viernes, 11 de marzo de 2011

ESTAMOS DE VUELTA (¿Por qué volvemos?)

¿Nicolás Cabré volvió con Floppy Torrente? ¿Y Fito Páez con la Roth? No, Fito volvió con la Ricci. Pero, antes, estuvo con Celeste Cid, después de que ella no había querido volver con Emmanuel Horvilleur, el pibe que se juntó con Dante Spinetta para volver con Illia Kuryaki este año, que la Argentina-rock está libre de regresos.

Volver es uno de las revelaciones más claras del paso del tiempo. Palermo y Riquelme volvieron a Boca, Almeyda y Carrizo a River, el mellizo Barros Schelotto se calzó de nuevo la camiseta de Gimnasia, Verón hace rato que volvió a Estudiantes y los de Independiente sueñan con el regreso de Agüero.

En la música, también volvieron Serú Girán, Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo, The Police y hasta los Rolling Stones. En Colombia, regresaron los Aterciopelados y Los Caifanes mexicanos acaban de anunciar su retorno. Y, para aquellos que creen que los Beatles no vuelven porque quedan dos de cuatro, volvieron The Doors sin Jim Morrison, Queen sin Freddy Mercury, Sex Pistols sin Sid Vicius e INXS sin Michael Hutchence.

Eso sí, así les fue. En TV, Natalia Oreiro volvió a hacer dupla romántica con Facundo Arana, el Canal 13 volvió con una novela de venganzas y Telefé con una comedia de los Ortega. Para el deleite de Rial y Canosa, la Süller no se cansa de repetir que, a pesar de todo, volvería con Soldán; La Chiqui vuelve desde hace 60 años, Bailando por un sueño de Tinelli volvió como mil y Matías Alé volvió con su mamá. Y aquí -dicen los freudianos-, es donde radica toda la permanente nostalgia por volver.

Al no poder preguntarle a mi psicólogo (porque no tengo) a qué se debe esa continua melancolía, llamé a mi amiga psicóloga (que sí tengo) y le pregunté sobre la razón de esta especie de resorte permanente. Bettiquí, entre pasmada y divertida por mis consultas siempre desbordadas de curiosidad periodística y pretendido análisis sociológico, respondió con paciencia y claridad: “para el psicoanálisis, el volver es una forma de resolver temas pendientes y recrea, según Freud, el anhelo primario de volver al útero materno”, me contestó.

¿Regresar al útero materno? Eso estaría bien para mí, que soy sietemesina, pero, a priori, un útero se me representa como un lugar un poco incómodo a esta altura de mi vida.

Pero Bettiquí, me explicó que, cuando la gente tiene cosas pendientes, “siempre quiere volver porque existe, en cada uno, la compulsión a la repetición, que es una necesidad de regresión, de volver a algo anterior”. Pero, ¿por qué volver para resolver y no avanzar para superar?, consulté. “Porque ir para atrás para resolver, es ya ir para adelante... muchas veces, no se puede avanzar si no se revisan cosas pasadas”, concluyó Bettiquí.

Trasladando esto a los casos anteriores, sería como regresar para, “esta vez sí”, no cometer errores. Y, entonces, al regresar, ¿estaremos forjando un nuevo presente con situaciones que, en el pasado, quedaron pendientes para el futuro?

Mientras planteaba este trabalenguas a Bettiquí, su paciente -cuya terapia había quedado interrumpida por mi llamado- pulsó el ‘manos libres’ del teléfono y me sugirió: “Se equivoca la gente que quiere volver, porque quiere volver a un pasado que recuerda a medias, por eso es un error volver. Habría que cerrar conflictos desde el presente y no transitarlos nuevamente”.

– ¿Quién habla? – pregunté. “La dueña de la sesión y, como toda dueña, tengo razón y punto”, dijo y colgó: tú tú tú…

Este febrero, yo volví a México diez años después, no a resolver cosas inconclusas sino a revivir emociones. Y a vivir nuevas. No sé si eso entrará en el capítulo volver o en el capítulo ir. Pero, mientras paseaba, pensaba que, tal vez, sólo volvamos para aprender. Aprender a que no importa el por qué se vuelve sino el a qué se vuelve.

Esta rosca me hizo recordar todas aquellas cosas que uno hace, no para volver sino para mantener aquél lindo tiempo pasado siempre vivo en el presente. Y sonreí en mis pensamientos revueltos recordando muchas escenas de mi vida y aquellos lugares que quise y quiero: el colegio Don Bosco, el Ateneo, el Normal de San Justo… y no por haber sido edificios radiantes en sí mismos, sino por haber albergado decenas de historias con amigos y compañeros que guardo en ese rincón del corazón al cual quiero un acceso directo permanente desde el escritorio de mi mente. Para eso, afortunadamente, se creó el facebook... Uy, arruiné el final ¿no? Bueno, fue un chiste, che.

domingo, 19 de diciembre de 2010

LOS PREMIOS OÍDO DE ORO

“Tu eres la reina de los excesos, la boca con más besos y un solo corazón…”, canta mi padre cada vez que ve la apertura de la novela Malparida. No importa que le aclare que la letra original dice “con más besos y menos corazón”. Él tiene registrado el cantito tribunero y no hay caso. Aun cuando argumentemos que todas las personas tenemos un solo corazón y que la letra se refiere, metafóricamente, a otra cosa, él seguirá finalizando el versito cantando “y un solo corazón”. Porque, aunque no tenga ninguna coherencia, a veces, fijamos las letras de las canciones tal como creímos escucharlas por primera vez.

Con los años, ahora, entiendo que tengo a quien salir. Cuando era chica, mi hermano me bautizó como “oído de oro” porque cambiaba las letras de todas las canciones televisivas. Por ejemplo, cantaba, afinadamente -eso sí-, “abuelito dime su…” en lugar de “abuelito dime ”, en la presentación del cómic de Heidi, justito después del Rai barái barái pípu. Pero no era la única, mi primo Romalé repetía el jingle de los cuetes YLH, asegurando: “YLH es el más lindo”, cuando, en realidad, decía “YLH, el petardito”; y mi hermano mismo, Alelá, entonaba “Cepita, manzana costumbre…” en lugar de “la sana costumbre”.

Sin embargo, el Oído de oro de mi infancia se lo debería dar a Juancafré, amigo de mi hermano y ya parte de la familia. No sólo por la dimensión del yerro sino porque, además, es músico. “El tuerto y los ciegos” era la canción. Una bella creación de un joven Charly García quien, según cuenta el mito, al enterarse de que la censura militar le bajaba los temas “Juan Represión” y “Botas locas” del tercer disco de Sui Generis, compuso otros, uno de ellos en solamente 15 minutos. El resultado fue esta bonita página que empezaba diciendo: “Desnuda de frío y hermosa como ayer, tan exacta como dos y dos son tres”. A continuación, Juancafré coreaba: “Esa yegua mía, apenas la pude ver…”. No le gustaba. Para nada. No le encajaba en la poesía del verso anterior, ni en la delicadeza, pero él seguía con la potranca a flor de labios. ¿Cómo? ¿Cuál era la letra original? “Ella llegó a mí, apenas la pude ver, aprendí a disimular mi estupidez”.

El segundo puesto, que vendría a ser el Oído de plata, se lo entrego, en este acto, a Gabisá, también un amigo-hermano y ya integrante de mi familia, también un músico. “Espera un poquitito, lo que te voy a decir”, rugía poniendo su mejor cara de Pappo-Riff, ante los micrófonos y sin vergüenza alguna. La letra original decía “Se da por cumplido, aquello que prometí”, pero, en su reproductor, justifica él hasta el día de hoy, la letra se escuchaba cambiada.

El tercer puesto, el Oído de bronce, sería para mí que, en la canción de Viuda e Hijas “Me dijeron que te diga”, en lugar de cantar: “ya era tarde para todo, yo ya estaba consolada, del otro lado del río”, yo desgañitaba “pero trola, como el río”. Es cierto que las acentuaciones alteradas de las melodías confunden y que, años atrás, no era tan fácil acceder a las letras de todas las canciones como lo es hoy; pero, chicos, hagámonos cargo de los premios.

También, podríamos hacer algunas distinciones, como la que le adjudicamos a Sergibó, quien reparte su vida entre el periodismo, la política y el trencito de la alegría. Él, siendo todavía un niño, bailó al compás de la Zimbabwe reggae band con “Traición a la mexicana”, pero en lugar de pedir: “cantinero, sirva otro tequila que quite mi herida”, él decía: “jardinero, si potro tequila, se quita mi herida”. Lo que no sabemos es si el que cuidaba su jardín venía a caballo, tomaba mucho alcohol o fue el causante de algún tijeretazo inoportuno.

Alemó, otro amigo con el que compartimos el desmedido amor por la música me confesó que, en sus años de pantalón corto, cantaba “mucha mujer” cuando Iván Noble, por ese entonces voz cantante de Los Caballeros de la Quema, entonaba “No chamuyés”. A esa edad, quizás, todo parece mucho.

Lucasdí, en cambio, ya vistiendo los largos, se animaba a cantar sobre las letras de Claudio Gabis y la Pesada. Así, en el tema “Esto se acaba aquí”, justo cuando la lírica original dice: “Estoy harto de mesías, generales y doctores (…) de pentágonos y hexágonos y de francotiradores”. Él también estaba harto, pero en lugar de las figuras de cinco y seis lados, entendía otra cosa: “que me cago en los hexágonos y de francotiradores”. Y no es que tuviera un problema de evacuación geométrica, simplemente no importaba que la poesía no tuviera el más mínimo sentido, porque la letra siempre dice lo que escuchamos la primera vez, y listo.

La creatividad de los chicos
Párrafo aparte, merecen los niños (y, en este caso, título aparte). Si, en pleno acto escolar, uno anda por entre las hileras que forman los alumnos, se podrá divertir con las cosas que cantan los pequeños cuando entonan el Himno Nacional Argentino. Sabemos que, para un infante, puede ser difícil entender el sentido de la frase “Ya su trono dignísimo abrieron”. Pero, me asombra la creatividad de las nuevas generaciones. En lugar de “dignísimo abrieron”, los chicos cantan: “finísimo abrieron” (versión de gente como uno); “lindísimo abrieron” (versión optimista); “vinísimo abrieron” (versión etílica); “su mismo evangelio” (versión misa de domingo); y “vivir sin saliendo” (versión tumbera). Les juro que no miento.

Es más, el hit Aurora, incluso hoy en día, dice, para muchísima gente, “a su lunala”, en lugar de “azul un ala”. Y, discúlpenme por esta última aclaración, no sé si estaré desilusionando a muchos adultos, pero es hora de admitirlo, somos grandes: la palabra “lunala” no existe.

martes, 7 de diciembre de 2010

LA MODA NO INCOMODA

Por El Huber y Cecilá


¿Floggers? ¿Emos? ¿darkies? ¿Hippies? ¿Psicobolches? Seguramente, más de una vez nos hemos echado a reír al cruzarnos con algún flequillo peinado exageradamente hacia el costado o el “make up” mortuorio de algunos adolescentes, maquillaje que acompañan con un par de lentes de contacto blancos o rojos. Sin embargo -seamos sinceros-, cuántas veces hemos seguido, irracionalmente, los dictámenes de la moda, aún cuando esas directivas representaban los más ridículos esfuerzos. Porque, convengamos: ¿qué es la moda? Un disfraz que hoy luce bárbaro pero que, dentro de diez años, nos va a hacer descostillar de risa o morirnos de vergüenza, todo depende del humor de cada uno.

Vaya una anécdota familiar para ilustrar lo que digo: Giseál es mi prima, por eso sé que, desde chica, supo afrontar con admirable entrega los sacrificios que impone la moda. Con cinco años de edad, sabía lo que era el glamour (y sus costos); por eso, en pleno verano, iba a las arenas de Playa Grande enfundada en un lindo y espeso tapadito, cartera en mano y tacos ajenos (y más grandes) en sus pies. Todos, absolutamente todos, la miraban. Y, cuando llegaba el momento, cual Coca Sarli en ciernes, se quitaba el tapado y corría, en malla y siempre elegante, hacia las frías y saladas aguas marplatenses. Más tarde, ya de adolescente, recurrió a las recetas culinarias para despuntar el jopo que la moda imponía: primero se batía esmeradamente el pelo -mechón en mano y peine en otra- y, luego, lo empapaba en huevo, también batido, en lo que sería el antecedente casero de la crema para peinar, así como también el aceite de cocina para mantener los cabellos brillosos y enrulados.(Nota: no me consta que haya utilizado la fílmica receta de Cameron Díaz en “Loco por Mary”).

¿Cuánta gente, voluntariamente, cedió su libertad de criterio, y hasta una parte importante de su comodidad, para caer presa en las garras de semejante tirana? Mucha. Más de lo que muchos quisieran admitir.

De no ser así, explíquenme por qué extraña razón tantas fotos de épocas pasadas desaparecen misteriosamente de los álbumes familiares cuando, en un ataque de nostalgia los revisamos y… ¡¡¡Horror!!! Vemos que quedaron como mudos pero explícitos testigos de las más extrañas cosas que hayamos podido usar o hacer, en aras de Su Soberana Majestad, “La Moda”.

Desde los peinados hasta las botas, pasando por camisas, vestidos, trajes, corbatas y cualquier otro elemento que se les ocurra, todos perseguimos ese objeto específico que nos daría el status social que la moda conlleva en el momento de auge. Eso sí, calendario de por medio, también sentimos la vergüenza y la incredulidad no sólo de haberlo usado sino de haber gastado unos buenos mangos en adquirirlo (¡¡y los que estaríamos dispuestos a pagar para que se borrara cualquier prueba incriminatoria!!).

Sabemos que la tendencia original es atribuir este voluntario esclavismo al género femenino pero, no seamos hipócritas, el fanatismo por las modas trasciende las limitantes de género (y de condición social, cultural, etc.). Bigotes finitos, gruesos mostachos o largas melenas devenidas en patéticos cobertores de incipientes peladas son también ejemplo de esto que digo.

Sin limitarnos a la ropa, hay cantidades de cosas que hicimos, hacemos y haremos para que todo nos quede artificialmente natural (de eso se trata la moda): que el pelo más claro (o más oscuro), que el ansiado cabello enrulado (léase: pocos años más tarde, será alisado), que la barba afeitada al ras (anteriormente conocida como barba hirsuta y enmarañada), y las mayores o menores expresiones vellosas que, como la tala indiscriminada, van dejando antiguos bosques reducidos a cuidados jardines mínimos.

Por estos vaivenes de la moda, y por todo lo que hacemos después del arrepentimiento para borrar las huellas de su paso por nuestro cuerpo, admiro la valentía de aquellos que se tatúan, sin pensar en el cambio que (incluso mañana mismo) podrán tener en los gustos propios o socialmente adquiridos. Imagino largas sesiones de “tormentas de ideas” caseras buscando transformar ese nombre que, tiempo atrás, era la unívoca representación del amor eterno, y que hoy se aleja en brazos de otro/a, en algo que exprese su actual sentimiento (un cráneo aplastado, un zapato pateando un culo… o el teléfono de un buen abogado de divorcios).

Pero, aun cuando no cambie el nombre de la compañera/o de vida, sí cambiarán los cuerpos y, en consecuencia, el ingenuo tatuaje actual podrá mutar a otro monstruoso: de delfín juguetón a ballena asesina, de jilguerito a tucán, de serpiente a hipopótamo, de símbolo chino a réplica de ruinas arqueológicas, o de escudo de club de fútbol a cartel de señal de tránsito. Por ende, repito, admiro a quien desafía el paso del tiempo y sus consecuencias, poniéndole literalmente el cuerpo a la moda.

Al resto, como recurso para evitar futuros dolores de cabeza, nos queda esquivar los flashes ajenos cuando, en medio de un casamiento o cumpleaños, nos quieran robar el alma y eternizar nuestra “moderna” juventud. O bien, admitir, de una vez por todas, que vivimos voluntariamente esclavizados a las ocurrencias de un puñado de tipos que, cada año, cambian el color y el estilo de la ropa que se fabrica para que todos creamos que tenemos que renovar el guardarropa, nuestro peinado o nuestro maquillaje para estar definitivamente “in”. Al menos, asumiendo esto, tal vez podamos tomarnos las imposiciones con más humor o menos obediencia.

domingo, 21 de noviembre de 2010

JUSTO A TIEMPO (Oda aplausística)

En el día internacional de la música (22-Nov),
este texto está dedicado a todos los músicos del mundo.

El primer acorde que escuché, la primera vez que fui a un show, fue un arreglo "a capella" cantado a cuatro voces, y me inundó tanto que me paralizó: Lóllipop-Lóllipop-pá-paúmba-pará-badá. No significaba nada, pero a mí no me alcanzaban los oídos para escuchar. Algo había estallado dentro de mí y las secuelas eran todas buenas. Buenísimas. Hoy, a casi 25 años de aquel entonces, sigo sintiendo la misma inconmensurable sensación cada vez que empieza un recital. Es que, de todas las ramas en las que se manifiesta el gran árbol del arte, la que más me emociona es la música y, dentro de la música, por una cuestión generacional, el rock.

Sí, me llamo Cecilia, cuya santa es la patrona de la música. Sí, mi hermano, y todos sus amigos, son músicos. Sí, mi viejo siempre se animó a cantar (y, todavía, se anima). Sí, nací en los setenta, justo cuando, en Argentina, el rock tenía una razón de ser más allá de lo musical, una brújula ideológica que lo guiaba, una vida propia que trascendía tiempo y espacio. Con eso, crecí y de eso estoy hecha, como muchos otros de mi generación.

Por eso, en mi casa, no se sorprendieron cuando me transformé en periodista de rock. Y, si bien adopté costumbres que aun hoy mantengo (como saber cuánto dura un show, cuántos temas se cantaron, cuántos invitados hubo, cuántos cambios de vestuario o de guitarra hizo el artista o cómo estaba conformada la banda que lo acompañó), nunca dejé de ser espectadora.

Y tanto es así que, cuando se hace presente la conexión, el aplauso se me vuelve la emoción más pura por ser el resumen más fiel de la relación entre artista y público. Es cuando nosotros decimos gracias, gracias por la música, gracias por la poesía. Y, aunque se mantenga el anonimato y la distancia, el del aplauso es el momento de mayor intimidad entre el músico y sus seguidores. Por eso, cada vez que aparece esa magia, aplaudo con las manos bien abiertas, como si en cada golpe les devolviera parte de esa felicidad que tanto dan.

¿Lo dije?, nací justo a tiempo. Justo cuando el cine argentino caía en comedias lavadas. Cuando la TV estaba tomada por Neustandt y todo sonaba a marcha militar, hasta la canción del mundial ’78. Justo cuando, para conseguir una buena entrada, había que hacer filas de horas y horas. Justo cuando todos los artistas que tenían algo para decir, lo decían. Justo cuando el “movimiento rock” englobaba a todos y les permitía la entrada a músicos como Piero, Víctor Heredia, Sandra Mihanovich, Silvio Rodríguez y la negra Sosa.

Es cierto, puedo aceptar que la tele se veía en blanco y negro, que para cambiar de canal había que pararse e ir hasta ella y que no había dibujitos toooodo el día. Recuerdo clarito, clarito que, para jugar a un video juego, había que pagar cada ficha, por lo que perder tenía otro sabor más amargo. Admito que no había PC, que los cines 3D eran un fiasco y que la Coca Cola era carísima y se accedía a ella, únicamente, en los cumpleaños. Además, si te olvidabas de algún nombre, no había forma de googlearlo en Internet y pasabas días tratando de recordarlo.

Aun así, festejo haber nacido justito para coincidir con Badía y Compañía, para convivir con la plena vigencia de la “Marcha de la bronca”, para ver y escuchar, en vivo y en directo, el bombardeo al Buenos Aires de un fantástico Charly García, en Ferro, o para ser testigo de la dulce carraspera de León Gieco, el vuelo poético del flaco Spinetta, la juventud de los Abuelos, la irrupción de Fito Páez, el ascenso de Soda Stéreo, la frescura de Viuda e Hijas, el éxito irrespetuoso de Sumo, la magia de Virus, las femeninas descripciones de Silvina Garré, el descaro de Los Twist y de Suéter, los insólitos bailes de Fabiana Cantilo, la exquisitez de Pedro Aznar, el ritmo pegadizo de GIT, la avasallante voz de Juan Carlos Baglietto, los agudos de Celeste Carballo, los solos de Pappo o el pogo de los redondos.

En Bariloche, bailé con tres bandas que recién empezaban: Los decadentes, Los Pericos y Los Cadillacs. Y, en mis “veinti”, recibí a unos visitantes y a un agente secreto futbolero y, cuando sumé a Divididos, no tuve que restar a nadie.

Los que me conocen saben que rindo alabanza a una sola Reina; que, para mí, el Adán del beat está multiplicado por cuatro tipos de Liverpool; que no tomo café salvo que sea de Tacuba; que, cautivada por su primer disco, revolví cielo y tierra para conseguir el segundo CD de Julieta Venegas cuando, en Buenos Aires, nadie sabía quién era; y que, para mí, Uruguay es Jaime, Jorge, un negro que anda loco de amor, un cuarteto casi nuestro y una vela no muy limpia. Porque, sin banderas ni fronteras, cuando la música ES, no hay un Joaquín español, sino un andaluz madrileño que rima con “blues” y con “porteño”.

Gracias a los músicos, con el rock protesté, me emocioné, lloré una injusticia, me enamoré, me colé, salté, me divertí, bailé, me empapé, leí, canté, no dormí, me enojé, me asusté, chupé frío, corrí, me relacioné y cometí varias locuras. Pero, fundamentalmente, con el rock compartí. Y, lo mejor, es que lo sigo haciendo.

Eso sí, ahora, que no quiero hacer más filas a la intemperie, apareció Ticketek para comprar cómodamente la entrada de Paul McCartney con la tarjeta de Banco Francés y en campo VIP, para no tener que empujarme con nadie. ¿No lo dije? Nací justo a tiempo. Bah, dos meses antes, porque soy sietemesina (perdón mami, por el apuro).

domingo, 7 de noviembre de 2010

EL NUEVO TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS

¿Adónde se fueron la “P” de psicólogo, la “P” de septiembre, la “T” de Carnet, y el acento de sólo? Quizás al mismo lugar adonde quieren mandar la letra cursiva, ya erradicada de varios países del primer mundo, o allí donde, tiempo atrás, querían enviar la letra eñe: al triángulo de las Bermudas gramatical, a la papelera de reciclaje linguístico. Pero, ojo, que, de este lado del mundo, hay muchos que se resisten y se niegan a decir setiembre, sicólogo y carné. Eso sí, decimos “vos sabés”, “che”, “boludo” y “jodéte”. Pero con todas las letras.

Es cierto, la cursiva es complicada, no es operativa ni se lee fácilmente. Pero es elegancia, es distinción, es sello propio, es identidad. No puede reproducirse a través de un teclado ni de una máquina de escribir: la cursiva es humana. Es la resistencia al era digital. La máquina puede imitarla pero nunca tendrá alma. Y, por ese único motivo, debería continuar: por poesía, por romanticismo.

En el idioma español, hay más de 2.000 palabras que usan la letra eñe. ¿Se imaginan un mundo sin el palito de la eñe? España sería Espana, pañuelo sería panuelo y cariño, carino. Flor de confusión crearía una uña, una peña, una cuña, una campaña, una caña o la acción de ordeñar. Pero, convengamos, que peor suerte correría la palabra año. Ya lo dijo, alguna vez, María Elena Walsh, “¡No nos dejemos arrebatar la eñe! ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños?”. “La eñe también es gente”, concluía la autora de Manuelita, de La cigarra y de tantos otras canciones entrañables, justamente, entrañables con eñe.

Con respecto a las letras, mi colega y periodista Natimí está totalmente en desacuerdo con romper la sociedad de la P y la T. Se niega a decir setiembre y dice que sólo aprobará este nuevo vocablo cuando, también, rija para las palabras aceptar, reptil, rapto y séptimo. Además, reclama que, si se usa setiembre, también debería usarse otubre. De lo contrario, el noveno mes del año, para ella, seguirá siendo septiembre, con la p pronunciada fuerte y claro.
En la misma línea, mi amigo Julidá, sugirió que, al aceptar carné, deberían también permitir el uso de ferné, bidé, buffé, interné y cabaré. Yo escuché. Dudé, pero acepté. Y, ahora, redacté. Así que leé.

Adónde se van

Todas estas “P”, las “T” y el palito de la eñe (que debemos imaginar todos aquellos que recibimos mails desde el exterior, con teclados que omiten la eñe) van a parar al triángulo de las Bermudas, una especie de papelera de reciclaje virtual que tiene varias categorías, una de ellas es la de las letras que quedan en desuso. No es algo de ahora, aclaro. Allí residen, por ejemplo y desde añares, la “B” que fue desterrada de la “obscuridad” o la “P” echada por sus propias compañeras de palabra en “escripto”.

Pero, según contó una letra desterrada que logró volver pero a otra palabra, parece ser que estas letras expatriadas se confabulan, en forma grupal, para volver conformando otra palabra, antes no aceptada, como por ejemplo ambientalista, tsunami, grafitero o web, que la Real Academia Española acaba de aprobar recientemente.

En este sentido, lo que más me preocupa, incluso más allá del regreso de algunas letras perdidas (que no le hacen mal a nadie, convengamos), es el regreso de otras cosas que caen en el triángulo de las bermudas y que podrían regresar de manera más riesgosa, como por ejemplo, todo lo que le sacan a las fotos originales antes de imprimirse en una revista o anuncio publicitario: arrugas, tatuajes, mugre, granitos, celulitis, ojeras, rollos, pelo, cachete caído, etc.

Se imaginan qué monstruosidad podrían llegar a conformar si se pusieran de acuerdo para regresar. Estudiando minuciosamente el tema, descubrí algunas teorías que pululan por ahí y que afirman que ya encontraron la manera de volver, una especie de ventana tecnológica por la cual pueden volver a este mundo y que, en algunos lugares, llaman TV. Según dicen, a través de ella, algunas cosas borradas volvieron en forma parcial: a los labios de Florencia Peña, al bozo de Moria Casán, a los pómulos de Graciela Alfano o a las patas de gallo de Solita Silveyra. Sin embargo, otros aseguran que han llegado a conformar un ente único por sí mismos y que, incluso, ese ente vive en Argentina, tiene nombre, apellido y fama propia: Ricardo Fort.

De confirmarse esta teoría, por favor, desde este humilde espacio, les pedimos a todos los responsables de enviar sobrantes al triángulo de las Bermudas, que lo piensen dos veces, después no nos quejemos de lo que nosotros mismos generamos. Y recuerden que, como bien dice el refrán, más vale una Chiqui arrugada que cien Rickys posando.

jueves, 21 de octubre de 2010

EL TEMPLO DEL AZULEJO

A mediados de los años ochenta y al frente de la banda Viuda e Hijas de Roque Enroll, Mavi Díaz entonaba una canción que todavía recuerdo perfectamente: “Mi mente va a mil cuando estoy en este templo, mi reino es aquí, sudor, mimitos, agua y esfuerzo. Ya no golpeen que no voy a salir”. Hablaba del baño, de “un lugar perfecto”, de “la intimidad del azulejo”. Por aquél entonces, y yo puedo dar fe porque tengo un hermano músico que todavía lo hace, la chica se encerraba en el toilette con su guitarra a componer o a tocar porque allí, como alguna vez aseguró el mismo Paul McCartney, el sonido tiene otra acústica.

Sin embargo, no es la guitarra la única rareza que podría presentarse como alternativa a los tan popularizados libros o revistas como compañía para los menesteres “bañísticos”. Hoy por hoy, una viola es lo menos cool que puede llevarse uno cuando necesita sentarse en el trono.

Hugorró, compañero laboral que suele compartir sus picardías familiares con quienes lo rodean, me contó que, cierto día, se le ocurrió llevar al baño, y dejarlo (ésta es lo más destacable), un video juego de mano: el tetris. De este modo, cuando uno pasara más de un ratito, podría divertirse con el ingenioso aparato acomodando ladrillitos de diferentes tamaño, como buscando inspiración, digamos. Y cuando pensó que tal iniciativa iba a ser centro de burlas en la mesa familiar, nadie dijo nada. Al contrario, a los cuatro días, descubrió que las baterías del juego estaban totalmente agotadas.

Entonces me permití indagar acerca de las cosas que uno lleva al baño para “pasar el rato” y, realmente, me admiré. A los libros, revistas y guitarras, no sólo se le agregó el tetris, también entró en la lista las evaluaciones matemáticas para corregir de Silvivá, los naipes de joseló, el termo y el mate y hasta la comida de Fernagó, la Notebook de casi todos aquellos que tienen una, el teléfono celular, y, atención porque esto sí es extraño, unas piedritas para jugar a la payana. Esto, francamente, me superó: no puedo entender sobré qué o en qué posición puede uno jugar al dinenti estando sentado en el trono, sin hablar siquiera de la puntería que uno pierde en el momento mismo.

Claro que eso, igualmente, está lejos, lejísimo, de la costumbre arraigada en las grandes ciudades del primer mundo. Mi amigo Toshikí me confirmó la tendencia, masiva, a comprar TV de plasma (ocupan menos espacio) e instalarlos en la pared frontal al asiento más frecuentado de la casa. Acá, en cambio, no pasamos de dejar entreabierta la puerta del baño, cuando hay intimidad suficiente, para poder cogotear la tele desde allí (o, al menos, escucharla).

Peor es el caso de quienes entregan partes del baño en manos de sus mascotas: gatos que pretende usar el bidet de bebedero, loros que cantan con sus dueños en plena ducha (del dueño, claro) o, como le pasó a mi amigo Pablozó, que descubrió que uno de sus clientes (no vamos a revelar cuáles son sus servicios) usaba la bañera como cucha para su pastora alemán que, hacía semanas, había parido seis cachorros. Todo esto, en un baño dos por dos y sin ventilación. No puedo imaginar dónde se ducharía el dueño de casa.

En el otro extremo están los pudientes que se llevan el reproductor portátil de DVD, para matizar un baño de inmersión con sales aromatizantes o los más jóvenes que irán con el MP3 a bailar frente al espejo. En cambio, los desprevenidos que no han llevado nada deberán recurrir a todos los productos de perfumería que tienen a mano para encontrar una lectura y poder ocupar la mente con algo. Y aquí radica el centro de mi reflexión: ¿Por qué debemos ocupar la mente con algo? ¿Por qué no podemos, simplemente, “perder” ese rato en no hacer extra más que aquello que nos ha llevado hasta allí?


“El vértigo de la vida moderna -dicen algunos- nos impulsa a seguir a 100 km/h aun cuando podemos aprovechar para despejar la mente”. “Es que ocupando la mente nos olvidamos de lo que estamos haciendo, que no es muy agradable, sobre todo para los que tienen tránsito lento”. “Porque me aburro”. “Porque me ayuda”. “Porque si no hago nada, me da más ansiedad y me cuesta más”. “Porque lo disfruto”.

Tránsito lento, embotellamiento, corte de ruta o calle despejada, no impide que, en la mayoría de los casos, la tabla del trono quede marcada en la baja espalda de quien acude a él. Aunque, claro, vale la pena aclarar que este recurso queda absolutamente vedado a las madres (o abuelas) de niños menores de tres años que están a su exclusivo cuidado: en ese caso, no se sabe cómo, el tránsito lento pasa a ser exceso de velocidad, y nada de puerta cerrada.

jueves, 7 de octubre de 2010

EL OTRO "CINE VERDAD"

Por Leandro Renou y Cecilá

Cunegundo es un jubilado y asiduo asistente al cine. Todos los lunes, a las 16, lentamente, atraviesa el hall principal sin comprar entrada ni pochocho ni bebida, y se dirige derechito al ancho pasillo que une todas las salas donde se proyectan las películas. Los recepcionistas, cuando lo ven venir, miran a un lado y a otro, como distraídos, y se juntan para decirse algo mientras le dan paso, casi ignorándolo. Y él pasa. Entra a una u otra sala, le da igual, porque su pasión va más allá del film que se proyecte, su pasión es el cine mismo.

Cuando empezó a frecuentar las salas, a sus siete años, acá en Argentina, las películas eran mudas, en blanco y negro, emparchadas y reproducían sus imágenes a una velocidad que no tenía relación proporcional con el movimiento real. Él lo sabe. Pero igual lo añora.

En cambio, hoy, el séptimo arte es diferente. Es 3D, con sonido envolvente y con sillones reclinables. Es más verídico, suele admitirlo si uno lo aprieta un poquito, pero también “más de plástico”, dice. “Para muchos, dejó de ser algo especial para volverse una cosa común, y todo lo que es común -argumenta Cunegundo- es intrascendente, como el plástico: parece bueno pero, en definitiva, es berreta y falso”.

A pesar de que no es una novedad, Cunegundo todavía no se acostumbra a que, ahora, en los cines se come, pero no una garrapiñadita antes de entrar o un maní con chocolate en la butaca; hablamos de comer, pero lo que se dice COMER: pizza, empanadas, tacos, panchos y hamburguesas en plena sala y con los aromas que la práctica de masticar conlleva mezclándose al compás del aire acondicionado.

“¿Cómo puede uno comer y mirar la película a la vez?”, se pregunta siempre mientras contempla las caras de las personas iluminadas por la pantalla multicolor, al mismo tiempo que ve caer la mitad de los alimentos al piso. "Es que nadie se da cuenta cuando se le cae algo encima estando a oscuras", se repite, en voz baja, para justificar su paciencia. Luego, al salir, lo de siempre: manchas de aceite en los pantalones, pedacitos de lechuga en camisas y remeras, y hasta algún tupido bigote coloreado con mayonesa de un pancho.

La magia tal vez sea la misma pero la gente no. Antes, la gente se empilchaba y se arreglaba, hasta iba a la peluquería previamente, porque ir al cine era una salida de gala. “Ahora, van en ojotas”, se queja con nostalgia.

Añora aquellos años en los que no le temblaban las manos, en las que veía mejor en penumbras que al salir de la sala y cuando sus oídos detectaban el murmullo perturbador de algún mocoso a metros de distancia. Por eso, se pasea una y otra vez por las salas, mirando atento a todos.

Es que Cunegundo los conoce. Él, como nadie, tiene esa capacidad de identificar, por un lado a los revoltosos, a los irrespetuosos, a los comentaristas y, por el otro a los impacientes, a los intolerantes, a los amantes del cine en silencio. Es por eso que entra a la sala, y bajo la luz todavía tenue, los identifica, y, cálidamente, les sugiere una ubicación distinta si ve que dos personas incompatibles quedan como vecinos de asiento. A veces, también lo admite, peca de metido, es cierto, pero no puede evitarlo. Sobre todo con los que hablan durante la proyección de la película. Sabe que, cuanto más silenciosos son mientras esperan para entrar, más comentadores serán en pleno film: bajo el anonimato de la media luz, descargan toda su artillería de adjetivos, sustantivos, verbos, adverbios, onomatopeyas, conjunciones, interjecciones, carcajadas y ahogos.

También identifica el fenómeno de las parejas que salen por primera o segunda vez. Antes, en sus años mozos, los novios usaban el cine como elegante excusa para encontrar un momento de álgido romanticismo en el film y, copiando a los astros de Hollywood, robarle un beso a la chica, o lo más cercano a un beso. Ahora, los chicos son más rápidos, es cierto, pero igual los nervios aparecen. Se les cae la mitad del pochocho queriendo bajarle el asiento a la damita o intentando pasar por delante de alguien que está cómodamente sentado (tobillo derecho sobre muslo izquierdo).

Con una mirada, puede reconocer a los que se paran en el medio de la película para ir al baño, a los chicos que dan patadas a los respaldos de adelante, a los que pegan chicles bajo los asientos, a los que no apagan los celulares y a los que, incluso, reciben llamadas, a los que se duermen y roncan y a los que leen los subtítulos en voz alta.

Sabe de memoria los escalones y los baja como una primera vedette, sin mirar hacia abajo y atento a todos los asistentes. Y, cuando la sala se vacía, ve (aunque no toca) todo lo que se cayó al piso: restos de comida, paquetes de golosinas vacíos, lentes, pañuelos de papel usado, paraguas y hasta celulares y billeteras. Entonces, extrae de sus ropas un perfume ambiental en spray (no en aerosol) y fumiga los cuatro rincones.

Luego sale, avisa a los chicos de uniforme sobre las cosas olvidadas y busca otra sala. Entra y repite la coreografía. Los recepcionistas apenas lo miran, tal vez ni sepan que 45 años de su vida los pasó siendo acomodador de un cine de Ramos Mejía. Quizás tampoco sepan que presenció más 30 mil proyecciones de diferentes películas o que aún lleva su linterna de bolsillo encima. Y tampoco se imaginan que la gente, antes, lo saludaba cálidamente al llegar y al irse. Por eso, seguramente, no entienden por qué prefiere recorrer sigilosamente los pasillos de la sala en lugar de sentarse y, por fin, ver la peli como uno más.