar a tiempo de la escuela para ver al Chavo del ocho, aprender a sacar con efecto en el ping pong o que no me atraparan en el poliládron. Los días en los que, incansablemente, practicaba el juego del elástico usando dos sillas que hacían de “amigas”. Y no porque me faltaran amigas, sino porque cuando me lo proponía, podía ser tan constante en mi “entrenamiento” que pasaba horas y horas saltando sin parar.

Lo mismo me pasó cuando, después de una noche entera de práctica, aprendí a mezclar como los croupiers, entrelazando las dos mitades de un mazo de cartas y luego arqueando ambos extremos, dejando que las cartas se unan en una pintoresca seguidilla sonora.

Eso es, en parte, el desarrollo de un mundial. Un pasaje a nuestra infancia, un recreo en nuestra vida de adulto, un permiso para hacer la travesura de no ir a trabajar, de llegar tarde o de salir antes, un lugar para la diversión, un lugar para darle rienda al sueño de que, si estamos todos juntos, es posible llegar al escalón más alto, aun para un pibe de Villa Fiorito o de Fuerte Apache.

Por eso, hay que vivirlo con la ingenuidad de un niño, con esa pasión, con esa sorpresa y hasta con esa fascinación, como si no tuviéramos edad. Y quienes no puedan o no quieran vivirlo así, bueno, se quedarán afuera de ese bello viaje que, cada cuatro años, vivimos los que sí podemos, los que sí queremos.

Y aunque la ciencia y hasta el deporte mismo no lo avalen, todo - absolutamente todo- lo que hacemos los hinchas, influye en el resultado: cada vez que nos sentamos en el mismo sillón por superstición o cada vez que empilchamos la misma camiseta argentina por cábala, ayudamos a ganar a la selección. Porque para mí, como para todos los que aceptamos ese viaje-juego, es posible ser parte con solamente sentirlo. Por eso, cuando Diego levantó la copa en el ’86, todos la levantamos con él; cuando Canni rió de cara al cielo en el gol contra Brasil, en el ‘90, todos reímos con él; cuando le cortaron las piernas a Maradona en el ’94, nos las cortaron a todos; cuando en el ’98 volvimos a dejar afuera a los ingleses, todos lo hicimos; cuando, en el 2002, Argentina no pasó a la segunda fase, fuimos todos los que nos volvimos; y, en el 2006, cuando Maxi pateó ante México, todos la clavamos en el ángulo.

Y, sí, suena cursi. Pero, mientras los intelectuales ríen y descartan la pasión, nosotros, los cursis, desplegamos nuestra diversión sin límites, y lloramos y reímos, al mismo tiempo. Y, tal como pasó en este Sudáfrica 2010, cuando “el Diego jugador” se revela ante “el Diego DT” y devuelve la pelota al campo con un taco, por un segundo, todos volvemos a ser niños.

lunes, 21 de junio de 2010

UNA CHARLA MUY ORAL

Gabicá es una de esas mujeres admirables, goza de la sabiduría que se aprende no en las bibliotecas ni en los congresos sino viendo en los otros un poco de cada uno mismo. Y no haciendo nunca lo que a uno no le gusta que le hagan. Con esa sencilla pero difícil premisa, entre otras, Gabicá va tejiendo el tramado de su vida con los colores más divertidos, amenos y agradables. Sincera como pocos, encaró su doble maternidad con tranquilidad y decidió no escaparse nunca por la tangente.

Una mañana, su hijo mayor se le acercó con la ingenuidad que suponen los diez años de vida y, recordando un comentario escolar escuchado el día anterior, le soltó a su madre. “Mami, ¿qué es sexo oral?”

En ese momento, lo admitió públicamente, Gabicá estuvo tentada de huir bajo la excusa de una ignorancia mentirosa o de esquivar la respuesta mandando al niño –varón- a hablar con su padre –varón- y asignarle a él –varón- el privilegio de las charlas de hombres -varones-.

Pero, fiel a su estilo, decidió afrontar el desafío. Rápidamente, muy rápidamente, intentó recordar los consejos televisivos de todos los programas que alguna vez en su vida pudo haber visto y, tan velozmente como los recordó, los descartó: ninguno servía para ese momento. Los segundos transcurrían demasiado rápido, mucho más que otros, y no quedó más tiempo para rajar de la situación… había que responder.

Su cara no pudo disimular la dificultad que le representaba responder una consulta tan simple e, inmediatamente, la invadieron una serie de preguntas auto referenciales que, de haberlas dejado crecer, la hubieran asfixiado más que la pregunta disparadora de su hijo: ¿por qué un niño de 10 años le hacía a ella una pregunta tan difícil de contestar? ¿Con qué términos responder? ¿Cómo describir un acto sin entrar en los detalles? ¿O cómo entrar en los detalles sin que den paso a otras preguntas peores aún?

La primera opción fue mentir y decir que se trataba de una “charla de dos personas sobre el tema sexo”; pero –claro- eso hubiera sido tratar a su hijo como a un perfecto tonto, algo que ninguna madre dejaría que le suceda a su hijo, salvo cuando se trata de una misma y, sobre todo, si ese recurso le permite escaparse de una situación “casi embarazosa”. Pero Gabicá desechó esta primera opción porque era demasiado egoísta privilegiar su comodidad por sobre las necesidades de su propio hijo. Además, pensó, “si pretendo que mi hijo confíe en mí, no puedo hacer otra cosa que responder como quisiera que él me respondiera cuando yo necesite que sea sincero conmigo”. Sabia decisión.

Descartadas la tentación de la retirada y la opción de la mentira, la única alternativa era la verdad.

“Mira…”, inició con la voz temblorosa mientras buscaba sacar a relucir su habilidad explicativa de docente, “el sexo oral es…”, prosiguió mientras buscaba en su diccionario mental las palabras y sinónimos más adecuados para responder, “es cuando una mujer… –‘má, sí’, pensó y le describió la situación: “es cuando un hombre o una mujer le pasa la lengua por ‘ahí’ a una mujer o a un hombre”.

El niño ni se inmutó.

Mientras le caían las gotas de transpiración por la nuca, transcurrió otro segundo interminable. Gabicá rezaba para que a su hijo no se le ocurriera consultarle si ella, al fin esposa y novia, le había hecho o le hacía eso a su padre.

Para tapar el silencio, Gabicá continuó con un “se trata de una forma de expresar cariño a su novio o novia, es parte de la intimidad de una pareja y debiera quedar como parte de la vida privada de cada persona” y, casi desesperada, sabiéndose enemiga de la mentira, se adelantó a una posible pregunta personal, “no se usa contar en público sobre estas cuestiones”.

El niño ni se inmutó.

Gabicá pensó: “ya está”. Lo miró para ver una posible reacción y, ya superada, esperó una repregunta mucho peor que su anterior.

“¿Y lección oral?”, preguntó el niño.

“¿Perdón?”, dijo la madre.

“Es que la maestra dijo que para hoy iba a tomarnos algo oral…”, se justificó la criatura.

Cuánto hubiera dado Gabicá para que la primera pregunta de su hijo hubiera sido sobre la “lección oral”. Y cuánto hubiera dado el niño, tal vez sin saberlo, para que aquello que la maestra le hiciera fuera “sexo oral” y no “lección oral”. Lamentablemente para ambos, fue al revés. Pero, seguramente, ése día, Gabicá le demostró a su hijo que puede haber una charla sincera y sin mentiras entre ellos, aún cuando se trata de temas difíciles y, supuestamente, tabúes. Seguramente, ése es uno de los pilares más fundamentales para que el niño sepa, aunque sea de pura casualidad, lo valioso que es poder confiar en su madre siempre.

lunes, 7 de junio de 2010

CON LA TV EN EL PLACARD

“Not Penny’s boat” (“No es el barco de Penny”), se lee escrito en fibra negra sobre la palma de la mano de Charlie Pace, aplastada contra el vidrio del “ojo de buey” de una puerta submarina. El dibujo, que reproduce una escena de la tercera temporada de Lost (luego repetida en la sexta), se ve en algunas pocas remeras que usan los fanáticos de la exitosa serie, recientemente, finalizada. Es una más entre los 57 modelos distintos que están a la venta en Argentina. Algunas, hechas en base a detalles que sólo un ferviente seguidor de muy buena memoria descifraría. Si hasta hay una con el nombre de la banda del mismo Charlie, el personaje rockero de la serie, otra con el nombre de la línea de aviones que sufrió el accidente aéreo más famoso de Hollywood y, también, una réplica de la remera que compró ligeramente Hurley en una estación de servicio, durante la quinta temporada.

Pero no sólo Lost viste con merchandising los torsos del mundo: “Everybody lies” (“Todos mienten”), dice otra prenda como única leyenda junto a la cara del afamado “Dr. House”, la serie más vista del 2009. A ella, se le suman otros modelitos para los amantes de CSI, Friends, Prision Break, 24, Smallville, The sopranos, Heroes, The 4400 y Taken, siguiendo el camino de Homero Simpson, más visto en remeras, hoy, que el propio John Lennon.

En el siglo XXI, los actores parecen haberle ganado el primer puesto a los rockeros que, a su vez, habían desplazado –en los años setenta- a los símbolos de paz, las flores y los íconos revolucionarios.

Argentina, siempre tan atenta a las últimas tendencias, no debería quedarse afuera y, siguiendo esta línea, en las versiones locales deberían competir Héctor Alterio con “La puta que vale la pena estar vivo”, la Chiqui con “Mierda, carajo” y “se vino el zurdaje”, o Mariano Martínez con “¿Qué lo qué?”, aunque éste último ya supo hacer carrera cuando era el Rey Sol Marquesi. ¿Se imaginan una remera con la cara de la Oreiro diciendo “Holi”? Y a Mike Amigorena con la frase “¿Querían noticias?” Y, por qué dejar afuera a Susana, que es una usina inagotable de preguntas para estampar remeras: “Pero, Padre ¿que está construyendo, un Sheraton?”, “¿Es gallo o galla?” o un hueso de dinosaurio con la palabra “¿Vivo?”. Todo el país sabría de qué se trata, en lugar de estar adivinando qué sugieren las frases en inglés mezcladas con esas caras raras.

Moria, en cambio, siempre más ligerita de reflejos, patentó su afamado “Si querés llorar, llorá” hace años (aún cuando la primera en instalarlo fue Yolanda, el personaje mediante el cual un brillante Antonio Gasalla representaba a una mujer paralítica y malvada). Lo mismo hizo con su más reciente “¿What pass?”, transformando un furcio, que desnuda (esta vez) su falta de dominio del idioma inglés, en títulos para sus espectáculos.

La vertiente nostálgica, en tanto, pide a gritos un reconocimiento para Panigassi (“una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”), Guido Guevara (“Rubia, ¿otra vez le diste al tinto?”), Alonso Miranda (“Te vistes y te vas a tu casa”), Carlín (“Es una lucha”), Pepe Argento (“A comerlaaaaa”), y Lola Padilla ("No soy Lola, soy Lalo”).

Los modernos, en cambio, juegan con los ringtones y más de un gruppie progre recurrió al personaje de Gastón Pauls de “Todos contra Juan” para musicalizar la recepción de sus llamadas telefónicas con el remate que nadie recordaba de su ficticia tira televisiva: “¿Y ahora me lo venís a decir?”. Pero uno de los premios centrales debería llevárselo Favio Posca y su participación en la película Apariencias: “¡Siempre supe que tenía vértigo en la cola!”.


La política lidera

A pesar de que la TV argentina supo acuñar frases inolvidables como “Se ha formado una pareja”, “¿Me trajiste a la nena?”, “¡Éramos tan pobres!”, “Por lo menos, así lo veo yo” o “Puede fallar”, la política ha hecho un aporte tantísimo mayor, al menos cuando de disparates se trata. Ya, en 2008, fueron un éxito las remeras con las frase “Mi voto no es positivo” de Julio Cobos. Pero, decididamente, en este rubro, aunque sin remeras en la calle, el ranking lo lidera Carlos Saúl con “Perdón, me equivoqué de discurso”, “No, me picó una avispa”, “Llegaremos a Japón en una hora” y “Pero no, Benardo”. Tras él, se alistan unas cuantas frases famosas de cuyos dueños preferimos olvidarnos: “¡Socialismo democrático, las pelotas!”, “conmigo o sinmigo”, “tenemos que dejar de robar dos años”, “dicen que soy aburrido”, “la casa está en orden”, “el que puso dólares tendrá dólares” o “el que apuesta al dólar pierde”. Todos desechos de la verborragia política que supieron describir a muchos candidatos locales.

En este sentido, sería mejor apagar la TV, cerrar el diario un rato y recordar otras frases. El “tiren papelitos” de Clemente, el “vermouth con papa fritas” de Tato, el “patapúfete” de Biondi, el “Mal... pero acostumbrao” de Inodoro Pereyra o las cientos de ocurrencias de Mafalda y compañía. Pero, parafraseándola, “como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo Importante"; y la TV se muestra más eficiente para “lo urgente”. Por eso, hoy, el John Locke más famoso es el pelado de Lost y no el filósofo iluminista inglés.