sábado, 7 de mayo de 2011

MI PARAGUAS TIENE VIDA

Cuando yo era chica, los días de lluvia no se anunciaban, se pronosticaban, que para mi cabeza de infante no era lo mismo. La tele decía: “mañana lluvia” e, irremediablemente, el sol rajaba la tierra. Mas cuando pronosticaba día soleado, podía caer sapos del cielo. En realidad era una lotería. Gracias a la tecnología, eso cambió y, hoy, es más común que el “chico que habla del clima” sea más certero. Pero, lo que no cambió, al menos en mi vida, es el hecho de que, tanto antes como ahora, yo no uso paraguas.

Ellos lo saben: el paraguas ya, de por sí, es un objeto molesto. Los hay pequeños, plegables, esbeltos, distinguidos, estampados, sobrios, de vivos colores, para parejas y hasta para mascotas. Pero, de todos modos, molestan. Tan es así que no conozco persona alguna que no haya perdido alguna vez un paraguas en su vida, dejándolo olvidado en algún lugar.

Porque, salvo los que van ajustados con una vincha a la cabeza, te demandan el 50 por ciento de la atención manística disponible: es decir, una mano, algo terrible para el caso de las mujeres que, además, deben llevar la cartera, el maletincito para poner todo lo que no entró en la cartera, la bolsa con lo que acaban de comprar (sí, en días de lluvia también se hacen compras) y las llaves, porque no entran en los bolsillos del saquito de moda y, perdidas en la cartera, cómo haríamos para barajarlas bajo la lluvia. Imposible.

Además, justo cuando se los necesita, uno se da cuenta de que está roto. O hay tanto viento que se da vuelta. O no se abre cuando bajamos del colectivo. O no se cierra cuando subimos. O se abre cuando creímos haberlos cerrado, incluso dentro de la cartera o de la bolsa en la que fue metido.

Todo esto sucede porque en algún lugar de su ser inanimado existe una porción de materia en el paraguas que puede pensar, que puede sentir y que puede actuar. Sí, leyó bien, el paraguas tiene vida. Y, lógico, una vida de porquería. Guardado todo el tiempo en un cajón o en un armario, cuando no encerrado en un estuche, a oscuras, la mayoría de ellos atados, sin poder respirar. En el mejor de los casos, dentro de un paragüero, pero a la buena de Dios si el dueño tiene perros o gatos.

Y, cuando se lo requiere, es para exponerlo a la caída libre de agua que, de arriba hacia abajo, lo castiga con punzantes latigazos. Yo también me revelaría.

Es más, si le tocó salir de su encierro y, finalmente, no fue necesario su uso, seguramente su dueño lo dejará olvidado en el primer lugar en el que lo apoye. Yo también me revelaría.

Para peor, sus dueños no solo pierden noción de su existencia cuando no lo usan, tampoco lo incorporan cuando sí los usan y, al portarlos, los estrellan contra todo lo que pase: paredes, techos bajos, otros paraguas, caras de otras personas… Yo también me revelaría.

Ellos lo saben, saben de nuestro desprecio, saben que preferimos la capucha de la campera o del impermeable, saben que nos fastidian los paraguas propios, pero más aun los ajenos que, amenazantes, vienen conducidos por gente que, por tener la cabeza bajo del paraguas, ¡no ve! Y es, entonces, cuando ellos toman el control y nos acosan con sus puntas, como lanzas, o con las varillitas odiosas que, además, mojan.

A estas conclusiones llegué un día cuando en plena charla con mi paraguas, me di cuenta de su enojo porque no me respondía. Se hacía guiños con el piloto, pero a mí no me respondía.

Entonces, decidí no usarlo más. Al fin y al cabo, el paraguas es un objeto individualista y egoísta, un objeto más de diferenciación de las clases sociales que, con en sus ansias de protagonismo, le quita a la gente la posibilidad de relacionarse con la lluvia.

Y a quien argumente que la lluvia moja, le diré que más moja el paraguas ajeno o el auto que pasa rápido por arriba de un charco. Y, además, sépanlo, aquél que no se haya empapado alguna vez, pero bien empapado, se está perdiendo una parte importante de la vida.

Por eso, hasta que no inventen el paraguas musicalizado, con micrófono y wi fi para conectar el celular, con una tela que permita cubrirnos del agua pero también ver al que viene de frente, uno que, a la vez, tenga una manija que se lleve solo, desprenda buen aroma y responda a nuestro mandato de voz (abierto… cerrado… música… calladito… más alto… más bajo), yo no voy a usar más paraguas. Salvo que, un día de estos, el paraguas me hable y me pida acompañarme.




lunes, 25 de abril de 2011

CON DERECHO A SER ZURDO

Son notables las curiosidades que esconde nuestra forma de hablar. El lenguaje, a veces, expresa más de lo que pronuncia pero también puede ocultar más de lo que dice. Uno de los casos más llamativos es el de los términos “derecha” e “izquierda”: Cómo la derecha, la palabra derecha (y todo su significado), aparentemente, siempre terminan por subyugar a la palabra izquierda (y a todo su significado).

Yendo a las fuentes, la referencia de “izquierda” y “derecha”, políticamente hablando, no es caprichosa sino histórica. Remitámonos entonces a la historia y viajemos, ni más ni menos, que hasta la Revolución Francesa, uno de los movimientos populares más importantes de la historia universal.

Para simplificarlo, suplantó el sistema monárquico absolutista que existía en ese momento por uno Republicano que buscaba rediseñar una sociedad más igualitaria. Pero lo importante, para nuestro caso lingüístico, es que allí se declaró una Asamblea Constituyente donde los distintos grupos políticos se ubicaban en diferentes sectores de la Sala, a saber: los conservadores, representados por la alta aristocracia, que querían una monarquía moderada o limitada, pero monarquía al fin (o sea, casi ningún cambio), se ubicaban a la derecha de la sala; los girondinos, conformados por la alta burquesía, republicanos moderados que querían una transformación leve (pocos cambios), ocupaban el centro de la sala; y los Jacobinos que se ubicaban a la izquierda, destacados por la historia como los más exaltados, eran la burquesía media y la clase popular y querían una revolución que protegiera los derechos individuales por sobre los derechos de propiedad y el voto universal (es decir, grandes cambios).

Por este hecho histórico la derecha es derecha y la izquierda es izquierda. Atenti: no porque todo lo bueno sea la derecha y todo lo malo la izquierda como, aparentemente, nos dicen a través del lenguaje. ¿Ah, no? Echemos un repaso.

¿Acaso no se dice “hacerlo por derecha” cuando se hace legalmente y “hacerlo por izquierda” cuando se hace ilegalmente? ¿Acaso no es “ser derecho” ser honesto, respetuoso de la ley y de las normas? ¿Dónde está sentado Jesucristo? A la derecha de Dios Padre Todopoderoso. ¿Cómo se le llama al que usa la derecha? Diestro, sinónimo de destreza. ¿Cómo se le llama al que usa la izquierda? Zurdo, así con “Z”, sinónimo de siniestro. ¿Y al que usa ambas? No es diestro–zurdo o ambizurdo... es ambidiestro.

Tome el diccionario y busque la palabra “zurdo”, encontrará que se refiere a una persona que hace las cosas “al contrario de cómo se deberían hacer”, que utiliza la mano izquierda “del modo y para lo que los demás usan la derecha” (léase anormal). Mientras que si busca la palabra diestro o derecho, encontrará entre otras una definición de persona “inteligente, hábil, que tiene destreza, sagaz, experimentada, justa, fundada, razonable, legítima, benigna”.

¿No es acaso “nuestro derecho” eso que podemos exigir de acuerdo a la ley en nuestro favor? ¿No nos tienen que leer nuestros derechos cuando nos arrestan? ¿Y cuáles serían nuestros izquierdos? ¿No es el “Derecho” la ciencia que estudia el conjunto de normas, leyes y doctrinas que deben regir a una nación? ¿A quién hay que dejar pasar en un cruce de esquina si confluyen dos autos? ¡Al que viene por la derecha!

¿No hay que levantarse con el pie derecho para tener suerte? ¿No decimos “me levanté con el pie izquierdo” cuando hemos tenido un mal día? ¿No es derecho aquello que es recto, y antónimo de torcido? Con todo, no es de asombrar que la mayoría de los elementos de utilización manual estén preparados para diestros. La taza, las tijeras, la máquina de fotos, los cierres de los pantalones, la ubicación de la palanca de cambio, el acelerador de un auto y las cerraduras son para personas que tienen más habilidad en su mano derecha, y los instrumentos musicales están diseñados para diestros. Dé vuelta la chequera e intente cortar un cheque con la izquierda. Las puertas se abren para el lado más cómodo de los diestros. ¡Hasta los bancos de la escuela! Intente filmar con la mano izquierda, o usar con éxito el abrelatas con la zurda. ¿No se debe dar la mano derecha cuando se conoce a alguien? ¿La bebida no se sirve con la mano derecha por respeto?

¿Alguna duda? Con todo esto uno podría pensar que lo mejor es ser derecho, caminar por la derecha, usar la derecha y, por supuesto, votar a la derecha.

Pero -siempre hay un “pero”-, según la historia también hay quienes decidieron no usar la derecha y no les fue nada mal: artistas como Pablo Picasso, Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Charles Chaplin, Bach, Beethoven, Jimi Hendrix, Marilyn Monroe, Don Adams, Robert De Niro, Bob Dylan, y James Dean; los deportistas McEnroe, Martina Navratilova y, más cerca en el tiempo, el Rafa Nadal; los científicos Albert Einstein, Isaac Newton y Pascal, y en la historia dicen que Napoleón, Alejandro Magno, Juana de Arco, Julio César y Simón Bolívar eran zurdos. Se sabe que Fidel Castro prefiere la izquierda hasta para escribir.

Y para remitirnos sólo a argentinos y contemporáneos, Lio Messi, Guillermo Vilas, Charly García y Gustavo Cerati. Todos ellos, señores, tienen algo en común, y no es ser famosos, sino ser zurditos. Hasta Diego Maradona, tal vez por rebeldía o por revolucionario, utiliza la zurda para deslumbrar con lo que mejor saben hacer.

¿Estarán equivocados? ¿Serán anormales? ¿Perseguirán un fin oculto? ¿Estarán en contra de las normas por propio placer? O quizás será porque saben que, sí, tal vez del lado derecho esté la ley, pero del lado izquierdo... está el corazón. Algunos dirán, pero la parte del cerebro que usan es la derecha... Y entonces, ¿quién sería el más siniestro?


jueves, 14 de abril de 2011

DIME DE QUÉ TRABAJAS Y TE DIRÉ CÓMO ERES

“¿Hoy qué comemos, pizza o empanadas? ¿Las pedimos o las hago? ¿Compro Pepsi o Coca Cola? Y el helado, ¿de chocolate o de frutilla?”. Mariló trabaja en una consultora de opinión y se pasa las seis horas de su vida laboral dando opciones a sus entrevistados. Vive en un constante multiple choice y, cuando habla, gesticula exageradamente y mira sin ver. Pero no es la única que se lleva trabajo a casa. Cuántos hijos de docentes pueden confirmar lo que digo. Cuántas esposas de militares han hecho “carrera a mar” hasta el súper cuando se quedaron sin sal para la cena. Cuántos padres de hijos médicos padecen sus persecuciones respecto de lo que se puede hacer y lo que no, a cierta edad. Por eso, si te vas a casar con alguien, fijate primero de qué trabaja.

En mis años de trabajo en un estudio jurídico, mientras estudiaba en la universidad, más de una vez he atendido el teléfono de casa diciendo “Estudio, buenos días”. Y, aunque no mentía (en verdad estudiaba), más de uno se ha reído de mi nivel de stress. Pero otras costumbres se pegan sin necesidad de estar a mil, incluso quienes repiten comportamientos laborales lo hacen con plena felicidad, como confirmando que esa es su vocación.

Mi primo Yulicól, profesor de inglés, le habla in ínglish a su hijo de un año y mi amiga Cecivá, actriz, es acusada de abusar de sus habilidades cada vez que reclama por algo en el seno familiar. Por suerte para su marido, es comediante y no actriz de telenovela.

Otra amiga, Susiví, médica traumatóloga especialista en pies, mira permanentemente para abajo, y no como Luisa Albinoni para no ver a los hombres a la cara, lo hace para examinar las pisadas de todos los que la rodean y diagnosticar, si hiciera falta, la causa de esa chuequera.

Claro que los periodistas no estamos exentos y, conociendo a tantos, puedo hacer un extenso mea culpa del “me llevo trabajo a casa”. El periodista gráfico observará y preguntará de tanto en tanto, pero abandonará la charla, sin hablar, con la firme convicción de saber qué se dijo y quién lo dijo. El de radio, en cambio, improvisará un resumen de lo charlado, casi como si fuera el vocero de la verdad; mientras que el televisivo se la pasará, disimuladamente, haciendo redondeles en el aire con su dedo índice si uno se extiende en su alocución.

Los que trabajan de muñecos, en cambio, sí la tienen bien difícil. Imagino una postal hogareña de quien trabaja de empanada, bailando en los semáforos: cada tanto, se levanta y se pone al lado del televisor, moviendo sus caderas si es mujer, moviendo sus manos si es hombre (el hombre, por definición, se rehusará siempre a mover las caderas). Será divertido, durante la primera hora, hora y media; después, te la regalo.

Mejor suerte deben correr los familiares del hombre araña, que seguramente intentará trepar por la baranda de las escaleras, si las hay, o de la reja de alguna ventana, lejos, por tanto, del televisor. Pero debe ser dificultoso, en cambio, para quienes viven con la momia, el luchador “sordomudo” de Titanes en el Ring, sobre todo para comunicarse o para pedirle que se haga una corridita hasta la panadería: imposible. Y ya en el extremo de estas profesiones artísticas tenemos al que trabaja de estatua: Dios mío, vivir con ellos debe ser aburridísimo, aunque barato ha de salirles los gastos.

Las esposas de los sepultureros la tienen de buenas si cuentan con un terrenito y les gusta renovar seguido sus plantas, sino, a esconder las palas porque en cualquier momento les cavan las cerámicas en pleno comedor.

La mujer de un mozo correrá con el beneficio de que su marido le recogerá la mesa todos los días, pero con el problema de que deberá dejarle propina por ello. Y en la casa de un taxista tendrán el auto casi siempre a disposición (menos cuando llueve, por regla), pero deberán darle charla todo el viaje y lidiar con el cambio chico cuando baja del auto.

Así, me vienen a la cabeza infinidad de profesiones, asociadas a su adjetivo más representativo: con un cónyuge carnicero tendrá un matrimonio peligroso; con uno croupier, uno divertido para la baraja, si no le molesta perder siempre; con una bancaria, gozará de prosperidad (mientras no quiera disponer de su dinero); con una psicóloga, tendrá sus problemas asumidos (eso no implica que estén resueltos, para eso dirigirse a una abogada, que si no se lo resuelve, lo convencerá de que es mejor así; un esposo ingeniero le garantizará una vida social inexistente aunque tendrá todos sus electrodomésticos andando (o, al menos, desarmados en proceso de reparación); y uno albañil, una convivencia en permanente refacción.

En el opuesto, hay infinidad de profesiones y oficios que, una vez en casa, dejan al descubierto lo poco que se hace en el trabajo… no se pongan nerviosos, no vamos a listarlas porque sería demasiado extenso.

sábado, 26 de marzo de 2011

EL OTRO REPORTAJE (homenaje a Alejandro Dolina*)

Buenos Aires, 1995. Llovía. La entrevista ya llegaba a su fin. El artista concluía con su última respuesta con una fingida sonrisa dibujada en su cara. Extendí mi mano y presioné el stop del grabador. Lo saludé cordialmente y prometí enviarle un número de la revista cuando se editara. Decidí terminar mi café antes de irme. Me puse los auriculares y retrocedí un poco la cinta para verificar que la grabación de la charla se había logrado con calidad. Fue entonces cuando se me acercó un tipo de traje, funyi y un pañuelo colorido en la solapa.

- Disculpe
- me dijo - podría hacerme un reportaje, yo soy un contestador de reportajes y usted, por lo que veo, una periodista.

- ¿Un qué? - pregunté iniciando ya la nota.

- Me llamo Adelmo Ramos. Mucho gusto. Soy un «Contestador de reportajes».

Instintivamente, estiré mi mano y presioné nuevamente el recplay del grabador.

- Bueno - le dije - y yo soy una preguntadora de reportajes, mucho gusto. Ahora, dígame ¿Por qué decidió ser un «Contestador de Reportajes»?

- Porque es la única manera de contradecirse con total libertad – contestó con toda naturalidad. La respuesta me sacudió, entre ironía y realidad, este hombre estaba jugando con mi velocidad mental.

- ¿Usted cree que las personas que contestan reportajes se contradicen? - pregunté ingenuamente.


- No. Yo no creo nada. Sin embargo, le voy a revelar algo: la contradicción es algo inherente a la humanidad misma. Cuando uno tiene juventud para poder hacer de todo, no tiene experiencia y, cuando por fin tiene experiencia, ya no tiene juventud. Y con el dinero pasa lo mismo, nos pasamos la vida trabajando para juntar dinero y hacer algo, cuando logramos tener el dinero necesario, ya no tenemos el tiempo ni la libertad para disfrutarlo.

No hice comentarios, sólo lo dejé hablar y, como un guiño a su teoría de la contradicción, siendo periodista, no pregunté… solamente escuché.

- Mire, algo básico: las pibas, de chicas, quieren verse más grandes y, cuando son grandes, quieren verse más chicas. Los políticos también, cuando son opositores dicen una cosa y cuando son parte del poder, otra. Y ustedes los periodistas tampoco se salvan
-
acusó.

Levanté mis cejas como demostrando asombro, aunque en realidad lo que sentí fue curiosidad por lo que iba a decir después.

- Critican todo y a todos, pero cuando los critican a ustedes dicen que no hay libertad de expresión, pero ¿acaso yo no tengo también libertad de expresión? Y, lo peor, saben que no todos los entrevistados pueden hablar acerca de todos los temas, e igual los hacen opinar. Y más todavía, dicen que son objetivos y los dos sabemos que objetivos, solamente, son los objetos. ¿Quiere que siga?


- Mmmmm…
- dudé sin negarlo pero decidí llevarlo al terreno de la reflexión general, sin discutir lo particular

- Pero la contradicción es sinónimo de incoherencia.


- ¿Y quién lo niega? ¿usted cree que el hombre es coherente?
– sostuvo.

- ¿Y usted es coherente? arremetí agresivamente.


- No. Pero yo no le dije que lo fuera. Es parte de mí. Y parte de usted también. Es parte de todos. De los lectores también, porque leen lo que quieren leer, aunque las palabras sugieran lo contrario. Pero, le digo, la contradicción puede transformarse también en poesía y ser furia y calma, un sí y un no, duda y certeza, amor y odio, todo junto, conviviendo irrefrenable y pasionalmente.
Contestó pausado pero convincente, prendió un cigarrillo y echó el humo triunfador. Me recliné, lo miré a los ojos y creyendo tener un póquer de reyes en mi mano lancé la última pregunta:

- Entonces, volviendo a su profesión
- y también a la mía, pensé -, ¿qué importancia puede tener hablar incoherencias todo el tiempo sabiendo que, además, pueden ser interpretadas de diferente manera a las que fueron dichas?

- ¿Qué importancia tiene la importancia? -
volvió a confundirme - La importancia de los reportajes retomó debería radicarse no en «quién contesta», sino en «qué es lo que se está contestando». Y saber que son tan libres de interpretación como cantidad personas existen.

Dijo. Póquer de ases para él. Dio media vuelta y volvió a sentarse en su mesa. Terminó su cigarrillo, pagó y se fue. El Autostop al terminar la cinta volvió a detener mi grabador.

No terminé el café pero, al desgrabar los dos reportajes, la última respuesta de Adelmo retumbó interminablemente en mi cabeza. A pesar de eso y de todo, terminé enviando el primer reportaje a la revista. Supongo que no hubieran querido editarme el de Adelmo. Y sí, el ser humano es incoherente.


* Adelmo Ramos es un personaje imaginario creado por Alejandro Dolina y que aparece en su libro «Crónicas del Ángel Gris», cuya lectura recomiendo. A este conductor, escritor, autor, músico… en fin, a este gran artista le agradezco su infinita capacidad de transmitir incoherencias.

viernes, 11 de marzo de 2011

ESTAMOS DE VUELTA (¿Por qué volvemos?)

¿Nicolás Cabré volvió con Floppy Torrente? ¿Y Fito Páez con la Roth? No, Fito volvió con la Ricci. Pero, antes, estuvo con Celeste Cid, después de que ella no había querido volver con Emmanuel Horvilleur, el pibe que se juntó con Dante Spinetta para volver con Illia Kuryaki este año, que la Argentina-rock está libre de regresos.

Volver es uno de las revelaciones más claras del paso del tiempo. Palermo y Riquelme volvieron a Boca, Almeyda y Carrizo a River, el mellizo Barros Schelotto se calzó de nuevo la camiseta de Gimnasia, Verón hace rato que volvió a Estudiantes y los de Independiente sueñan con el regreso de Agüero.

En la música, también volvieron Serú Girán, Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo, The Police y hasta los Rolling Stones. En Colombia, regresaron los Aterciopelados y Los Caifanes mexicanos acaban de anunciar su retorno. Y, para aquellos que creen que los Beatles no vuelven porque quedan dos de cuatro, volvieron The Doors sin Jim Morrison, Queen sin Freddy Mercury, Sex Pistols sin Sid Vicius e INXS sin Michael Hutchence.

Eso sí, así les fue. En TV, Natalia Oreiro volvió a hacer dupla romántica con Facundo Arana, el Canal 13 volvió con una novela de venganzas y Telefé con una comedia de los Ortega. Para el deleite de Rial y Canosa, la Süller no se cansa de repetir que, a pesar de todo, volvería con Soldán; La Chiqui vuelve desde hace 60 años, Bailando por un sueño de Tinelli volvió como mil y Matías Alé volvió con su mamá. Y aquí -dicen los freudianos-, es donde radica toda la permanente nostalgia por volver.

Al no poder preguntarle a mi psicólogo (porque no tengo) a qué se debe esa continua melancolía, llamé a mi amiga psicóloga (que sí tengo) y le pregunté sobre la razón de esta especie de resorte permanente. Bettiquí, entre pasmada y divertida por mis consultas siempre desbordadas de curiosidad periodística y pretendido análisis sociológico, respondió con paciencia y claridad: “para el psicoanálisis, el volver es una forma de resolver temas pendientes y recrea, según Freud, el anhelo primario de volver al útero materno”, me contestó.

¿Regresar al útero materno? Eso estaría bien para mí, que soy sietemesina, pero, a priori, un útero se me representa como un lugar un poco incómodo a esta altura de mi vida.

Pero Bettiquí, me explicó que, cuando la gente tiene cosas pendientes, “siempre quiere volver porque existe, en cada uno, la compulsión a la repetición, que es una necesidad de regresión, de volver a algo anterior”. Pero, ¿por qué volver para resolver y no avanzar para superar?, consulté. “Porque ir para atrás para resolver, es ya ir para adelante... muchas veces, no se puede avanzar si no se revisan cosas pasadas”, concluyó Bettiquí.

Trasladando esto a los casos anteriores, sería como regresar para, “esta vez sí”, no cometer errores. Y, entonces, al regresar, ¿estaremos forjando un nuevo presente con situaciones que, en el pasado, quedaron pendientes para el futuro?

Mientras planteaba este trabalenguas a Bettiquí, su paciente -cuya terapia había quedado interrumpida por mi llamado- pulsó el ‘manos libres’ del teléfono y me sugirió: “Se equivoca la gente que quiere volver, porque quiere volver a un pasado que recuerda a medias, por eso es un error volver. Habría que cerrar conflictos desde el presente y no transitarlos nuevamente”.

– ¿Quién habla? – pregunté. “La dueña de la sesión y, como toda dueña, tengo razón y punto”, dijo y colgó: tú tú tú…

Este febrero, yo volví a México diez años después, no a resolver cosas inconclusas sino a revivir emociones. Y a vivir nuevas. No sé si eso entrará en el capítulo volver o en el capítulo ir. Pero, mientras paseaba, pensaba que, tal vez, sólo volvamos para aprender. Aprender a que no importa el por qué se vuelve sino el a qué se vuelve.

Esta rosca me hizo recordar todas aquellas cosas que uno hace, no para volver sino para mantener aquél lindo tiempo pasado siempre vivo en el presente. Y sonreí en mis pensamientos revueltos recordando muchas escenas de mi vida y aquellos lugares que quise y quiero: el colegio Don Bosco, el Ateneo, el Normal de San Justo… y no por haber sido edificios radiantes en sí mismos, sino por haber albergado decenas de historias con amigos y compañeros que guardo en ese rincón del corazón al cual quiero un acceso directo permanente desde el escritorio de mi mente. Para eso, afortunadamente, se creó el facebook... Uy, arruiné el final ¿no? Bueno, fue un chiste, che.

domingo, 19 de diciembre de 2010

LOS PREMIOS OÍDO DE ORO

“Tu eres la reina de los excesos, la boca con más besos y un solo corazón…”, canta mi padre cada vez que ve la apertura de la novela Malparida. No importa que le aclare que la letra original dice “con más besos y menos corazón”. Él tiene registrado el cantito tribunero y no hay caso. Aun cuando argumentemos que todas las personas tenemos un solo corazón y que la letra se refiere, metafóricamente, a otra cosa, él seguirá finalizando el versito cantando “y un solo corazón”. Porque, aunque no tenga ninguna coherencia, a veces, fijamos las letras de las canciones tal como creímos escucharlas por primera vez.

Con los años, ahora, entiendo que tengo a quien salir. Cuando era chica, mi hermano me bautizó como “oído de oro” porque cambiaba las letras de todas las canciones televisivas. Por ejemplo, cantaba, afinadamente -eso sí-, “abuelito dime su…” en lugar de “abuelito dime ”, en la presentación del cómic de Heidi, justito después del Rai barái barái pípu. Pero no era la única, mi primo Romalé repetía el jingle de los cuetes YLH, asegurando: “YLH es el más lindo”, cuando, en realidad, decía “YLH, el petardito”; y mi hermano mismo, Alelá, entonaba “Cepita, manzana costumbre…” en lugar de “la sana costumbre”.

Sin embargo, el Oído de oro de mi infancia se lo debería dar a Juancafré, amigo de mi hermano y ya parte de la familia. No sólo por la dimensión del yerro sino porque, además, es músico. “El tuerto y los ciegos” era la canción. Una bella creación de un joven Charly García quien, según cuenta el mito, al enterarse de que la censura militar le bajaba los temas “Juan Represión” y “Botas locas” del tercer disco de Sui Generis, compuso otros, uno de ellos en solamente 15 minutos. El resultado fue esta bonita página que empezaba diciendo: “Desnuda de frío y hermosa como ayer, tan exacta como dos y dos son tres”. A continuación, Juancafré coreaba: “Esa yegua mía, apenas la pude ver…”. No le gustaba. Para nada. No le encajaba en la poesía del verso anterior, ni en la delicadeza, pero él seguía con la potranca a flor de labios. ¿Cómo? ¿Cuál era la letra original? “Ella llegó a mí, apenas la pude ver, aprendí a disimular mi estupidez”.

El segundo puesto, que vendría a ser el Oído de plata, se lo entrego, en este acto, a Gabisá, también un amigo-hermano y ya integrante de mi familia, también un músico. “Espera un poquitito, lo que te voy a decir”, rugía poniendo su mejor cara de Pappo-Riff, ante los micrófonos y sin vergüenza alguna. La letra original decía “Se da por cumplido, aquello que prometí”, pero, en su reproductor, justifica él hasta el día de hoy, la letra se escuchaba cambiada.

El tercer puesto, el Oído de bronce, sería para mí que, en la canción de Viuda e Hijas “Me dijeron que te diga”, en lugar de cantar: “ya era tarde para todo, yo ya estaba consolada, del otro lado del río”, yo desgañitaba “pero trola, como el río”. Es cierto que las acentuaciones alteradas de las melodías confunden y que, años atrás, no era tan fácil acceder a las letras de todas las canciones como lo es hoy; pero, chicos, hagámonos cargo de los premios.

También, podríamos hacer algunas distinciones, como la que le adjudicamos a Sergibó, quien reparte su vida entre el periodismo, la política y el trencito de la alegría. Él, siendo todavía un niño, bailó al compás de la Zimbabwe reggae band con “Traición a la mexicana”, pero en lugar de pedir: “cantinero, sirva otro tequila que quite mi herida”, él decía: “jardinero, si potro tequila, se quita mi herida”. Lo que no sabemos es si el que cuidaba su jardín venía a caballo, tomaba mucho alcohol o fue el causante de algún tijeretazo inoportuno.

Alemó, otro amigo con el que compartimos el desmedido amor por la música me confesó que, en sus años de pantalón corto, cantaba “mucha mujer” cuando Iván Noble, por ese entonces voz cantante de Los Caballeros de la Quema, entonaba “No chamuyés”. A esa edad, quizás, todo parece mucho.

Lucasdí, en cambio, ya vistiendo los largos, se animaba a cantar sobre las letras de Claudio Gabis y la Pesada. Así, en el tema “Esto se acaba aquí”, justo cuando la lírica original dice: “Estoy harto de mesías, generales y doctores (…) de pentágonos y hexágonos y de francotiradores”. Él también estaba harto, pero en lugar de las figuras de cinco y seis lados, entendía otra cosa: “que me cago en los hexágonos y de francotiradores”. Y no es que tuviera un problema de evacuación geométrica, simplemente no importaba que la poesía no tuviera el más mínimo sentido, porque la letra siempre dice lo que escuchamos la primera vez, y listo.

La creatividad de los chicos
Párrafo aparte, merecen los niños (y, en este caso, título aparte). Si, en pleno acto escolar, uno anda por entre las hileras que forman los alumnos, se podrá divertir con las cosas que cantan los pequeños cuando entonan el Himno Nacional Argentino. Sabemos que, para un infante, puede ser difícil entender el sentido de la frase “Ya su trono dignísimo abrieron”. Pero, me asombra la creatividad de las nuevas generaciones. En lugar de “dignísimo abrieron”, los chicos cantan: “finísimo abrieron” (versión de gente como uno); “lindísimo abrieron” (versión optimista); “vinísimo abrieron” (versión etílica); “su mismo evangelio” (versión misa de domingo); y “vivir sin saliendo” (versión tumbera). Les juro que no miento.

Es más, el hit Aurora, incluso hoy en día, dice, para muchísima gente, “a su lunala”, en lugar de “azul un ala”. Y, discúlpenme por esta última aclaración, no sé si estaré desilusionando a muchos adultos, pero es hora de admitirlo, somos grandes: la palabra “lunala” no existe.

martes, 7 de diciembre de 2010

LA MODA NO INCOMODA

Por El Huber y Cecilá


¿Floggers? ¿Emos? ¿darkies? ¿Hippies? ¿Psicobolches? Seguramente, más de una vez nos hemos echado a reír al cruzarnos con algún flequillo peinado exageradamente hacia el costado o el “make up” mortuorio de algunos adolescentes, maquillaje que acompañan con un par de lentes de contacto blancos o rojos. Sin embargo -seamos sinceros-, cuántas veces hemos seguido, irracionalmente, los dictámenes de la moda, aún cuando esas directivas representaban los más ridículos esfuerzos. Porque, convengamos: ¿qué es la moda? Un disfraz que hoy luce bárbaro pero que, dentro de diez años, nos va a hacer descostillar de risa o morirnos de vergüenza, todo depende del humor de cada uno.

Vaya una anécdota familiar para ilustrar lo que digo: Giseál es mi prima, por eso sé que, desde chica, supo afrontar con admirable entrega los sacrificios que impone la moda. Con cinco años de edad, sabía lo que era el glamour (y sus costos); por eso, en pleno verano, iba a las arenas de Playa Grande enfundada en un lindo y espeso tapadito, cartera en mano y tacos ajenos (y más grandes) en sus pies. Todos, absolutamente todos, la miraban. Y, cuando llegaba el momento, cual Coca Sarli en ciernes, se quitaba el tapado y corría, en malla y siempre elegante, hacia las frías y saladas aguas marplatenses. Más tarde, ya de adolescente, recurrió a las recetas culinarias para despuntar el jopo que la moda imponía: primero se batía esmeradamente el pelo -mechón en mano y peine en otra- y, luego, lo empapaba en huevo, también batido, en lo que sería el antecedente casero de la crema para peinar, así como también el aceite de cocina para mantener los cabellos brillosos y enrulados.(Nota: no me consta que haya utilizado la fílmica receta de Cameron Díaz en “Loco por Mary”).

¿Cuánta gente, voluntariamente, cedió su libertad de criterio, y hasta una parte importante de su comodidad, para caer presa en las garras de semejante tirana? Mucha. Más de lo que muchos quisieran admitir.

De no ser así, explíquenme por qué extraña razón tantas fotos de épocas pasadas desaparecen misteriosamente de los álbumes familiares cuando, en un ataque de nostalgia los revisamos y… ¡¡¡Horror!!! Vemos que quedaron como mudos pero explícitos testigos de las más extrañas cosas que hayamos podido usar o hacer, en aras de Su Soberana Majestad, “La Moda”.

Desde los peinados hasta las botas, pasando por camisas, vestidos, trajes, corbatas y cualquier otro elemento que se les ocurra, todos perseguimos ese objeto específico que nos daría el status social que la moda conlleva en el momento de auge. Eso sí, calendario de por medio, también sentimos la vergüenza y la incredulidad no sólo de haberlo usado sino de haber gastado unos buenos mangos en adquirirlo (¡¡y los que estaríamos dispuestos a pagar para que se borrara cualquier prueba incriminatoria!!).

Sabemos que la tendencia original es atribuir este voluntario esclavismo al género femenino pero, no seamos hipócritas, el fanatismo por las modas trasciende las limitantes de género (y de condición social, cultural, etc.). Bigotes finitos, gruesos mostachos o largas melenas devenidas en patéticos cobertores de incipientes peladas son también ejemplo de esto que digo.

Sin limitarnos a la ropa, hay cantidades de cosas que hicimos, hacemos y haremos para que todo nos quede artificialmente natural (de eso se trata la moda): que el pelo más claro (o más oscuro), que el ansiado cabello enrulado (léase: pocos años más tarde, será alisado), que la barba afeitada al ras (anteriormente conocida como barba hirsuta y enmarañada), y las mayores o menores expresiones vellosas que, como la tala indiscriminada, van dejando antiguos bosques reducidos a cuidados jardines mínimos.

Por estos vaivenes de la moda, y por todo lo que hacemos después del arrepentimiento para borrar las huellas de su paso por nuestro cuerpo, admiro la valentía de aquellos que se tatúan, sin pensar en el cambio que (incluso mañana mismo) podrán tener en los gustos propios o socialmente adquiridos. Imagino largas sesiones de “tormentas de ideas” caseras buscando transformar ese nombre que, tiempo atrás, era la unívoca representación del amor eterno, y que hoy se aleja en brazos de otro/a, en algo que exprese su actual sentimiento (un cráneo aplastado, un zapato pateando un culo… o el teléfono de un buen abogado de divorcios).

Pero, aun cuando no cambie el nombre de la compañera/o de vida, sí cambiarán los cuerpos y, en consecuencia, el ingenuo tatuaje actual podrá mutar a otro monstruoso: de delfín juguetón a ballena asesina, de jilguerito a tucán, de serpiente a hipopótamo, de símbolo chino a réplica de ruinas arqueológicas, o de escudo de club de fútbol a cartel de señal de tránsito. Por ende, repito, admiro a quien desafía el paso del tiempo y sus consecuencias, poniéndole literalmente el cuerpo a la moda.

Al resto, como recurso para evitar futuros dolores de cabeza, nos queda esquivar los flashes ajenos cuando, en medio de un casamiento o cumpleaños, nos quieran robar el alma y eternizar nuestra “moderna” juventud. O bien, admitir, de una vez por todas, que vivimos voluntariamente esclavizados a las ocurrencias de un puñado de tipos que, cada año, cambian el color y el estilo de la ropa que se fabrica para que todos creamos que tenemos que renovar el guardarropa, nuestro peinado o nuestro maquillaje para estar definitivamente “in”. Al menos, asumiendo esto, tal vez podamos tomarnos las imposiciones con más humor o menos obediencia.