¿Floggers? ¿Emos? ¿darkies? ¿Hippies? ¿Psicobolches? Seguramente, más de una vez nos hemos echado a reír al cruzarnos con algún flequillo peinado exageradamente hacia el costado o el “make up” mortuorio de algunos adolescentes, maquillaje que acompañan con un par de lentes de contacto blancos o rojos. Sin embargo -seamos sinceros-, cuántas veces hemos seguido, irracionalmente, los dictámenes de la moda, aún cuando esas directivas representaban los más ridículos esfuerzos. Porque, convengamos: ¿qué es la moda? Un disfraz que hoy luce bárbaro pero que, dentro de diez años, nos va a hacer descostillar de risa o morirnos de vergüenza, todo depende del humor de cada uno.
Vaya una anécdota familiar para ilustrar lo que digo: Giseál es mi prima, por eso sé que, desde chica, supo afrontar con admirable entrega los sacrificios que impone la moda. Con cinco años de edad, sabía lo que era el glamour (y sus costos); por eso, en pleno verano, iba a las arenas de Playa Grande enfundada en un lindo y espeso tapadito, cartera en mano y tacos ajenos (y más grandes) en sus pies. Todos, absolutamente todos, la miraban. Y, cuando llegaba el momento, cual Coca Sarli en ciernes, se quitaba el tapado y corría, en malla y siempre elegante, hacia las frías y saladas aguas marplatenses. Más tarde, ya de adolescente, recurrió a las recetas culinarias para despuntar el jopo que la moda imponía: primero se batía esmeradamente el pelo -mechón en mano y peine en otra- y, luego, lo empapaba en huevo, también batido, en lo que sería el antecedente casero de la crema para peinar, así como también el aceite de cocina para mantener los cabellos brillosos y enrulados.(Nota: no me consta que haya utilizado la fílmica receta de Cameron Díaz en “Loco por Mary”).
¿Cuánta gente, voluntariamente, cedió su libertad de criterio, y hasta una parte importante de su comodidad, para caer presa en las garras de semejante tirana? Mucha. Más de lo que muchos quisieran admitir.
De no ser así, explíquenme por qué extraña razón tantas fotos de épocas pasadas desaparecen misteriosamente de los álbumes familiares cuando, en un ataque de nostalgia los revisamos y… ¡¡¡Horror!!! Vemos que quedaron como mudos pero explícitos testigos de las más extrañas cosas que hayamos podido usar o hacer, en aras de Su Soberana Majestad, “La Moda”.
Desde los peinados hasta las botas, pasando por camisas, vestidos, trajes, corbatas y cualquier otro elemento que se les ocurra, todos perseguimos ese objeto específico que nos daría el status social que la moda conlleva en el momento de auge. Eso sí, calendario de por medio, también sentimos la vergüenza y la incredulidad no sólo de haberlo usado sino de haber gastado unos buenos mangos en adquirirlo (¡¡y los que estaríamos dispuestos a pagar para que se borrara cualquier prueba incriminatoria!!).
Sabemos que la tendencia original es atribuir este voluntario esclavismo al género femenino pero, no seamos hipócritas, el fanatismo por las modas trasciende las limitantes de género (y de condición social, cultural, etc.). Bigotes finitos, gruesos mostachos o largas melenas devenidas en patéticos cobertores de incipientes peladas son también ejemplo de esto que digo.
Sin limitarnos a la ropa, hay cantidades de cosas que hicimos, hacemos y haremos para que todo nos quede artificialmente natural (de eso se trata la moda): que el pelo más claro (o más oscuro), que el ansiado cabello enrulado (léase: pocos años más tarde, será alisado), que la barba afeitada al ras (anteriormente conocida como barba hirsuta y enmarañada), y las mayores o menores expresiones vellosas que, como la tala indiscriminada, van dejando antiguos bosques reducidos a cuidados jardines mínimos.
Por estos vaivenes de la moda, y por todo lo que hacemos después del arrepentimiento para borrar las huellas de su paso por nuestro cuerpo, admiro la valentía de aquellos que se tatúan, sin pensar en el cambio que (incluso mañana mismo) podrán tener en los gustos propios o socialmente adquiridos. Imagino largas sesiones de “tormentas de ideas” caseras buscando transformar ese nombre que, tiempo atrás, era la unívoca representación del amor eterno, y que hoy se aleja en brazos de otro/a, en algo que exprese su actual sentimiento (un cráneo aplastado, un zapato pateando un culo… o el teléfono de un buen abogado de divorcios).
Pero, aun cuando no cambie el nombre de la compañera/o de vida, sí cambiarán los cuerpos y, en consecuencia, el ingenuo tatuaje actual podrá mutar a otro monstruoso: de delfín juguetón a ballena asesina, de jilguerito a tucán, de serpiente a hipopótamo, de símbolo chino a réplica de ruinas arqueológicas, o de escudo de club de fútbol a cartel de señal de tránsito. Por ende, repito, admiro a quien desafía el paso del tiempo y sus consecuencias, poniéndole literalmente el cuerpo a la moda.
Al resto, como recurso para evitar futuros dolores de cabeza, nos queda esquivar los flashes ajenos cuando, en medio de un casamiento o cumpleaños, nos quieran robar el alma y eternizar nuestra “moderna” juventud. O bien, admitir, de una vez por todas, que vivimos voluntariamente esclavizados a las ocurrencias de un puñado de tipos que, cada año, cambian el color y el estilo de la ropa que se fabrica para que todos creamos que tenemos que renovar el guardarropa, nuestro peinado o nuestro maquillaje para estar definitivamente “in”. Al menos, asumiendo esto, tal vez podamos tomarnos las imposiciones con más humor o menos obediencia.