martes, 7 de diciembre de 2010

LA MODA NO INCOMODA

Por El Huber y Cecilá


¿Floggers? ¿Emos? ¿darkies? ¿Hippies? ¿Psicobolches? Seguramente, más de una vez nos hemos echado a reír al cruzarnos con algún flequillo peinado exageradamente hacia el costado o el “make up” mortuorio de algunos adolescentes, maquillaje que acompañan con un par de lentes de contacto blancos o rojos. Sin embargo -seamos sinceros-, cuántas veces hemos seguido, irracionalmente, los dictámenes de la moda, aún cuando esas directivas representaban los más ridículos esfuerzos. Porque, convengamos: ¿qué es la moda? Un disfraz que hoy luce bárbaro pero que, dentro de diez años, nos va a hacer descostillar de risa o morirnos de vergüenza, todo depende del humor de cada uno.

Vaya una anécdota familiar para ilustrar lo que digo: Giseál es mi prima, por eso sé que, desde chica, supo afrontar con admirable entrega los sacrificios que impone la moda. Con cinco años de edad, sabía lo que era el glamour (y sus costos); por eso, en pleno verano, iba a las arenas de Playa Grande enfundada en un lindo y espeso tapadito, cartera en mano y tacos ajenos (y más grandes) en sus pies. Todos, absolutamente todos, la miraban. Y, cuando llegaba el momento, cual Coca Sarli en ciernes, se quitaba el tapado y corría, en malla y siempre elegante, hacia las frías y saladas aguas marplatenses. Más tarde, ya de adolescente, recurrió a las recetas culinarias para despuntar el jopo que la moda imponía: primero se batía esmeradamente el pelo -mechón en mano y peine en otra- y, luego, lo empapaba en huevo, también batido, en lo que sería el antecedente casero de la crema para peinar, así como también el aceite de cocina para mantener los cabellos brillosos y enrulados.(Nota: no me consta que haya utilizado la fílmica receta de Cameron Díaz en “Loco por Mary”).

¿Cuánta gente, voluntariamente, cedió su libertad de criterio, y hasta una parte importante de su comodidad, para caer presa en las garras de semejante tirana? Mucha. Más de lo que muchos quisieran admitir.

De no ser así, explíquenme por qué extraña razón tantas fotos de épocas pasadas desaparecen misteriosamente de los álbumes familiares cuando, en un ataque de nostalgia los revisamos y… ¡¡¡Horror!!! Vemos que quedaron como mudos pero explícitos testigos de las más extrañas cosas que hayamos podido usar o hacer, en aras de Su Soberana Majestad, “La Moda”.

Desde los peinados hasta las botas, pasando por camisas, vestidos, trajes, corbatas y cualquier otro elemento que se les ocurra, todos perseguimos ese objeto específico que nos daría el status social que la moda conlleva en el momento de auge. Eso sí, calendario de por medio, también sentimos la vergüenza y la incredulidad no sólo de haberlo usado sino de haber gastado unos buenos mangos en adquirirlo (¡¡y los que estaríamos dispuestos a pagar para que se borrara cualquier prueba incriminatoria!!).

Sabemos que la tendencia original es atribuir este voluntario esclavismo al género femenino pero, no seamos hipócritas, el fanatismo por las modas trasciende las limitantes de género (y de condición social, cultural, etc.). Bigotes finitos, gruesos mostachos o largas melenas devenidas en patéticos cobertores de incipientes peladas son también ejemplo de esto que digo.

Sin limitarnos a la ropa, hay cantidades de cosas que hicimos, hacemos y haremos para que todo nos quede artificialmente natural (de eso se trata la moda): que el pelo más claro (o más oscuro), que el ansiado cabello enrulado (léase: pocos años más tarde, será alisado), que la barba afeitada al ras (anteriormente conocida como barba hirsuta y enmarañada), y las mayores o menores expresiones vellosas que, como la tala indiscriminada, van dejando antiguos bosques reducidos a cuidados jardines mínimos.

Por estos vaivenes de la moda, y por todo lo que hacemos después del arrepentimiento para borrar las huellas de su paso por nuestro cuerpo, admiro la valentía de aquellos que se tatúan, sin pensar en el cambio que (incluso mañana mismo) podrán tener en los gustos propios o socialmente adquiridos. Imagino largas sesiones de “tormentas de ideas” caseras buscando transformar ese nombre que, tiempo atrás, era la unívoca representación del amor eterno, y que hoy se aleja en brazos de otro/a, en algo que exprese su actual sentimiento (un cráneo aplastado, un zapato pateando un culo… o el teléfono de un buen abogado de divorcios).

Pero, aun cuando no cambie el nombre de la compañera/o de vida, sí cambiarán los cuerpos y, en consecuencia, el ingenuo tatuaje actual podrá mutar a otro monstruoso: de delfín juguetón a ballena asesina, de jilguerito a tucán, de serpiente a hipopótamo, de símbolo chino a réplica de ruinas arqueológicas, o de escudo de club de fútbol a cartel de señal de tránsito. Por ende, repito, admiro a quien desafía el paso del tiempo y sus consecuencias, poniéndole literalmente el cuerpo a la moda.

Al resto, como recurso para evitar futuros dolores de cabeza, nos queda esquivar los flashes ajenos cuando, en medio de un casamiento o cumpleaños, nos quieran robar el alma y eternizar nuestra “moderna” juventud. O bien, admitir, de una vez por todas, que vivimos voluntariamente esclavizados a las ocurrencias de un puñado de tipos que, cada año, cambian el color y el estilo de la ropa que se fabrica para que todos creamos que tenemos que renovar el guardarropa, nuestro peinado o nuestro maquillaje para estar definitivamente “in”. Al menos, asumiendo esto, tal vez podamos tomarnos las imposiciones con más humor o menos obediencia.

domingo, 21 de noviembre de 2010

JUSTO A TIEMPO (Oda aplausística)

En el día internacional de la música (22-Nov),
este texto está dedicado a todos los músicos del mundo.

El primer acorde que escuché, la primera vez que fui a un show, fue un arreglo "a capella" cantado a cuatro voces, y me inundó tanto que me paralizó: Lóllipop-Lóllipop-pá-paúmba-pará-badá. No significaba nada, pero a mí no me alcanzaban los oídos para escuchar. Algo había estallado dentro de mí y las secuelas eran todas buenas. Buenísimas. Hoy, a casi 25 años de aquel entonces, sigo sintiendo la misma inconmensurable sensación cada vez que empieza un recital. Es que, de todas las ramas en las que se manifiesta el gran árbol del arte, la que más me emociona es la música y, dentro de la música, por una cuestión generacional, el rock.

Sí, me llamo Cecilia, cuya santa es la patrona de la música. Sí, mi hermano, y todos sus amigos, son músicos. Sí, mi viejo siempre se animó a cantar (y, todavía, se anima). Sí, nací en los setenta, justo cuando, en Argentina, el rock tenía una razón de ser más allá de lo musical, una brújula ideológica que lo guiaba, una vida propia que trascendía tiempo y espacio. Con eso, crecí y de eso estoy hecha, como muchos otros de mi generación.

Por eso, en mi casa, no se sorprendieron cuando me transformé en periodista de rock. Y, si bien adopté costumbres que aun hoy mantengo (como saber cuánto dura un show, cuántos temas se cantaron, cuántos invitados hubo, cuántos cambios de vestuario o de guitarra hizo el artista o cómo estaba conformada la banda que lo acompañó), nunca dejé de ser espectadora.

Y tanto es así que, cuando se hace presente la conexión, el aplauso se me vuelve la emoción más pura por ser el resumen más fiel de la relación entre artista y público. Es cuando nosotros decimos gracias, gracias por la música, gracias por la poesía. Y, aunque se mantenga el anonimato y la distancia, el del aplauso es el momento de mayor intimidad entre el músico y sus seguidores. Por eso, cada vez que aparece esa magia, aplaudo con las manos bien abiertas, como si en cada golpe les devolviera parte de esa felicidad que tanto dan.

¿Lo dije?, nací justo a tiempo. Justo cuando el cine argentino caía en comedias lavadas. Cuando la TV estaba tomada por Neustandt y todo sonaba a marcha militar, hasta la canción del mundial ’78. Justo cuando, para conseguir una buena entrada, había que hacer filas de horas y horas. Justo cuando todos los artistas que tenían algo para decir, lo decían. Justo cuando el “movimiento rock” englobaba a todos y les permitía la entrada a músicos como Piero, Víctor Heredia, Sandra Mihanovich, Silvio Rodríguez y la negra Sosa.

Es cierto, puedo aceptar que la tele se veía en blanco y negro, que para cambiar de canal había que pararse e ir hasta ella y que no había dibujitos toooodo el día. Recuerdo clarito, clarito que, para jugar a un video juego, había que pagar cada ficha, por lo que perder tenía otro sabor más amargo. Admito que no había PC, que los cines 3D eran un fiasco y que la Coca Cola era carísima y se accedía a ella, únicamente, en los cumpleaños. Además, si te olvidabas de algún nombre, no había forma de googlearlo en Internet y pasabas días tratando de recordarlo.

Aun así, festejo haber nacido justito para coincidir con Badía y Compañía, para convivir con la plena vigencia de la “Marcha de la bronca”, para ver y escuchar, en vivo y en directo, el bombardeo al Buenos Aires de un fantástico Charly García, en Ferro, o para ser testigo de la dulce carraspera de León Gieco, el vuelo poético del flaco Spinetta, la juventud de los Abuelos, la irrupción de Fito Páez, el ascenso de Soda Stéreo, la frescura de Viuda e Hijas, el éxito irrespetuoso de Sumo, la magia de Virus, las femeninas descripciones de Silvina Garré, el descaro de Los Twist y de Suéter, los insólitos bailes de Fabiana Cantilo, la exquisitez de Pedro Aznar, el ritmo pegadizo de GIT, la avasallante voz de Juan Carlos Baglietto, los agudos de Celeste Carballo, los solos de Pappo o el pogo de los redondos.

En Bariloche, bailé con tres bandas que recién empezaban: Los decadentes, Los Pericos y Los Cadillacs. Y, en mis “veinti”, recibí a unos visitantes y a un agente secreto futbolero y, cuando sumé a Divididos, no tuve que restar a nadie.

Los que me conocen saben que rindo alabanza a una sola Reina; que, para mí, el Adán del beat está multiplicado por cuatro tipos de Liverpool; que no tomo café salvo que sea de Tacuba; que, cautivada por su primer disco, revolví cielo y tierra para conseguir el segundo CD de Julieta Venegas cuando, en Buenos Aires, nadie sabía quién era; y que, para mí, Uruguay es Jaime, Jorge, un negro que anda loco de amor, un cuarteto casi nuestro y una vela no muy limpia. Porque, sin banderas ni fronteras, cuando la música ES, no hay un Joaquín español, sino un andaluz madrileño que rima con “blues” y con “porteño”.

Gracias a los músicos, con el rock protesté, me emocioné, lloré una injusticia, me enamoré, me colé, salté, me divertí, bailé, me empapé, leí, canté, no dormí, me enojé, me asusté, chupé frío, corrí, me relacioné y cometí varias locuras. Pero, fundamentalmente, con el rock compartí. Y, lo mejor, es que lo sigo haciendo.

Eso sí, ahora, que no quiero hacer más filas a la intemperie, apareció Ticketek para comprar cómodamente la entrada de Paul McCartney con la tarjeta de Banco Francés y en campo VIP, para no tener que empujarme con nadie. ¿No lo dije? Nací justo a tiempo. Bah, dos meses antes, porque soy sietemesina (perdón mami, por el apuro).

domingo, 7 de noviembre de 2010

EL NUEVO TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS

¿Adónde se fueron la “P” de psicólogo, la “P” de septiembre, la “T” de Carnet, y el acento de sólo? Quizás al mismo lugar adonde quieren mandar la letra cursiva, ya erradicada de varios países del primer mundo, o allí donde, tiempo atrás, querían enviar la letra eñe: al triángulo de las Bermudas gramatical, a la papelera de reciclaje linguístico. Pero, ojo, que, de este lado del mundo, hay muchos que se resisten y se niegan a decir setiembre, sicólogo y carné. Eso sí, decimos “vos sabés”, “che”, “boludo” y “jodéte”. Pero con todas las letras.

Es cierto, la cursiva es complicada, no es operativa ni se lee fácilmente. Pero es elegancia, es distinción, es sello propio, es identidad. No puede reproducirse a través de un teclado ni de una máquina de escribir: la cursiva es humana. Es la resistencia al era digital. La máquina puede imitarla pero nunca tendrá alma. Y, por ese único motivo, debería continuar: por poesía, por romanticismo.

En el idioma español, hay más de 2.000 palabras que usan la letra eñe. ¿Se imaginan un mundo sin el palito de la eñe? España sería Espana, pañuelo sería panuelo y cariño, carino. Flor de confusión crearía una uña, una peña, una cuña, una campaña, una caña o la acción de ordeñar. Pero, convengamos, que peor suerte correría la palabra año. Ya lo dijo, alguna vez, María Elena Walsh, “¡No nos dejemos arrebatar la eñe! ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños?”. “La eñe también es gente”, concluía la autora de Manuelita, de La cigarra y de tantos otras canciones entrañables, justamente, entrañables con eñe.

Con respecto a las letras, mi colega y periodista Natimí está totalmente en desacuerdo con romper la sociedad de la P y la T. Se niega a decir setiembre y dice que sólo aprobará este nuevo vocablo cuando, también, rija para las palabras aceptar, reptil, rapto y séptimo. Además, reclama que, si se usa setiembre, también debería usarse otubre. De lo contrario, el noveno mes del año, para ella, seguirá siendo septiembre, con la p pronunciada fuerte y claro.
En la misma línea, mi amigo Julidá, sugirió que, al aceptar carné, deberían también permitir el uso de ferné, bidé, buffé, interné y cabaré. Yo escuché. Dudé, pero acepté. Y, ahora, redacté. Así que leé.

Adónde se van

Todas estas “P”, las “T” y el palito de la eñe (que debemos imaginar todos aquellos que recibimos mails desde el exterior, con teclados que omiten la eñe) van a parar al triángulo de las Bermudas, una especie de papelera de reciclaje virtual que tiene varias categorías, una de ellas es la de las letras que quedan en desuso. No es algo de ahora, aclaro. Allí residen, por ejemplo y desde añares, la “B” que fue desterrada de la “obscuridad” o la “P” echada por sus propias compañeras de palabra en “escripto”.

Pero, según contó una letra desterrada que logró volver pero a otra palabra, parece ser que estas letras expatriadas se confabulan, en forma grupal, para volver conformando otra palabra, antes no aceptada, como por ejemplo ambientalista, tsunami, grafitero o web, que la Real Academia Española acaba de aprobar recientemente.

En este sentido, lo que más me preocupa, incluso más allá del regreso de algunas letras perdidas (que no le hacen mal a nadie, convengamos), es el regreso de otras cosas que caen en el triángulo de las bermudas y que podrían regresar de manera más riesgosa, como por ejemplo, todo lo que le sacan a las fotos originales antes de imprimirse en una revista o anuncio publicitario: arrugas, tatuajes, mugre, granitos, celulitis, ojeras, rollos, pelo, cachete caído, etc.

Se imaginan qué monstruosidad podrían llegar a conformar si se pusieran de acuerdo para regresar. Estudiando minuciosamente el tema, descubrí algunas teorías que pululan por ahí y que afirman que ya encontraron la manera de volver, una especie de ventana tecnológica por la cual pueden volver a este mundo y que, en algunos lugares, llaman TV. Según dicen, a través de ella, algunas cosas borradas volvieron en forma parcial: a los labios de Florencia Peña, al bozo de Moria Casán, a los pómulos de Graciela Alfano o a las patas de gallo de Solita Silveyra. Sin embargo, otros aseguran que han llegado a conformar un ente único por sí mismos y que, incluso, ese ente vive en Argentina, tiene nombre, apellido y fama propia: Ricardo Fort.

De confirmarse esta teoría, por favor, desde este humilde espacio, les pedimos a todos los responsables de enviar sobrantes al triángulo de las Bermudas, que lo piensen dos veces, después no nos quejemos de lo que nosotros mismos generamos. Y recuerden que, como bien dice el refrán, más vale una Chiqui arrugada que cien Rickys posando.

jueves, 21 de octubre de 2010

EL TEMPLO DEL AZULEJO

A mediados de los años ochenta y al frente de la banda Viuda e Hijas de Roque Enroll, Mavi Díaz entonaba una canción que todavía recuerdo perfectamente: “Mi mente va a mil cuando estoy en este templo, mi reino es aquí, sudor, mimitos, agua y esfuerzo. Ya no golpeen que no voy a salir”. Hablaba del baño, de “un lugar perfecto”, de “la intimidad del azulejo”. Por aquél entonces, y yo puedo dar fe porque tengo un hermano músico que todavía lo hace, la chica se encerraba en el toilette con su guitarra a componer o a tocar porque allí, como alguna vez aseguró el mismo Paul McCartney, el sonido tiene otra acústica.

Sin embargo, no es la guitarra la única rareza que podría presentarse como alternativa a los tan popularizados libros o revistas como compañía para los menesteres “bañísticos”. Hoy por hoy, una viola es lo menos cool que puede llevarse uno cuando necesita sentarse en el trono.

Hugorró, compañero laboral que suele compartir sus picardías familiares con quienes lo rodean, me contó que, cierto día, se le ocurrió llevar al baño, y dejarlo (ésta es lo más destacable), un video juego de mano: el tetris. De este modo, cuando uno pasara más de un ratito, podría divertirse con el ingenioso aparato acomodando ladrillitos de diferentes tamaño, como buscando inspiración, digamos. Y cuando pensó que tal iniciativa iba a ser centro de burlas en la mesa familiar, nadie dijo nada. Al contrario, a los cuatro días, descubrió que las baterías del juego estaban totalmente agotadas.

Entonces me permití indagar acerca de las cosas que uno lleva al baño para “pasar el rato” y, realmente, me admiré. A los libros, revistas y guitarras, no sólo se le agregó el tetris, también entró en la lista las evaluaciones matemáticas para corregir de Silvivá, los naipes de joseló, el termo y el mate y hasta la comida de Fernagó, la Notebook de casi todos aquellos que tienen una, el teléfono celular, y, atención porque esto sí es extraño, unas piedritas para jugar a la payana. Esto, francamente, me superó: no puedo entender sobré qué o en qué posición puede uno jugar al dinenti estando sentado en el trono, sin hablar siquiera de la puntería que uno pierde en el momento mismo.

Claro que eso, igualmente, está lejos, lejísimo, de la costumbre arraigada en las grandes ciudades del primer mundo. Mi amigo Toshikí me confirmó la tendencia, masiva, a comprar TV de plasma (ocupan menos espacio) e instalarlos en la pared frontal al asiento más frecuentado de la casa. Acá, en cambio, no pasamos de dejar entreabierta la puerta del baño, cuando hay intimidad suficiente, para poder cogotear la tele desde allí (o, al menos, escucharla).

Peor es el caso de quienes entregan partes del baño en manos de sus mascotas: gatos que pretende usar el bidet de bebedero, loros que cantan con sus dueños en plena ducha (del dueño, claro) o, como le pasó a mi amigo Pablozó, que descubrió que uno de sus clientes (no vamos a revelar cuáles son sus servicios) usaba la bañera como cucha para su pastora alemán que, hacía semanas, había parido seis cachorros. Todo esto, en un baño dos por dos y sin ventilación. No puedo imaginar dónde se ducharía el dueño de casa.

En el otro extremo están los pudientes que se llevan el reproductor portátil de DVD, para matizar un baño de inmersión con sales aromatizantes o los más jóvenes que irán con el MP3 a bailar frente al espejo. En cambio, los desprevenidos que no han llevado nada deberán recurrir a todos los productos de perfumería que tienen a mano para encontrar una lectura y poder ocupar la mente con algo. Y aquí radica el centro de mi reflexión: ¿Por qué debemos ocupar la mente con algo? ¿Por qué no podemos, simplemente, “perder” ese rato en no hacer extra más que aquello que nos ha llevado hasta allí?


“El vértigo de la vida moderna -dicen algunos- nos impulsa a seguir a 100 km/h aun cuando podemos aprovechar para despejar la mente”. “Es que ocupando la mente nos olvidamos de lo que estamos haciendo, que no es muy agradable, sobre todo para los que tienen tránsito lento”. “Porque me aburro”. “Porque me ayuda”. “Porque si no hago nada, me da más ansiedad y me cuesta más”. “Porque lo disfruto”.

Tránsito lento, embotellamiento, corte de ruta o calle despejada, no impide que, en la mayoría de los casos, la tabla del trono quede marcada en la baja espalda de quien acude a él. Aunque, claro, vale la pena aclarar que este recurso queda absolutamente vedado a las madres (o abuelas) de niños menores de tres años que están a su exclusivo cuidado: en ese caso, no se sabe cómo, el tránsito lento pasa a ser exceso de velocidad, y nada de puerta cerrada.

jueves, 7 de octubre de 2010

EL OTRO "CINE VERDAD"

Por Leandro Renou y Cecilá

Cunegundo es un jubilado y asiduo asistente al cine. Todos los lunes, a las 16, lentamente, atraviesa el hall principal sin comprar entrada ni pochocho ni bebida, y se dirige derechito al ancho pasillo que une todas las salas donde se proyectan las películas. Los recepcionistas, cuando lo ven venir, miran a un lado y a otro, como distraídos, y se juntan para decirse algo mientras le dan paso, casi ignorándolo. Y él pasa. Entra a una u otra sala, le da igual, porque su pasión va más allá del film que se proyecte, su pasión es el cine mismo.

Cuando empezó a frecuentar las salas, a sus siete años, acá en Argentina, las películas eran mudas, en blanco y negro, emparchadas y reproducían sus imágenes a una velocidad que no tenía relación proporcional con el movimiento real. Él lo sabe. Pero igual lo añora.

En cambio, hoy, el séptimo arte es diferente. Es 3D, con sonido envolvente y con sillones reclinables. Es más verídico, suele admitirlo si uno lo aprieta un poquito, pero también “más de plástico”, dice. “Para muchos, dejó de ser algo especial para volverse una cosa común, y todo lo que es común -argumenta Cunegundo- es intrascendente, como el plástico: parece bueno pero, en definitiva, es berreta y falso”.

A pesar de que no es una novedad, Cunegundo todavía no se acostumbra a que, ahora, en los cines se come, pero no una garrapiñadita antes de entrar o un maní con chocolate en la butaca; hablamos de comer, pero lo que se dice COMER: pizza, empanadas, tacos, panchos y hamburguesas en plena sala y con los aromas que la práctica de masticar conlleva mezclándose al compás del aire acondicionado.

“¿Cómo puede uno comer y mirar la película a la vez?”, se pregunta siempre mientras contempla las caras de las personas iluminadas por la pantalla multicolor, al mismo tiempo que ve caer la mitad de los alimentos al piso. "Es que nadie se da cuenta cuando se le cae algo encima estando a oscuras", se repite, en voz baja, para justificar su paciencia. Luego, al salir, lo de siempre: manchas de aceite en los pantalones, pedacitos de lechuga en camisas y remeras, y hasta algún tupido bigote coloreado con mayonesa de un pancho.

La magia tal vez sea la misma pero la gente no. Antes, la gente se empilchaba y se arreglaba, hasta iba a la peluquería previamente, porque ir al cine era una salida de gala. “Ahora, van en ojotas”, se queja con nostalgia.

Añora aquellos años en los que no le temblaban las manos, en las que veía mejor en penumbras que al salir de la sala y cuando sus oídos detectaban el murmullo perturbador de algún mocoso a metros de distancia. Por eso, se pasea una y otra vez por las salas, mirando atento a todos.

Es que Cunegundo los conoce. Él, como nadie, tiene esa capacidad de identificar, por un lado a los revoltosos, a los irrespetuosos, a los comentaristas y, por el otro a los impacientes, a los intolerantes, a los amantes del cine en silencio. Es por eso que entra a la sala, y bajo la luz todavía tenue, los identifica, y, cálidamente, les sugiere una ubicación distinta si ve que dos personas incompatibles quedan como vecinos de asiento. A veces, también lo admite, peca de metido, es cierto, pero no puede evitarlo. Sobre todo con los que hablan durante la proyección de la película. Sabe que, cuanto más silenciosos son mientras esperan para entrar, más comentadores serán en pleno film: bajo el anonimato de la media luz, descargan toda su artillería de adjetivos, sustantivos, verbos, adverbios, onomatopeyas, conjunciones, interjecciones, carcajadas y ahogos.

También identifica el fenómeno de las parejas que salen por primera o segunda vez. Antes, en sus años mozos, los novios usaban el cine como elegante excusa para encontrar un momento de álgido romanticismo en el film y, copiando a los astros de Hollywood, robarle un beso a la chica, o lo más cercano a un beso. Ahora, los chicos son más rápidos, es cierto, pero igual los nervios aparecen. Se les cae la mitad del pochocho queriendo bajarle el asiento a la damita o intentando pasar por delante de alguien que está cómodamente sentado (tobillo derecho sobre muslo izquierdo).

Con una mirada, puede reconocer a los que se paran en el medio de la película para ir al baño, a los chicos que dan patadas a los respaldos de adelante, a los que pegan chicles bajo los asientos, a los que no apagan los celulares y a los que, incluso, reciben llamadas, a los que se duermen y roncan y a los que leen los subtítulos en voz alta.

Sabe de memoria los escalones y los baja como una primera vedette, sin mirar hacia abajo y atento a todos los asistentes. Y, cuando la sala se vacía, ve (aunque no toca) todo lo que se cayó al piso: restos de comida, paquetes de golosinas vacíos, lentes, pañuelos de papel usado, paraguas y hasta celulares y billeteras. Entonces, extrae de sus ropas un perfume ambiental en spray (no en aerosol) y fumiga los cuatro rincones.

Luego sale, avisa a los chicos de uniforme sobre las cosas olvidadas y busca otra sala. Entra y repite la coreografía. Los recepcionistas apenas lo miran, tal vez ni sepan que 45 años de su vida los pasó siendo acomodador de un cine de Ramos Mejía. Quizás tampoco sepan que presenció más 30 mil proyecciones de diferentes películas o que aún lleva su linterna de bolsillo encima. Y tampoco se imaginan que la gente, antes, lo saludaba cálidamente al llegar y al irse. Por eso, seguramente, no entienden por qué prefiere recorrer sigilosamente los pasillos de la sala en lugar de sentarse y, por fin, ver la peli como uno más.


lunes, 20 de septiembre de 2010

DE MEMORIA (homenaje a Tato Bores*)

“Reparamos memoria”, decía el aviso. No sé cómo lo divisé entre todos los mails recibidos, los que ofrecen base de datos, los que publicitan las mejores ofertas, los que aseguran noticias verdaderas o los que proponen una elongación peneana. Este decía: “reparamos memoria”. En el instante que nos toma decidir abrirlo o eliminarlo, intenté imaginarme lo que significaría esto de reparar la memoria: ¿podría uno elegir qué recuerdos tener y qué recuerdos no, independientemente de lo vivido? Entonces fue cuando me atrapó el debate que discute sobre qué es lo que más se disfruta en la vida, hacer algo, vivir con el recuerdo de lo hecho o, directamente, contarle a los demás que se hizo algo, aun cuando no se haya hecho.

Para averiguarlo, entonces, largué todo, PC, Outlook y escritorio, manoteé la campera porque todavía hacía algo de frío en el fin del agosto argentino, y salí como rata por tirante buscando respuestas a mis nuevos interrogantes.

Al primero que encontré fue al encargado del edificio donde está mi oficina, Carlosé, y le pregunté: “¿De qué disfruta más la gente, de hacer las cosas, de recordarlas o de contarlas?”: “De contarlas”, me aseguró sin siquiera mirarme y con un profundo conocimiento profesional del tema, mientras, de rodillas, terminaba de encerar la última cerámica del hall principal.

“Después nos vemos”, le dije, saludando, y me subí el cierre de la campera porque el viento, en esa cuadra, es terrible. Empecé a caminar en dirección a Plaza de Mayo. Justo, en ese preciso momento, escuché unos estridentes cuetazos y, alarmada, le pregunté a uno que venía de frente, quien, sin detenerse, me contestó: “Son los canarios…”. “¿Quiénes?” Volví a preguntar pensando en qué tipo de comida podía causar que semejante ruido proviniera de un canario, y uno que venía detrás de mí y que había entendido lo que dijo el que nos cruzó, me repitió: “Son los bancarios que se quejan de los banqueros”.

Ah, claro, los trabajadores “bancarios”, que son los que realizan sus labores en una entidad bancaria viendo pasar infinidad de dinero sabiendo que no es de ellos, se quejan de los señores “banqueros”, dueños del banco y que, también, ven pasar infinidad de dinero pero, a diferencia de los otros, cada tanto se quedan con algo de esa platita, porque creen que sí es de ellos.

Di vuelta la esquina y me di cuenta de que estaba cerca de la oficina de mi amigo LuigiNí, contador excelso de una empresa top, que se pasó cinco años de su vida estudiando una carrera para, luego, hacer que las cuentas siempre le den cero. “Se puede disfrutar haciéndolo, luego recordándolo y, por último, contándolo; pero, en este caso, la suma de factores no altera el producto, se puede contar primero, luego recordar lo que contamos y, finalmente, de tanto decirlo, sentirlo como vívido. Incluso, podría decirte que contarlo es la suma de vivirlo y recordarlo, o bien que contarlo es igual a recordarlo, aun cuando vivirlo sea nulo”.

“¿Ah, esta es la razón por la cual algunos políticos recuerdan cosas que no hicieron y se olvidan de otras que sí hicieron?”, concluí dejando al matemático sacando el logaritmo natural del producto de cinco coma tres por cuatro coma siete elevado a la séptima potencia.

Volví a las calles y, después de esquivar a los bancarios, tomé por Diagonal Norte hacia el obelisco. Allí me encontré con cuatro chicos jóvenes que tenían unos carteles que decían: “Abrazos gratis”. La gente que pasaba por al lado miraba de reojo, sin animarse a detenerse. Yo me detuve. “Hola Cecilá, hace tres horas que estoy acá y sólo dos personas me pidieron abrazos”, me dijo antes de que yo pudiera decir algo. “Yo quiero”, le supliqué. Después de un largo abrazo al rayo del sol, le hice mi pregunta. ¿De qué disfrutas más, del abrazo, del recuerdo o de contarlo en los medios, diciendo que sos de la compañía Acme y que vas a estrenar una nueva obra en la calle Saraza?”. No me contestó, porque, justo detrás de mí, llegaron todos los bancarios que se quejaban de los banqueros para pedir un abrazo gratuito… “nadie nos quiere”, sollozaba una, “nos piden monedas, nos pagan sin cambio, nos ponen mala cara siempre, resoplan cuando vamos al baño… nadie nota que nosotros también necesitamos un abrazo”.

Decidí huir y giré por Corrientes, en búsqueda de más gente que pudiera darme una respuesta, cuando, de golpe, me topé con el diputado Rodobó que salía apurado de una librería con unos libros bajo el brazo. “Señor diputado”, le dije, “No, no, estos libros son míos; yo, cuando entré a la librería, ya los traía conmigo”, se defendió. “No soy del negocio, sólo quiero saber si es posible que la gente cuente un recuerdo aun cuando el hecho en cuestión no haya existido”, lo tranquilicé. “Ah -me dijo aliviado, mientras miraba desconfiado por sobre mi hombro en dirección al comercio– es una buena pregunta, el año que viene vamos a impulsar una ley que prohíba que la gente cuente cosas que no vivió”, me dijo y cruzó la calle apresurado.

Me quedé atónita, casi sin aire, y mientras lo veía alejarse, me interceptó un señor barbudo, canoso y con gafas redondas sobre sus narices: “La memoria es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado”, dijo, leyendo un libro, y agregó, “Pierre Nora, filósofo francés”. Bajó la vista nuevamente y continuó la lectura: “La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones y, curiosamente, inconsciente de esas sucesivas transformaciones”. En conclusión, volvió a mirarme, “la memoria tiene en sí misma el poder de la verdad, lo que se recuerda, es, y lo que no, no es”. “Y ¿usted quién es?”, consulté, “¿no me recuerda?”, me contestó pícaro. Francamente, no me animé a decir que no y, con una sonrisa cómplice, le dije: “¡Claro que sí, suerte!”.


* Tato Bores fue un artista cómico argentino que se destacó principalmente por su humor político. Condujo programas como Good Show, Tato de América, Tato Diet, Tato que bien se TV, Tato vs. Tato o Tato para Todos (en plena dictadura militar), en los cuales, entre otros, hacía un recordadísimo sketch en el que desgranaba sus monólogos con ironías sobre el mundo de la política. Aquí, un humilde homenaje a modo de pastiche.

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL CONTAGIADOR CONTAGIADO

- No sos gordito –le dije a mi amigo– además, si fueras gordito, ¿cuál es? Si, al fin y al cabo, lo estético no es lo importante.
- ¡Hipócrita! –me acusó él– lo decís porque sos flaca, ¿vos saldrías con un gordito?
- Sí, he salido con gorditos – contesté.
- ¡Mentira! Todos los que dicen eso, son funcionales a la sociedad que castiga a los gorditos, sólo por ser gorditos – respondió tajante.
- Bueno, yo lo digo para que sepas qué es lo que piensan los demás de vos y no sufras por algo que no es – intenté.
- No quiero renunciar a lo estético sólo porque no es importante, a mí me haría sentir mejor ser más flaco y punto- concluyó.
No logré el objetivo.

Alguien, alguna vez, elaboró una teoría sobre mí y me dijo que, por un lado, yo podía captar las emociones de la gente que me rodeaba y que, a partir de eso, solía lograr conexión con ellos: para decirlo gráficamente, sufrir cuando alguien cercano sufre y gozar cuando alguien cercano goza. A la vez, y por otro lado, me dijo también, que yo tenía cierta capacidad de poder transmitir y contagiar a los otros con mis propias emociones. Algo que primero emparenté la sugestión del otro. Pero, dado el fracaso del primer diálogo, me propuse analizar la teoría para terminar de desecharla.

Para comprobar este supuesto, que se hamaca entre el egoísmo y la comprensión, apelé al mundo de las respuestas televisivas y consulté el listado del llame-ya, en el cual todos los artefactos son perfectos y a precios regalados, pero no vendían ningún registrador de emociones para comparar lo que yo creía que el otro sentía con lo que marcara el registrador. Por tanto, salté al mundo de las ideas (modernas) que, replicando a Platón, se multiplican infinita y desordenadamente en Internet. Allí, encontré una posible forma de verificar mi propio termostato emocional: el bostezo.

Dicen en la web, que el bostezo es contagioso sí y sólo sí (chequeen el término científico) el contagiado y el contagiador pueden establecer una relación de empatía. De este modo, el contagiado es alcanzado por la necesidad irrefrenable de bostezar a cinco segundos de ver un bostezo ajeno sólo cuando “puede ponerse en la piel del otro”, es decir, en la piel de quien bosteza, todo esto, según el versículo .com del Sagrado Testaferro según San Bill.

Habiendo creído encontrar la verdad de la milanesa en la red de redes, me dispuse, presta, a llevar a cabo un trabajo de campo que me sirviera, por fin, para verificar si yo era buena receptora y/o buena transmisora emocional.

Así fue que, tratando de comprobar si me contagiaba, me pasé dos meses buscando caras con bostezos en el subte, tren y colectivos de Capital y el conurbano bonaerense. No fue nada difícil.

Me topé con bostezos que dejaban ver caries, arreglos de caries, fundas de oro, huecos, un cacho de pizza y un cepillo de dientes olvidado. Bostezos en do, bostezos mudos, bostezos quejosos y bostezos que mueren en fuertes suspiros aguditos. Bostezos que arrugan frentes, bostezos que cierran ojos, bostezos que vuelcan cabezas, bostezos de los que escapan lágrimas, bostezos que babean, bostezos impolutos, bostezos chantas (de los que, a continuación, se hacen los dormidos para no ceder el asiento), bostezos entrecortados, bostezos continuados, bostezos que hacen temblar las manos, lluvia de bostezos.

Siempre me contagié. Por tanto, no es que sea yo una persona que se aburre fácilmente o vive con sueño, sino que logro la famosa empatía, es decir, logro percibir lo que le pasa al otro.

Sin embargo, he de declarar que mi bostezo (contagiado y recontagiado) siempre mantuvo mi propio estilo de bostezo: me contagio, pero bostezo desde mi “yo”, desde mi perspectiva, desde mi forma de sentir el bostezo, desde mi realidad: la interpretación de lo que el otro piensa o siente, siempre se hará desde mi perspectiva, con el error que ello implica. Entonces, quizás el error sea confiar demasiado en lo que uno supone que el otro piensa, un desacierto que parece ir creciendo cada vez más, a la par que disminuye el diálogo cara a cara.

Ustedes dirán que me resta ver si yo puedo contagiar a los demás. Pues eso lo estoy comprobando ahora mismo, mientras ustedes leen la palabra bostezo 44 veces en el presente texto. Si tengo poder de contagio, estarán bostezando. Si no, tampoco logré este objetivo.